Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Una película para los católicos: Un Dios prohibido

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La taquilla del fin de semana del 14 al 16 de junio fue catastrófica. La recaudación de todas las películas en cartelera no llegó ni a los dos millones y medio de euros, la cifra más baja que se recuerda. No queremos dar argumentos a los que odian al cine español, pero lo cierto es que ese viernes se estrenaron nada y más y nada menos que siete películas españolas. Tal acumulación de estrenos patrios se debió al intento de aprovechar una de las pocas fechas que las multinacionales dejaron libres, pues sólo competían con la inglesa Trance (Danny Boyle, 2013) y la norteamericana Un invierno en la playa (Josh Boone, 2012), estrenos menores sin comparación con los blocksbuster que se avecinan este verano.

El plato fuerte de este desembarco español en la cartelera era a priori Insensibles (Juan Carlos Medina, 2012), una película de género fantástico ambientada en la Guerra Civil y las postguerra que había obtenido cierto reconocimiento en los festivales de Sitges y Nocturna, pero su lanzamiento con sólo 64 copias evidenció una escasa confianza en ella.

Tampoco la simpática Somos gente honrada (Alejandro Marzoa, 2013) o la pija Menú degustación (Roger Gual, 2013) tenían muchas posibilidades debido a sus tibias campañas de promoción. Pero lo sorprendente de verdad es que todas ellas han quedado muy por debajo -si nos atenemos al promedio de espectadores por sala- respecto a otra película española estrenada casi de incógnito, al menos para el público que no se mueve en los círculos eclesiásticos.

En el reparto de las migajas de la taquilla actual, Un dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) ha logrado la misma recaudación que Insensibles a pesar de estrenarse en la mitad de salas que esta. En el centro de Madrid sólo puede verse en el cine Palafox, pero fui testigo de que un miércoles a las 4:30 de la tarde se reunieron unas 150 personas para verla. ¿A qué se debía este pequeño éxito?

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Si durante la sesión había notado la presencia de una monja y que la mayoría del público sobrepasaba los 60 años de edad, al salir me encontré con una auténtica concentración eclesiástica. Estaba claro que la película había atraído a un sector de público muy concreto, conocedores del tema que iban a presenciar, y sin duda afines a la ideología católica de la película.

En mi caso había acudido atraído por la posibilidad de encontrarme con un anacrónico retorno del cine de cruzada, aquel mini-género sobre nuestra guerra civil que desde el punto de vista del franquismo justificaba el alzamiento como una cruzada religiosa contra el ateísmo comunista. Lo creía posible porque sabía que Un dios prohibido narraba el asesinato en los primeros días del conflicto de 51 miembros de la Comunidad Claretiana de Barbastro (Huesca), mártires que en 1992 fueron beatificados por Juan Pablo II.

Afortunadamente, la película no sólo no es una vuelta a aquel cine franquista, sino que políticamente es menos maniquea de lo esperado. Se manifiesta una clara preocupación por ser ecuánimes en la configuración de los personajes. La autoridad militar no se presenta con la habitual imagen monolítica del fascista sin sentimientos o como salvador de la patria, sino como un hombre que duda si debe o no sublevarse antes de permanece fiel a la República obligado por las circunstancias.

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Por el otro lado, los milicianos tampoco son presentados como unos salvajes revolucionarios, sino que el guionista se preocupa de diferenciar a los exaltados que aprovecharon la ausencia de control político para satisfacer sus ansias de venganza de los que todavía creían en la legalidad de sus actos. La decisión de fusilar a los claretianos no es compartida por todos y se explica como una consecuencia de las disputas producidas dentro del bando republicano entre comunistas y anarquistas.

Sin embargo, aunque podamos apreciar favorablemente esta ecuanimidad y perdonemos algún error histórico -se habla de Franco como único líder de la sublevación cuando todavía no se conocía el verdadero alcance de su implicación- no cabe duda de que el catolicismo que inspira a toda la producción -los propios claretianos ejercen de productores asociados- perjudica a la credibilidad de la narración.

Apenas se atisba alguna crítica respecto al papel de Iglesia en la represiva sociedad rural de aquella época. Una frase hace referencia a un posible alejamiento de los humildes y otra, puesta en boca del Obispo, nos da a conocer que no comprenden los motivos de ser tan odiados por el pueblo, pero la ecuanimidad del guión cede en este aspecto ante el objetivo principal de exaltar el heroísmo de los mártires de Barbastro, de cuya buena fe no se puede dudar y, por tanto, aparece como inquebrantable, incapaces de negar su vocación para salvar su propia vida.

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Lo peor, de todos modos, no es ese catolicismo acrítico ni ese incomprensible heroísmo, sino que la pobreza cinematográfica de la propuesta nos impide identificarnos con sus protagonistas si no partimos de una beata predisposición a tragar con los incontables defectos de la película. Estamos ante una producción que no sabe ocultar su escasez de medios, que exhibe una fotografía en vídeo horrenda, y cuenta con unas interpretaciones forzadas incapaces de evitar el ridículo cuando gritan “¡Viva Cristo Rey!” antes del martirio.

En definitiva, los 133 excesivos minutos que dura la película parecen producto de unos aficionados muy piadosos que, no nos cabe duda, quizá obtengan su recompensa en la otra vida, pero no en la taquilla. Una vez la hayan visto los espectadores católicos más entusiastas que la han sostenido en su primera semana de exhibición, es predecible que pocos más se atreverán a descubrirla. Aunque quizá a sus responsables no les importe demasiado porque su misión principal no haya sido ganar dinero sino almas para la causa, por muy pocas estas sean, además de homenajear a los mártires de Barbastro.

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