Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): Los puentes de Madison (1995)

Madison

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: Blu-ray.

Valoración: ★★★ (Quizá la vuelva a ver).

Ahí va la crítica:

Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County) (Clint Eastwood, 1995): Más de veinticinco años han pasado del estreno de la película más romántica de Eastwood, aquella que por primera vez en su carrera consiguió atraer más al público femenino que a su masculina parroquia habitual. Con una cámara fotográfica como única arma, el actor demostró que era un actor más versátil de lo esperado, capaz de extraer matices a su personaje con bastante más naturalidad que la sobrevalorada Meryl Streep, siempre un pelín amanerada. Este breve encuentro amoroso –solo cuatro días– respira credibilidad en todo momento gracias en gran medida a unos diálogos precisos, capaces de definir a sus personajes con frases solo aparentemente banales y de revelar con delicadeza la insatisfacción vital que ambos padecen. Lo que no funciona tan bien es su estructura narrativa. Contada desde la perspectiva de ella, pues es la lectura de sus diarios por parte de sus sorprendidos hijos lo que sustenta la narración, esta historia de amor pierde algo de su fuerza emotiva cuando se nos pretende de ese modo dar explícitas lecciones de vida. Bien está revelar la hipocresía social de la América profunda o defender la sinceridad en las relaciones humanas, pero es mejor extraer por uno mismo sus conclusiones.

Criterio de valoración: ★ (Espero no volver a verla) ★★ (Podría volver a verla) ★★★ (Quizá la vuelva a ver) ★★★★ (Seguro que volveré a verla) ★★★★★ (La veré varias veces).

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3 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): Los puentes de Madison (1995)

  1. Fernando en dijo:

    Concuerdo con casi todas tus observaciones sobre “Los puentes de Madison County” (discúlpeseme que haga una traducción completa del título original, que los distribuidores españoles dejaron inexplicablemente cojo en su momento).

    Pero, a pesar de que se trata, ciertamente, de una película romántica, aun así no es la única, ni la que más lo es, en la carrera de su director. Muy románticas son también (aunque de un modo más sutil e indirecto y, por lo mismo, mejor) “Más allá de la vida” (2010), “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (1997), “El aventurero de medianoche” (1982), “Primavera en otoño” (1973) y, sobre todo, una de sus obras más geniales -y menos conocidas- aunque no alcance los 30 minutos de duración: el maravillosamente conmovedor telefilme “Vanessa en el jardín” (1985), que casi parece un cuento de fantasmas de Henry James, que está escrito por Steven Spielberg y protagonizado por Harvey Keitel y Sondra Locke, y que pertenece a la serie “Cuentos asombrosos”.

    Aparte de eso, yo nunca he compartido el muy extendido criterio de que Clint Eastwood es un actor limitado; a mí siempre me ha parecido, al revés, uno de los más capacitados y más puramente cinematográficos que han habitado jamás las pantallas… incluso en productos tan abominables como los tristemente célebres “spaghetti-westerns” de Sergio Leone. Mucho me temo que hay demasiados cinéfilos que no saben apreciar el estilo a menos que les den con él en la cabeza; estos espectadores confunden lo que es ser un intérprete sobrio y comedido con lo que es ser un intérprete soso e inexpresivo, y así babean entusiasmados ante los intolerables festivales narcisistas de muecas y aspavientos en que demasiadas veces incurren los Hoffman, Pacino, De Niro, Nicholson, Brando, Olivier, etc., y no le ven excesivo mérito a la labor “tan natural como respirar” de, por ejemplo, John Wayne, Cary Grant o Robert Mitchum. Como dijo una vez Don Siegel: “En realidad, lo más difícil para un actor, interpretativamente hablando, es no hacer nada. Y Clint sabe llevar esto a cabo espléndidamente.”

    En nuestra polémica en este mismo blog sobre “Mula” (2018), Rafa, tú la desdeñaste comparándola desfavorablemente con “Los puentes de Madison County”, en la cual veías mucha más sutileza. Yo no me quedé muy convencido con tu alegato y a los pocos días revisé ésta última en DVD (ya la había visto dos veces anteriormente en la Filmoteca); el resultado de mi experimento fue reafirmarme en mi parecer de que es una gran película… pero muy poco sutil. No sólo incluye dos o tres largas escenas de conversación en la cocina, donde a los protagonistas casi “se les sale el alma por la boca” para que el espectador no se quede con la menor duda acerca de lo que los dos miembros de la pareja piensan y sienten y probablemente resolverán hacer; además, todo aquél que tenga la suerte o la desgracia de entender bien el idioma inglés o, en su defecto, vea una copia que subtitule las letras de las canciones puede comprobar que, en la recordada escena del baile previo al coito adúltero, las baladas que se escuchan por la radio ejercen, con respecto al romance que se desarrolla tan nítidamente ante nuestros ojos, casi la misma función que los machacones y obvios comentarios de un locutor televisivo que retransmitiera un partido de fútbol.

    Todo lo anterior puede quizá hacer pensar que a fin de cuentas no me gusta mucho “Los puentes de Madison County”. Nada más lejos de la verdad. Reitero que opino que es una gran película; pero asimismo opino que no es una obra maestra -aun cuando habría podido serlo- por culpa de algunos defectos, aquí señalados, que ocasionan que, por así decirlo,a veces se le vea demasiado el plumero. Ello no obsta para que el filme resulte notablemente ameno y emotivo, exhibiendo esa calidez humana y esa energía narrativa que casi siempre percibo y aplaudo en Eastwood.

    Sólo que me fastidia un poco que “Los puentes de Madison County” goce de un prestigio crítico y popular muy superior al de otras creaciones más logradas y sinceras de Eastwood, empezando naturalmente por la inmortal “Un mundo perfecto”, que, aun cuando nadie parezca haberse dado cuenta, es la mejor película realizada en los últimos cuarenta y cinco años.

    • Es curioso que de las otras películas románticas que mencionas solo una esté interpretada por él. Lo digo porque Clint Eastwood es un género en sí mismo cuando es el protagonista, y por eso “Los puentes de Madison” destaca como película romántica entre las otras de su filmografía, porque no recuerdo otra donde se vea tan tiernamente enamorado al “duro” Eastwood. “El aventurero de medianoche” es romántica, sin duda, pero no en el sentido superficial del término que sirve para definir el esquema chico conoce a chica y que es con el que se etiquetan las películas habitualmente. De hecho, en Imdb no está calificada de Romance, si tomamos esta web como una buena fuente en cuestiones de etiquetado comercial. Pero en realidad, si dejamos las etiquetas a un lado y hablamos de romanticismo en sentido amplio, el que viene de la literatura del XIX, en realidad se pueden rastrear muchas huellas románticas en su cine, sea en “Sin perdón”, “Cazador blanco, corazón negro”, o “Million Dollar Baby”, e incluso en tu querida “Un mundo perfecto”. Sería un bonito tema para un artículo: el romanticismo en el cine de Clint Eastwood (más allá de “Los puentes de Madison”).

  2. Fernando en dijo:

    Me muero de ganas, y ardo en deseos, de que alguien bondadoso e inteligente realice ese hipotético ensayo sobre el romanticismo eastwoodiano. Ánimo, Rafa, siéntate al teclado (el del ordenador, no el del piano) y a por ello; tú puedes. Sólo que no encontrarás financiación ni estímulo en el Instituto Cervantes. Quizá si probaras en el Instituto Shakespeare, suponiendo que tal cosa exista… jajaja.

    Abundando un poco más en “Los puentes de Madison County”, la impresión que me causa es que se trata de una jugada comercial que trata de re-aupar a los primeros puestos del “star system” a Clint Eastwood, inmediatamente después de los (muy inmerecidos) discretos resultados comerciales de “Un mundo perfecto”. En consecuencia, el objetivo era retomar el género de “películas de mujeres, con mujeres y para mujeres”, que en los años 40 y 50 practicaron con cierta regularidad -y, en general, con mucho acierto- diversos grandes cineastas como King Vidor, Max Ophüls, Vincente Minnelli, Douglas Sirk y George Cukor; eso sí, actualizando el escenario y las ideas morales para adaptarlo todo, más o menos, a las postrimerías del siglo XX. No por ello se deja de apuntar, para conseguir el “taquillazo”, a la franja más cursi y superficial del sector femenino de los espectadores. Misión apabullantemente cumplida, por cierto.

    Si Clint Eastwood, pese a tan discutibles y peligrosos condicionantes, “resolvió la papeleta” con resultados artísticos bastante más que aceptables, da la medida de su prodigiosa categoría como cineasta. Eso me recuerda a cuando me comentaste de viva voz, con mucha agudeza, que el hacer una adaptación de “Lord Jim” de Joseph Conrad y no naufragar (perdón por el endeble juego de palabras) es una proeza que indica a las claras que Richard Brooks es un cineasta auténticamente solvente, por más que no lograra una obra maestra cinematográfica a la altura del original literario.

    Volviendo un momento más al romanticismo eastwoodiano (del que en efecto hay mucho más de lo que se aprecia a simple vista, aun cuando esté desperdigado en fragmentos de obras suyas que oficialmente no son “tiernas”), hago notar de pasada el llamativo número de personajes interpretados por Eastwood en persona que permanecen obsesivamente aferrados, de una manera casi necrófila, al recuerdo de “su amor perdido que ya nunca, nunca volverá”. Véanse los casos de “El fuera de la ley”, “Sin perdón”, “Poder absoluto”, “Million Dollar Baby”, “Gran Torino” o incluso “Mula” (si forzamos un poco la imaginación para considerar muerta a su agonizante esposa).

    Verdaderamente, este tema daría para rato, para largo rato. Sólo hace falta, como bien sugieres, no confundir el romanticismo de El Corte Inglés o el de los culebrones de sobremesa, que en realidad no es más que ñoñería y cursilería baratas, con la fértil tendencia artística -y vital- que se desarrolló preponderantemente en Alemania e Inglaterra durante el siglo XIX como reacción contra los excesos de la Ilustración y el Neoclasicismo, confiriendo la primacía a los sentimientos.

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