Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): Dos en la carretera (1967)

Carretera

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: Blu-ray.

Valoración: ★★★★★ (La veré varias veces).

Ahí va la crítica:

Dos en la carretera (Two for the Road) (Stanley Donen, 1967): Unos recién casados salen de la iglesia. “No parecen muy felices”, dice ella. “¿Por qué iban a parecerlo? Acaban de casarse”, dice él. Y así, en el primer diálogo queda establecido el discurso antimatrimonial que se desarrollará durante el resto de la película. Aunque el tema no sea nuevo –la comedia se sustenta muchas veces en discusiones matrimoniales–, su contundencia sorprende todavía hoy. La amargura que expresan sus protagonistas –Albert Finney y Audrey Hepburn, completamente compenetrados– es demoledora, pues el paso del tiempo –remarcado por la melancólica música de Henry Mancini– es un implacable enemigo del amor. Y sin embargo, estamos ante una comedia romántica porque ese amor, aunque baqueteado, a veces consigue sobrevivir a los avatares matrimoniales. El difícil equilibrio entre drama y humor que exhibe el guion se sobrepone, además, a una realización que en algunas ocasiones sigue innecesariamente las modas de la época –esos zooms tan violentos, esas transiciones tan chocantes–, pero que no arruinan sus grandes logros narrativos. Incluso sus excesos en el vestuario o en la sátira de las costumbres sociales acaban por encajar perfectamente en un conjunto que deja una sensación agridulce como ninguna otra película que haya visto. Inolvidable, por tanto.

Criterio de valoración: ★ (Espero no volver a verla) ★★ (Podría volver a verla) ★★★ (Quizá la vuelva a ver) ★★★★ (Seguro que volveré a verla) ★★★★★ (La veré varias veces).

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2 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): Dos en la carretera (1967)

  1. Fernando en dijo:

    Es curiosamente cambiante mi relación de espectador con esta película. La vi por primera vez allá por los años 80 del siglo pasado, a mis 18 años de edad, en la Filmoteca Española, en una copia doblada al español con algunas imágenes eliminadas y no pocos diálogos alterados por las bestias censoras del general Franquito. Como muestra un botón: una de las alteraciones del diálogo más divertidas o, según se mire, más tristes, se producía en una escena que transcurre en una playa solitaria, cuando los dos protagonistas bromean dedicándose mutuamente insultos cariñosos; ella lo llama a él: “bastard” (cabrón), y él a ella: “bitch” (puta); en el doblaje se motejan respectivamente de “bobo” y “bruja”; en fin.

    Poco menos que odié esta película por aquel entonces. Me pareció que los personajes principales, y casi todos los secundarios que pululan a su alrededor, eran cretinos que no paraban de hacer inexplicables majaderías. En cuanto a Stanley Donen, consideré bochornoso que traicionara desvergonzadamente los saludables principios estéticos y narrativos que había cultivado, generalmente con más acierto que desacierto, en lo que había sido su carrera como director hasta entonces. Era como si nos gritase histéricamente a los espectadores: “¡Miren! ¡Miren! ¡Qué moderno soy! ¡SOY EL MÁS MODERNO!” Se trata de una postura artística que normalmente lleva a que las obras resultantes envejezcan con una insólita rapidez, una vez pasado el primer instante de deslumbramiento facilón.

    En los años 6o hubo tres directores que revolucionaron, para mal, la forma habitual de dirigir cine, popularizando una serie de recursos muy discutibles y peligrosos cuya nefasta influencia no acaba todavía de extinguirse: Richard Lester, con sus técnicas de montaje, nervioso y a trompicones, de planos cortos filmados simultáneamente con varias cámaras; Sergio Leone, con sus primerísimos planos y su manía de cortar la frente de los actores en muchos de los demás encuadres; y Claude Lelouch, con su empalagosamente mareante uso y abuso del zoom, del teleobjetivo y del flou. Súmense a todo ello, para colmo, las pretenciosas dislocaciones espacio-temporales practicadas por Alain Resnais y por varios miembros de la Nouvelle Vague francesa, amén de la pantalla dividida, la cámara en mano, el ralentí, los desenfoques estetizantes, etc., y ya tenemos la abominable estética de derribo que causó estragos sin tasa en el cine posterior. Incluso algunos viejos maestros que en aquella época seguían en activo, y a los que jamás se les habría pasado espontáneamente por la cabeza -en los años 30, 40 y 50- incurrir en esas “guarradas visuales”, acabaron adoptándolas, tarde o temprano, en parte o en todo, con resignación o con entusiasmo. ¡Incredibile dictu!

    Volviendo sobre “Dos en la carretera”, mi primera impresión ante ella fue que, si Donen no hubiera estado tan ansioso por subirse al carro de la moda imperante, y si hubiera narrado las peripecias de los protagonistas (volviéndolos de paso, a ser posible, un poco más sensatos) en orden cronológico y con su placentero clasicismo de antaño, la película habría sido una obra maestra; pero que, tal como estaban las cosas, su visionado tenía más de tortura que de deleite. Me prometí no volver a verla jamás y le cogí mucha tirria.

    Y sin embargo… y sin embargo…

    Ocurre que hace muy pocos años volví a verla un par de veces en blu-ray, esta vez en inglés y en versión íntegra, y cambié de parecer; no hasta el punto de considerarla genial, pero sí de juzgarla bastante buena: mucho mejor, en todo caso, de como la recordaba.

    Después de haber vivido yo varias relaciones de pareja y sus correspondientes rupturas, y de haber visto hacer eso mismo a unos cuantos amigos y conocidos, descubrí, inesperada y sorprendentemente, que “Dos en la carretera” está llena de una preciosa sabiduría de la vida y que trata a sus personajes con el punto medio justo entre la crítica y la comprensión, el sarcasmo y la ternura, la maliciosidad y la benevolencia… como seres muy humanos que son, capaces de lo mejor y de lo peor, llenos de virtudes y defectos. Cabe señalar que es la mujer quien sale mejor parada en conjunto. Mi única queja al respecto es que Stanley Donen no se atreviera a llegar hasta el final en su lúcida disección de “el matrimonio visto como la tumba del amor”, es decir, de una institución que, oscilando su éxito entre el 10% y el 20% de los casos, no debería ser la regla sino la excepción a la regla. “Dos en la carretera” deja, como se dice vulgarmente, una puerta abierta a la esperanza; insinúa que la institución de la pareja tiene finalmente más cosas buenas que malas (aun cuando las malas puedan llegar a ser horrendas) y que la pena es preferible a la nada; y, en resumidas cuentas, envuelve sus conclusiones en una ambigüedad que da la impresión de ser, más que un sano escepticismo que desconfía hasta del escepticismo, una calculada estrategia comercial para evitar un estrepitoso fracaso en taquilla y no deprimir exageradamente a los espectadores. En ese sentido me recuerda a “Más poderoso que la vida” (1956) de Nicholas Ray, “El hombre del Oeste” (1958) de Anthony Mann y “Confidencias de mujer” (1962) de George Cukor, tres extraordinarias películas increíblemente audaces para su época y aun para la nuestra, pero que en los últimos minutos se asustan de su propia audacia y “reculan” cobardemente hacia un forzado final feliz tópicamente tranquilizador, no se sabe muy bien si por decisión de sus directores o por imposición de sus productores.

    Por lo que se refiere a las “guarradas visuales” antes mencionadas, encontré que, aun cuando “Dos en la carretera” las tiene, no las tiene en tantísima abundancia como yo creía recordar, y que por lo general -no siempre, ay- las emplea con mejor criterio y mayor adecuación que la mayoría de sus coetáneas “ultramodernas”. Además las combina con una equiparable cantidad de recursos cinematográficos de la mejor cosecha antigua: nobles y de buena ley.

    Por último, centrándonos en su estructura narrativa, que mezcla constantemente el pasado, el presente y el futuro, y que se desarrolla en varios países, hallo muy meritorio el haber conseguido mantener siempre la claridad expositiva, sin que el espectador se pierda en semejante laberinto en ningún momento. Aparte de eso, valoro actualmente el aparente desbarajuste de su relato como un ardid astuto y eficaz para articular una aguda reflexión atemporal sobre la eterna comedia humana.

    En suma, un filme que tenía todas las papeletas para ser destinatario de mi odio perpetuo ha pasado a parecerme relativamente defectuoso pero verdaderamente encantador. Vivir para ver. Traigo aquí a colación estas esclarecedoras palabras que en un ensayo sobre Rudyard Kipling cinceló Henry James: “A fin de cuentas, ¿acaso los placeres literarios más intensos no son los más perversos y caprichosos y aun indefendibles? Tienen su lógica por alguna parte, pero a menudo está sumergida más abajo del alcance de la plomada de la crítica. Puede ser débil el hechizo de un escritor que cumpla todos los requisitos exigibles y reglamentarios, e irresistible el de otro que haga gala de un estilo comparable a un sombrero estrafalario. Un sombrero elegante es mejor que uno estrafalario, pero un mago puede ponerse indistintamente ambos.” Sustitúyanse, en este fragmento citado, literatura y escritores por cine y directores, y ya tenemos el corolario perfecto para mis deslavazados comentarios.

    Finalizo apuntando que el guionista de “Dos en la carretera”, Frederic Raphael, escribió también el guión de “Eyes Wide Shut” de Stanley Kubrick, una cinta que me agradó mucho ver, y de “Daisy Miller” de Peter Bogdanovich, una cinta que me agradaría mucho ver.

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