Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

El Quijote en el cine español (3): Don Quijote de Orson Welles

quijote

Ahora que nuestras autoridades se afanan en remover viejos despojos en busca de los huesos de nuestro célebre Cervantes, el Instituto de su mismo nombre me ha encargado una serie de cuatro artículos sobre las adaptaciones que el cine español ha realizado de su Don Quijote de La Mancha. Se irán publicando cada dos semanas en la sección Rinconete de esa institución y poco después en este mismo blog. En esta tercera entrega, publicada hace unos días, abordamos la versión inconclusa de Orson Welles: 

Tim Burton escenificó en Ed Wood (1994) el improbable encuentro entre un Orson Welles resignado a quedarse por tercera vez sin financiación para su Don Quijote y un Edward D. Wood Jr. que pronto sería considerado el peor director de la historia. Para animar a éste último, en plena crisis durante el rodaje de uno de sus subproductos, el director de Ciudadano Kane (1941) le dice: «Visions are worth fighting for» («Merece la pena luchar por nuestros sueños», según el subtitulado del DVD). O por las ‘visiones’, si queremos ser más literales en la traducción y dar un tono más quijotesco a la frase. Porque este Welles, presentado como un creador visionario que choca contra los molinos de viento de la industria del cine, se ajusta bastante al mito creado por Cervantes.

welles quijote

La propensión de Orson Welles a dejar inacabados sus proyectos forma parte consustancial de su mitificada figura como director. Y su Don Quijote, con su azaroso e intermitente rodaje entre 1957 y 1963 en tierras mexicanas, españolas e italianas, es el ejemplo más significativo de esa incapacidad para materializar sus visiones. Solo gracias a que en 1991, con motivo de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, se encargara a Jesús Franco que montara y diera alguna coherencia a los dispersos materiales existentes podemos comprobar, hasta cierto punto, el alcance de sus ideas. Aunque este montaje y su extraño doblaje —no se conservaba gran parte del diálogo original— sean muy discutibles, sirven de aproximación a una obra inconclusa, pero de indudable interés.

Orson Welles llega más lejos que ningún otro cineasta en el afán de materializar cinematográficamente el moderno juego autorreflexivo que Cervantes estableció en su obra. Si Gutiérrez Aragón, como vimos en el artículo anterior, incide en la autoconciencia que el caballero pueda tener de estar interpretando una ficción, Welles extrae a los personajes de la Mancha del siglo xvii para encararlos con la España contemporánea, la de inicios de los años sesenta, y con el propio rodaje de la película que están protagonizando, de modo que acaban siendo totalmente conscientes de su condición de personajes, en este caso fílmicos.

Don Quichotte - Francisco Reiguera

A pesar de la anacrónica presencia de una mujer motorizada, el inicio parece trascurrir por derroteros próximos a la novela, con animados diálogos entre el caballero y su escudero mientras surcan el paisaje, y aventuras como la de los molinos de viento glosadas por un narrador omnisciente que no es otro que el propio Welles, con el que Sancho (Akim Tamiroff) dialoga directamente. A mitad de película, sin embargo, la narración se aparta totalmente de la novela para ofrecer situaciones nuevas que profundicen en su aspecto metaficcional. Tras separarse de don Quijote para llevar una carta a Dulcinea, Sancho busca a su amo en Andalucía, donde descubre una realidad extraña para él. A través de las noticias emitidas por televisión toma conciencia de ser un personaje famoso reconocible por las gentes y que sus aventuras junto a don Quijote son materia argumental de una película que rueda en España el propio Orson Welles.

No sabemos si este protagonismo de Sancho es resultado del convencimiento expresado por el propio narrador de que «el gran mito es don Quijote, pero Sancho es el gran personaje», o más bien es consecuencia de las dificultades para traer a España, por su condición de exiliado, a Francisco Reiguera, el actor español que encarna al caballero; pero en cualquier caso, aunque no sepamos cómo hubieran sido realmente las visiones de Welles si hubiera acabado el proyecto, es evidente que su anacrónica aproximación a los personajes de Cervantes quiere proclamar, una vez más, frente a la realidad franquista —presente mediante multitud de imágenes documentales—, la perenne vigencia de unos personajes míticos a cuya fama ha contribuido un invento que, paradójicamente, provoca el rechazo de este Don Quijote de Orson Welles: el cinematógrafo.

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