Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Unamuno en el cine español (3): Nada menos que todo un hombre

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Tercera entrega de mi serie de artículos –publicados previamente en la web del Instituto Cervantes– sobre uno de nuestros grandes escritores: Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936). Su obra ofrece personajes con oscuros vericuetos psicológicos que el cine español, por ahora, ha aprovechado muy poco. Nada menos que todo un hombre no es la mejor, pero la relación entre un indiano y su bella esposa conserva algo de la complejidad unamuniana original.

En cierto modo, la obra de Unamuno es una reacción contra la novela realista que dominaba el panorama literario desde el siglo XIX. Como vimos al hablar de Abel Sánchez y La tía Tula, el autor vasco prescinde en sus nivolas del contexto espacial y temporal que era tan esencial en aquellas. Como él mismo dice en el prólogo de Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920), obra a la que pertenece el relato «Nada menos que todo un hombre», «[…] la realidad es la íntima. La realidad no la constituyen las bambalinas, ni las decoraciones, ni el traje, ni el paisaje, ni el mobiliario, ni las acotaciones, ni […]». Según él, el verdadero realismo se encuentra dentro de los personajes, en la voluntad que tengan de ser o no ser algo, y en el choque que se produzca entre ellos.

Mientras que Serrano de Osma intentó plasmar en Abel Sánchez (1946) la profunda psicología de los personajes mediante una puesta en escena muy barroca, y Picazo se sirvió de ellos en La tía Tula (1964) para denunciar una realidad social contemporánea a él, no a Unamuno, Rafael Gil se planteó un objetivo mucho más modesto: ilustrar en imágenes una historia igualmente psicológica, pero con suficientes componentes melodramáticos como para ser ofrecida al público como un folletín cinematográfico al uso.

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La eficacia demostrada por el realizador en multitud de adaptaciones de novelas, muchas de ellas pertenecientes al realismo decimonónico que Unamuno rechazaba, se encontraba en su habilidad para sintetizar sus complejas tramas y en aprovechar escenográficamente el contexto histórico en el que se desarrollaban, convirtiendo el vestuario y el mobiliario en atractivos esenciales de sus películas. Este caso no iba a ser diferente, pues la inconcreción espacio-temporal unamuniana no obligaba a renunciar a esos elementos, pero la configuración psicológica de su protagonista sí sufrió una modificación sustancial en detrimento de la sutileza que pedía este caso.

Alejandro (Francisco Rabal) ha llegado enriquecido de Cuba y viene dispuesto a comprar el lujo que, como hombre que se ha hecho a sí mismo, cree que se merece. Pronto también comprará, en cierto modo, a la mujer más bella del lugar, a Julia (Analía Gadé), haciéndose cargo de las deudas de su padre. Ella, pese a esto, quedará fascinada por él, por ser un hombre de verdad y no un pusilánime como los pretendientes que ha tenido anteriormente. Sin embargo, oscilando entre el temor y el amor hacia él, se preguntará en todo momento si la quiere a ella de verdad o solo a su belleza, como otro lujoso objeto de su posesión.

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Como sucedía con la tía Tula, el interior de Alejandro se presenta como un misterio. La seguridad que muestra ante su mujer —sin pronunciar nunca palabras de amor—, negando incluso toda posibilidad de que le sea infiel, podría ser real o una fachada tras la que ocultar sus verdaderos sentimientos. Esto solo se descubrirá en el trágico final, cuando decida suicidarse tras la muerte de ella. Mientras, sobre esta incógnita se edifica una historia sentimental en torno a un personaje inusual, con una moral individualista muy alejada de los conceptos imperantes sobre el honor en este tipo de relatos. Pero los adaptadores, en su afán de crear un personaje de folletín más fácilmente comprensible para todos los públicos, le proporcionan un pasado que Unamuno obvió. El mismo Alejandro rompe el misterio de su origen —lo que también contradice el mutismo que le caracteriza en la novela— para explicar que había sido un criado en las caballerizas de la casa de campo que acaba de comprar a su mujer y que, además, desconocía quién fuera su madre. Este folletinesco trauma infantil pretende explicar el comportamiento del personaje, pero solo consigue rebajar su misteriosa complejidad.

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