Crítica en 200 palabras (o casi): Parranda (1977)

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.
Formato de proyección: DVD.
Valoración: ★★★★ (Seguro que volveré a verla).
Ahí va la crítica:
Parranda (Gonzalo Suárez, 1977): Tres adultos hechos y derechos deambulan por un pueblo de Galicia y sus alrededores con el único objetivo de pasarlo bien emborrachándose. A pesar del jolgorio que manifiestan, son personajes tristes impregnados de un fatalismo inconsciente que nos augura desde el comienzo un trágico final. Pero no estamos ante una película moralista, ni tampoco Gonzalo Suárez, un cineasta que siempre evita los caminos fáciles, quiere solamente desarrollar un cierto discurso social para explicar las causas de la falta de rumbo de sus personajes, sino que nos quiere incomodar viéndolos actuar tal como son sin justificarlos, de manera similar a como lo haría Montxo Armendáriz con los jóvenes de Historias del Kronen (1995). Pero, aparte de este tremendismo en el que la brutalidad no tiene más justificación que la enajenación etílica, su director se atreve a jugar con el punto de vista, haciéndonos dudar de la veracidad de los narrado mediante analepsis y prolepsis muy bien entrelazadas, e incluso a introducir sin desentonar un episodio cómico ausente de la novela original de Eduardo Blanco Amor e inspirado en un cuento de Guy de Maupassant. Por otro lado, el gran uso de los exteriores naturales potencia eficazmente la fisicidad de la historia. (Ver aquí crítica previa del 25 de octubre de 2014)
Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)



He visto «Parranda» una única vez, hace ya la friolera de 40 años, pero recuerdo que me gustó muchísimo. Yo y el amigo que me acompañaba en aquella ocasión comentamos, al salir de verla en la Filmoteca, que llevábamos bastante tiempo sin ver una película que nos dejara tan satisfechos.
No soy ningún admirador entusiasta de Gonzalo Suárez, y eso que tengo entendido (nunca he podido comprobar la veracidad de esta historia que circula entre mi familia) que es pariente lejano mío: en concreto, hijo de un primo de mi difunta abuela paterna. Tampoco me he puesto jamás en contacto -ni directa ni indirectamente- con su persona.
A mi entender, su cine lo caracterizan y lo estropean, alternativamente y en mayor o menor grado según los casos, un cargante experimentalismo, un plúmbeo academicismo y un anodino costumbrismo. He visto casi todas sus películas, y casi todas ellas me han disgustado profundamente. Aparte de «Parranda», yo sólo salvaría de la quema el interesante díptico existencialista formado por «Ditirambo» y «Epílogo», la simpática comedia surrealista titulada «Reina zanahoria», y esa hermosa muestra de cine negro onírico que es «El detective y la muerte».
Pero «Parranda» supera ampliamente a las cuatro películas antedichas, y en realidad cabe afirmar verazmente que es una de esas obras que justifican toda una carrera. No sé muy bien a qué se debió este antológico logro de Gonzalo Suárez: si a una conjunción favorable de los astros o, simplemente, a que le sonó la flauta por casualidad.
Yo no podría decir nada mejor acerca de ella que lo siguiente. En «Parranda» campa a sus anchas, y para bien, la fuerte influencia de su querido amigo íntimo Sam Peckinpah, tanto a nivel temático (la poesía de la sordidez en un desolador paisaje físico y moral y en unos personajes vocacionalmente marginados y fracasados) como estilístico (la llamativa presencia del zoom y del ralentí, unos recursos expresivos peligrosos pero de los cuales se hace aquí un uso menos rutinario y más creativo de lo habitual). Además, y también de un modo muy peckinpahiano, «Parranda» hace gala de un notable grado de extrañamiento que a veces la hace adentrarse decididamente en los terrenos de lo fantástico.
Que conste que yo, a diferencia de nuestro querido bloguero, soy de ésos que ven poco cine español, ya sea moderno o antiguo, porque la mayoría de las veces que lo he hecho he hallado motivos para arrepentirme amargamente.