Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

15º Festival de Cine Alemán

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En el mismo cine Palafox donde se celebró Nocturna la semana pasada, hemos asistido a la 15ª edición del Festival de Cine Alemán, cita imprescindible para conocer una cinematografía de gran pujanza que, sin embargo, apenas logra asomarse a nuestras pantallas. Entre las pocas que han tenido esa oportunidad este año, Bárbara (Christian Petzold, 2012) y Amour (Michel Haneke, 2012) lograron un meritorio éxito si tenemos en cuenta lo limitado de sus lanzamientos. A juzgar por las nueve películas de esta muestra, y por la evidente satisfacción de los numerosos espectadores que acudieron, otras películas alemanas merecerían una oportunidad en nuestra cartelera.

La historia de Alemania del siglo XX tiene en el nazismo y en la Stasi dos elementos perturbadores que siguen muy presentes en el imaginario colectivo alemán y, por ende, en su cine, como tuvimos ocasión de comprobar en tres de las películas más destacadas de la muestra.

Precisamente, Margarethe von Trotta, cineasta en cuya filmografía muestra una especial preocupación por la historia de su país, ofreció Hannah Arendt (2012), de próximo estreno en España, cuyo mayor interés reside en su reflexión sobre la evidencia del mal y la posibilidad de comprenderlo, tal y como se planteó la famosa filósofa judía cuando asistió al juicio del nazi Adolf Eichmann. No es poco mérito haber logrado una narración fluida y atractiva con un guión repleto de diálogos imprescindibles para explicar las intensas disputas filosóficas y políticas que surgieron entorno a Arendt, producto de su insobornable independencia de pensamiento.

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También el nazismo está muy presente en Ende der Schonzeit (Fin de la veda) (Franziska Schlotterer, 2012) aunque nos encontremos ante un historia íntima protagonizada por un curioso triángulo argumental: un agricultor impotente oculta en su granja a un judío evadido y acuerda con él que fecunde a su mujer. Las subterráneas pasiones acabarán por estallar de manera sorprendente en la película más estremecedora del festival, convincente en su retrato de la miseria moral de una población rural sólo en apariencia ajena a la guerra.

Wir wollten aufs Meer (Costa Esperanza) (Toke Constantin Hebbeln, 2011) se enmarca en otra época oscura de la historia alemana, la que trascurrió tras un muro en la parte oriental del país. Como ya vimos en la célebre Das Leben der Anderen (La vida de los otros) (Florian Henckel von Donnersmack, 2006), los tentáculos de la Stasi, el Ministerio para la Seguridad del Estado en la República Democrática Alemana, eran largos y podían controlar por completo la vida de sus ciudadanos. En este caso, dos amigos que pretenden salir del país haciéndose marineros deben demostrar su fidelidad al Estado, lo que puede suponer traicionar su amistad. La narración bascula entre los difusos límites de la amistad y la traición de forma algo confusa, con notables altibajos, pero con el objetivo cumplido de retratar una época tenebrosa que estaba a punto de acabar.

Las restantes películas del festival se movieron en la contemporaneidad para abordar problemas humanos con una complejidad muy de agradecer, lejos de los estereotipos a que nos tiene acostumbrados el cine norteamericano.

En primer lugar, desde el cine documental vimos Speed – Auf der Suche nach der verlorenen Zeit (Speed – En busca del tiempo perdido) (Florian Opitz, 2012), muy simpática indagación sobre la esclavización a la que el ser humano se ve sometido debido a su obsesión por ganar tiempo mediante la creciente aceleración de sus actividades, facilitada por las máquinas. Las propias experiencias y sensaciones del director sirven de punto de partida en una búsqueda de los motivos de este hecho y su posible solución.

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Desde la ficción, destaca sobremanera Schuld sind immer die anderen (Culpables son los otros) (Lars-Gunnar Lotz, 2012) por su verídico relato del proceso de rehabilitación de un violento delincuente común en una residencia regida por una de sus víctimas, ignorante de esa casualidad. Este secreto sirve como elemento de suspense en una narración convincente por la ausencia de paternalismo en el proceso de rehabilitación y de moralina en los dilemas planteados, tan difíciles de resolver como en la vida misma.

También es muy sugerente la complejidad de la joven protagonista de Am Himmel der Tag (Nuevo horizontes) (Pola Beck, 2012), desorientada en su pequeño mundo de estudios, alcohol, drogas y sexo, e incomprendida por su padres, pero que decide asumir su responsabilidad de madre cuando queda inesperadamente embarazada. Las contradicciones del personaje son presentadas sin juzgar y sin convencionalismos para transmitir esa confusión generacional que, sin embargo, no debe obligatoriamente terminar en tragedia .

La anterior película también tenía un desinhibido y desprejuiciado punto de vista sobre la sexualidad, prolongado en dos películas más explícitas. Transpapa (Sarah Judith Mettke, 2012) aborda el reencuentro de una adolescente con su padre, ahora convertido en mujer, en una combinación muy ajustada de drama y comedia, donde, una vez más, no se cae en fáciles estereotipos y se pone el centro de atención en el proceso de recuperación del lazo paterno-filial.

Freier Fall (Caida libre) (Stephan Lacant, 2013) aborda sin tapujos la relación homosexual entre dos policías y las dificultades de uno de ellos, casado y a punto de tener un hijo, para asumir su condición homosexual. La homofobia explícita de los compañeros y la familia, y las dificultades para salir del armario, sólo dejan opción para un desenlace dramático, pero afortunadamente se desarrolla sin tremendismos para lograr el punto justo de credibilidad.

Sólo una película se puede poner en el debe del festival, la impersonal y estereotipada Schlussmacher (Rupturas por encargo) (Matthias Schweighöfer, 2013), una blanda comedia romántica sobre la toma de conciencia amorosa de un cínico empleado de una gestora de rupturas de pareja. Sus peripecias junto a una de sus víctimas sólo pueden conducir hacia una previsible conclusión que sólo puede aceptarse por la notable comicidad del Milan Peschel. No es de extrañar, aunque sí de lamentar, que la propuesta más convencional haya sido la de mayor éxito de público en Alemania. Que haya sido producida por Twentieh Century Fox no deja de ser lógico porque apenas se diferencia de las comedias norteamericanas en que se inspira. Esperemos que este ejemplo de colonización industrial no se convierta en norma en la producción alemana.

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