Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): La mano negra (1980)

Manonegra

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: DVD (original TV).

Valoración: ★★★★ (Seguro que volveré a verla).

Ahí va la crítica:

La mano negra (Fernando Colomo, 1980): La falta de medios nunca debería ser una excusa para no intentar abordar géneros poco asequibles para la industria en la que se trabaja, siempre que haya algo original que aportar. Desde la primera escena nos damos cuenta de la escasez presupuestaria, de que todo se ha rodado aprovechando los escenarios reales tal como son, que el sonido directo no se ha podido perfeccionar en la postproducción, que no se ha contado en todas las escenas con la iluminación adecuada, que algunas de ellas están rodadas en un solo plano fijo para ahorrar tiempo y que tampoco los actores eran los más preparados. Y sin embargo, su rocambolesco guion se sostiene gracias al desparpajo con el que afrontan cada escena tanto sus intérpretes como su realizador. No hay miedo a hacer el ridículo, sino un impulso genuino de jugar con las claves del cine negro y, sin que importe demasiado la verosimilitud, de invitarnos a disfrutar de una divertida aventura de espionaje llena de matices sorprendentes. El protagonista es un inútil sin oficio ni beneficio, no tiene ninguna virtud destacable, está muy lejos del ideal romántico del género, pero simpatizamos con su pasotismo existencial, solo paliado por su inesperada aventura.

Criterio de valoración: ★ (Espero no volver a verla) ★★ (Podría volver a verla) ★★★ (Quizá la vuelva a ver) ★★★★ (Seguro

que volveré a verla) ★★★★★ (La veré varias veces).

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7 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): La mano negra (1980)

  1. Fernando en dijo:

    ¿Cuatro estrellitas para «La mano negra»? ¡Hala, hala! Vaya una exageración, madre mía. ¿Resulta que esta cinta moderadamente simpática pero resueltamente olvidable, y desde luego intrascendente se la mire como se la mire, es -al igual que esos vacuos castillos de fuegos artificiales constituidos por las más recientes creaciones de Quentin Tarantino y Christopher Nolan- preferible a «Vuelve a mi lado» y «Amor entre las ruinas», las infinitas obras maestras crepusculares de Vincente Minnelli y George Cukor, o a «Mula» de Clint Eastwood, la mejor película de los últimos veinte años, todas las cuales sólo consiguen, en este blog, unas rácanas tres estrellitas? Esto es una injusticia que clama a todos los cielos.

    Yo he seguido con interés la carrera de Fernando Trueba meramente por una especie de agradecimiento personal, ya que en su etapa de crítico cinematográfico en «El País» y la «Guía del Ocio» me descubrió, durante mi infancia y adolescencia, muchos grandes directores y películas que yo desconocía. Eso sí, luego he frecuentado a críticos bastante superiores a él, que lo aventajan sobradamente en cultura, en buena prosa, y en lucidez ética y estética. Pero como «entrante» no estuvo mal.

    Sin embargo, su filmografía como realizador (que he visto casi en su totalidad) deja, en mi arrogante opinión, muchísimo que desear. Es uno de esos directores cinéfilos que apenas han tenido vida propia ni experiencias personales memorables, y que suelen limitarse a cocinar unos insípidos refritos de sus obras predilectas, sin impronta personal ni inspiración genuina. Casi todos sus filmes son de una calidad muy discreta, cuando no representan patinazos tan lastimosos como «Mientras el cuerpo aguante», «Sal gorda», «El año de las luces» o «Belle Époque». Yo afirmaría que únicamente «Sé infiel y no mires con quién» y «El sueño del mono loco» son buenas, aunque sin pasar a mayores.

    Algo muy análogo, con las necesarias salvedades, cabría decir de Fernando Colomo, si bien de éste sólo he visto la tercera parte de su filmografía, cuya única muestra destacable, aunque nada excepcional, es para mí «Al sur de Granada».

    El hecho de que Trueba y Colomo sean considerados notables o incluso geniales artistas por numerosos gacetilleros demuestra exclusivamente que el nivel del cine español postfranquista y sus espectadores no sobrepuja llamativamente al del franquismo. Se trata de la clásica situación de los mismos perros con distintos collares.

    Bueno, pues estos dos tocayos míos se juntaron para escribir un guión de tres pesetas (cuando aún no existían los euros) y el segundo de ellos se colocó detrás de la cámara para ponerlo en imágenes; y el resultado, «La mano negra», fue sumamente similar a uno de esos cortometrajes, pobretones pero voluntariosos, que rodábamos, en compañía de nuestros amigos, nosotros los jovenzuelos con ínfulas de cineastas a quienes nuestros papás regalaban una cámara de Súper 8 mm por nuestro cumpleaños… con la sola diferencia de que aquí los actores son más talluditos y hay algún que otro desnudo.

    Yo vi «La mano negra» hará unos veinticinco años en la Filmoteca y, sin que me pareciera estrictamente horrible, nunca he sentido deseos de volver a verla, ni tampoco creo que lo haga a menos que concurran especialísimas circunstancias que me empujen a hacerlo… máxime cuando todavía me quedan tantas joyas del cine por descubrir o redescubrir, además de muchas otras actividades en la vida por disfrutar o redisfrutar.

    • No pretendo ser objetivo, sin duda las películas que mencionas son mejores en muchos aspectos, pero al final lo que a mí me importa es el disfrute puro y duro que siento, y yo con «La mano negra» lo pasó muy bien siempre, y van cuatro visionados. ¿Que hay alguna anomalía en mí sensibilidad? Seguramente, pero por eso mis puntuaciones son subjetivas, más producto de sensaciones que de objetivar elementos técnicos aunque también los tenga en cuenta.

  2. Fernando en dijo:

    Sinceramente, y no por cortesía versallesca, creo que tus planteamientos críticos estrictamente subjetivos son muy loables y valiosos; y, en honor a la verdad, son los únicos que practicamos todos a fin de cuentas -empezando por mí, naturalmente-, por mucho que hagamos titánicos y a veces patéticos esfuerzos por disfrazarlos revistiéndolos de una pseudo-aura de incontestable objetividad.

    ¿Sucede que en ciertos aspectos, como la crítica cinematográfica, tú eres excéntrico y no te avergüenzas de ello? Genial, de veras. Yo también tengo una enorme cantidad de excentricidades, y me las compongo para salir adelante, mal que bien, e incluso para conseguir algún que otro triunfo en la vida. El mundo sería insoportable si todos fueran excéntricos, pero ¿qué sería del mundo si no hubiera ningún excéntrico?

    Dicho esto, también creo que nunca está de más batallar una pizca por conservar algo parecido a las dimensiones reales de las cosas, hasta donde nuestro limitado intelecto humano puede lograrlo. Pongo dos ejemplos fílmicos para mí muy recientes.

    Hace pocos días revisé la espléndida «Río Rojo» de Howard Hawks. Si «La mano negra» merece cuatro estrellitas, «Río Rojo» merecería toda la Vía Láctea… y eso que el insuperable Hawks tiene varias películas aún mejores. Si volviéramos la vista atrás hacia «La fiera de mi niña», «Sólo los ángeles tienen alas», «Bola de fuego», «Me siento rejuvenecer» o «El Dorado», ni siquiera el Universo entero y el Big Bang reunidos bastarían para calificar a ninguna de ellas, en especial la última. Pero en este blog, ay, la puntuación máxima son cinco estrellitas.

    Y ayer mismo vi nuevamente «El último de la lista» de John Huston, una obra relativamente menor -viniendo de quien viene- pero muy valiosa y cuya visión es una auténtica delicia. Si uno busca una amable aunque corrosiva parodia del género policiaco y de suspense, hecha entre amiguetes meramente para divertirse y divertirnos un poco sin excesivas complicaciones, pero que inesperadamente alcanza perturbadoras cotas de hondura (como dice allí Kirk Douglas con una sonrisa terrorífica, «El mal existe, el mal ES»), quedémonos con ella y releguemos «La mano negra» al cuarto trastero al que pertenece.

    Nada hay que objetar a la posibilidad de pasar un simpático rato tonto con un simpático producto tonto. Eso lo hacemos todos; quién más, quién menos. Pero, por favor, no dejemos que nuestra mala conciencia nos juegue una mala pasada intentando dar una pátina de respetabilidad a semejante práctica. No confundamos ni equiparemos a nuestros más eximios (¿o ex-simios?) cineastas municipales, a nuestros genios de secano, con las más valiosas joyas que el ingenio artístico humano mundial ha legado a todas las generaciones venideras mientras la vieja Tierra continúe girando.

    • Para eso tengo las cinco estrellas, para películas mejores que «La mano negra» y que vería muchas veces sin problema, pero ¿por qué relegar al cuatro trastero una película divertida? Déjala vivir en paz, su existencia no impide la existencia de las otras. Disfrutar de una buena paella no impide disfrutar en otro momento de un modesto bocadillo de tortilla francesa. Simplemente, yo puedo disfrutar por igual de algunas de las llamadas «obras maestras» que de algunos subproductos llenos de defectos pero tan entretenidos como las primeras.

  3. Fernando en dijo:

    Rechazo tajantemente la idea de que los subproductos llenos de defectos sean tan entretenidos como las obras maestras (así, sin comillas), y yo por mi parte no puedo disfrutar por igual de los unos que de las otras. Si tú puedes, enhorabuena.

    No conviene desdeñar el elemento masoquista que todos llevamos dentro por el mero hecho de ser humanos, y que encima se ve reforzado por nuestra educación europea en la cultura judeocristiana, tan profundamente neurótica ella. Pero, a menos que ese elemento sadomasoquista alcance cotas escandalosas en nuestra personalidad, lo que primordialmente buscamos todos al ver cine es pasar un rato entretenido. Al menos, eso es lo que busco yo.

    El problema -si problema es- consiste en que yo no me entretengo con cualquier cosa. Entretenerse con cualquier cosa es un rasgo profundamente infantil, que posee un indudable encanto en su momento y lugar, la niñez, pero que no puede prolongarse toda la vida. Hay que hacerse adultos, hay que crecer. Tal crecimiento no sólo debería ser físico, sino también intelectual. Existen personas que permanecen eternamente ancladas en la infancia… en la infancia del arte, quiero decir; pero no considero que deba ser ése el ideal de una sociedad realmente civilizada, madura y adulta.

    Así, pues, yo busco entretenimiento de 25 quilates, por así decirlo. Por más que me esfuerce en lo contrario, hace muchísimo tiempo que no logro sentirme entretenido con nada que no encierre un gran despliegue de ingenio, inteligencia, estilo, imaginación, profesionalidad, etc., o que no justifique debidamente una renuncia voluntaria a alguno de estos deseables rasgos.

    Mi alegato es precisamente que las genuinas obras maestras, no las de pacotilla, son infinitamente más entretenidas que los subproductos llenos de defectos, por cuanto resultan infinitamente más cautivadoras, divertidas, sugestivas, apasionantes, inquietantes, turbadoras, enriquecedoras, fascinantes, emotivas, etc. A mi juicio, eso es una parte fundamental del entretenimiento. Nadie me convencerá de lo contrario. Me aburren soberanamente las películas de usar y tirar, las que sólo apelan al mínimo común denominador y sólo cumplen -suponiendo que los cumplan- los más ínfimos requisitos.

    Igual que le exigimos a un presunto buen escritor que, como mínimo, conozca los rudimentos de la escritura, o sea, que tenga correcta ortografía y sintaxis, que sepa colocar las tildes, los puntos, las comas, etc., lo mínimo que podemos exigirle a un presunto buen cineasta es que, como mínimo, sepa filmar, o sea, que sepa encuadrar, emplazar idóneamente la cámara, decidir si moverla o dejarla quieta, calcular la duración exacta de cada plano, determinar con precisión cada cambio de ángulo, etc. Un director que no satisface estas exigencias es un impostor y un estafador, y como tal debe ser denunciado y fustigado, sin ninguna indulgencia perezosa y paternalista.

    De igual manera, una película con actores torpones, «sobreactuados» o «infraactuados» o que directamente no saben vocalizar; con un ritmo vacilante o estático; con un guión rutinario y mal construido; con un intolerable empleo de los recursos expresivos más toscos y facilones; con diálogos nada ingeniosos y de inexistente calidad literaria; con un sentido del humor basto y choricero; con una narración errática que avanza a trompicones y se estanca una y otra vez; con una fotografía plana y chata; con una música atronadora o incongruente; con un montaje confuso e irritante… una película así jamás podrá darme el mismo placer, ni «entretenerme» tanto, como otra que sea concienzudamente meritoria e infatigablemente creativa en todos los terrenos imaginables. Lo lamento, pero no. (En realidad no lo lamento en absoluto. Únicamente se trata de una figura retórica.)

    Una escala de puntuación de una a cinco estrellitas debería servir, según mi leal saber y entender, para marcar claramente las diferencias entre un producto inane y un arte verdadero. De otro modo no sirve para nada. Yo diría que «La mano negra», concediéndole dos estrellitas -o dos y media, a lo sumo, si tal cosa fuera posible en este blog-, «va que chuta», como se dice vulgarmente. No me cabe en la cabeza (¿es esto un síntoma de intolerancia o una petición de lucidez?) que ningún espíritu agudamente crítico, con un alto nivel de exigencia que no se tome vacaciones ni dormite en ocasiones insospechadas, pueda opinar honradamente algo distinto al respecto; y con eso de la agudeza crítica no me refiero, obviamente, a un espíritu avinagrado, solemne, ampuloso y pedantesco, sino a uno que juzgue que ni siquiera los modestos bocadillos de tortilla francesa deberían elaborarse con huevos podridos y pan rancio, sino con ingredientes frescos y de buena calidad, lo cual los volvería perfectamente equiparables a las buenas paellas.

    Y ¿por qué debería yo «dejar vivir en paz a `La mano negra´»? ¿Qué tiene de especial esta película para que deba gozar de patente de corso y sustraerse a un riguroso examen? Este blog existe, digo yo, para poner en cuestión cualquier cosa divina o humana siempre que esté relacionada con el cine y tal cuestionamiento se lleve a cabo con argumentaciones aceptablemente sólidas. Si a alguien le parece que mis argumentaciones no lo son, que salte a la palestra y me refute o que calle para siempre. Pero ¿por qué habríamos de imponernos odiosos tabúes o autocensuras?

    Y, en efecto, «La mano negra» y todas sus congéneres impiden «la existencia de las otras», si no literalmente, sí en el sentido de que les roban a los cinéfilos, y a los espectadores en general que las ven, un tiempo precioso que podrían dedicar más provechosamente a disfrutar a fondo de otras creaciones quizá desconocidas para ellos, las cuales ofrecen un entretenimiento estratosféricamente superior en cantidad y calidad, de todos los gustos y colores, y, a modo de no desdeñable propina, ayudan a desarrollar y ejercitar la inteligencia y la sensiblidad de todos aquéllos que no las tengan irreparablemente estragadas por los subproductos llenos de defectos. Y, lo peor de todo, «La mano negra» y todas sus congéneres fomentan una indeseable tolerancia al aburrimiento en la población que ve cine.

    Reconozco, eso sí, que, en el campo de los referidos subproductos, «La mano negra» no es, ni mucho menos, lo más abyecto que puede encontrarse, ya que cumple digna y decentemente su función de amenizar una tarde lluviosa con tal que uno ponga su cerebro en modo «piloto automático». Además parece una joya si la comparamos con obras maestras de pacotilla, inexplicablemente colmadas de hosannas y aleluyas en las eruditas enciclopedias y los sesudos tratados, como lo son, sin ir más lejos, «La dolce vita», «Ocho y medio» y «Casanova», tres engendros de Fellini de infausta memoria e inaguantable aburrimiento.

    • Querido Fernando, me abrumas pero no me convences. No veo razones para renunciar a mis plebeyos gustos, que tanto placer me reportan. En mis estrellas mando yo, afortunadamente, jaja.

  4. Fernando en dijo:

    Y yo mando en las mías, no desafortunadamente, jeje. Sin embargo, como me da mucha pereza crear un blog propio, no tengo más remedio que meterlas de rondón en el tuyo. Los lectores decidirán en cada caso por cuál de las dos constelaciones se sienten más representados o persuadidos. Que gane la mejor. Yo, por mi lado, no veo razones para renunciar a mi aristocrático nivel de rigurosa exigencia en el campo del arte, que tantos sinsabores me evita. El espíritu democrático lo dejo para mi vida cotidiana.

    Aparte de eso, yo también hago excepciones con alguna flexibilidad, y de tiempo en tiempo, si mi cerebro está exhausto y necesita «desconectar», puedo sentarme a ver una de esas películas con Jean-Claude Van Damme, que son casi las únicas películas malas que me gustan. (Resulta un alivio dar libre curso a mis bajos instintos y fantasear imaginándome a mí mismo en el lugar del héroe distribuyendo letales mamporros entre todas las personas que alguna vez me han perjudicado.) Pero de ahí a pretender y proclamar con total seriedad que se trata de grandes películas o incluso obras maestras… ¡uf!

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