Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Lo imposible, ¿es realmente cine español?

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Los datos definitivos de taquilla del año 2012 nos acaban de confirmar el conocido triunfo en las pantallas españolas de Lo imposible (J.A. Bayona, 2012). Según las cifras del ICAA, la verdadera dimensión de su éxito no sólo está en ser la película más taquillera de la historia del cine español, con más de seis millones de espectadores, sino también en que dobló en audiencia a la segunda, la norteamericana La Saga Crepúsculo: Amanecer, parte 2 (Bill Condon, 2012), y que ella sola supuso un tercio de todo lo recaudado por el cine español ese año. Pero, ¿es Lo imposible una película característica del cine español?

No es una novedad que un solo largometraje sea el principal responsable de elevar la cuota de pantalla del cine español a cifras aceptables, pues cintas de Almodóvar, Amenábar o Santiago Segura también lo lograron en años pasados, pero sí parece digno de señalarse que el éxito provenga de un producto que, no nos engañemos, es percibido por el público como un producto foráneo, más todavía que Los otros (2001) o Ágora (2009), porque Bayona no goza de la notoriedad que Amenábar tenía cuando abordó sus proyectos más internacionales.

No hay duda de que Lo imposible es una producción española. Las empresas que la han hecho posible son españolas, incluidas las encargada de realizar sus impecables efectos especiales. Los técnicos son en su mayoría españoles y el rodaje se realizó en gran parte en España, en la Ciudad de la Luz de Alicante, aparte de las imprescindibles escenas en Tailandia. Sin embargo, que los actores sean norteamericanos y esté hablada en inglés son factores decisivos que la convierten en un producto de consumo global donde su nacionalidad queda disimulada para mejorar su rentabilidad.

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¿Qué otra razón si no puede haber para convertir a la familia española que protagonizó los hechos en la realidad en una familia anglosajona? No veo más motivo que la necesidad de contar con estrellas norteamericanas para cumplir el objetivo de alcanzar las pantallas de cualquier lugar del planeta. Ciertamente, es un motivo poderoso, pero no deja de ser triste, en mi opinión.

En realidad Lo imposible no deja de ser un ejemplo más de la creciente uniformidad del cine en todas las latitudes. Los cines nacionales se ven obligados a renunciar a sus singularidades culturales si quieren llegar a un público global cada vez más alienado al que parece poco importarle la desaparición de sus propias culturas. Es cierto que Bayona da la oportunidad a los técnicos españoles de demostrar que están a un nivel equiparable a los de cualquier otra industria, lo que sin duda es digno de aplauso, pero renuncia a sus propias raíces culturales para ofrecer un producto estándar que contente al máximo público posible mediante el subrayado excesivo de los sentimientos y el uso de recursos expresivos directamente copiados del cine estadounidense que le fascinó en la juventud.

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No sé si J.A. Bayona será consciente de esto, ni si le importa algo este asunto, porque, a pesar de su constante defensa del cine español en las entrevistas, parece claro que es un hijo del cine norteamericano, como ya demostró en su debut, El orfanato (2007). Pertenece a esa generación de cineastas españoles criados cinematográficamente en los años 80 bajo el influjo de George Lucas, Spielberg y compañía, cuyo cine parece eludir o minimizar cualquier influencia autóctona, como si se avergonzaran de unas raíces que, pese al ejemplo de Almodóvar, podría impedirles triunfar en el mercado norteamericano, objetivo más o menos claro en todos ellos.

Soy consciente de que gran parte de la cultura, no sólo el cine, tiene un carácter global desde hace mucho tiempo y que el mestizaje es parte fundamental de la configuración de los productos culturales de la modernidad, pero Lo imposible ni siquiera se nutre de esa sana conjunción de influencias, sino que es un clon sin alma nacido para ganar dinero, cine norteamericano realizado por técnicos españoles de un modo muy profesional, pero sin un gramo de arte en el empeño.

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No pretendo defender la superioridad de una cultura sobre otra, no, sino de hacer notar el empobrecimiento que resulta de renunciar a nuestra diversidad cultural por un puñado de dólares. La otra película española que triunfó en 2012, Las aventuras de Tadeo Jones (Enrique Gato, 2012), con más de dos millones y medio de espectadores, no hace más que confirmar esta tendencia. Aunque no renuncie al idioma, no es más que un refrito de temas, personajes y recursos sacados del cine norteamericano de aventuras sin ningún rubor, como su propio título se encarga de recordarnos.

Estos ejemplos, y el de Mamá (Andrés Muschietti, 2013) este año como la única producción española que ha superado el millón de espectadores en nuestra taquilla, muy por encima de Los amantes pasajeros (Pedro Almodóvar, 2013), parecen indicar que quizá este sea el mejor camino hacia el éxito comercial y, por tanto, hacia la independencia económica de un Estado cada vez menos dispuesto a proteger su cine, pero creo que a la larga este remedio será peor que la enfermedad.

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