Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): La muerte cansada (1921)

Cansada

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: Blu-ray.

Valoración: ★★★★ (Seguro que volveré a verla).

Ahí va la crítica:

La muerte cansada / Las tres luces (Der müde Tod) (Fritz Lang, 1921): Primera gran obra del director alemán y su guionista habitual que, tras la restauración de 2016, podemos disfrutar casi en todo su esplendor. La muerte, aunque cansada de su ingrata labor y de ser odiada por todos, se lleva a un joven enamorado. Su chica suplica por que se lo devuelva, pero ya le gustaría a la muerte poder desobedecer al Creador. Sin embargo, le da tres oportunidades de vencerla mediante tres ensoñaciones ambientadas en el Bagdad de los califas, la Venecia renacentista y la China imperial, en las que se repite el esquema del villano que quiere impedir la unión de los protagonistas. Ese esquema, unido a una potente producción, permite a Lang desplegar toda su fantasiosa imaginación, crear escenarios muy atractivos, y divertirnos tres veces con la misma historia, aunque no estén a la misma altura porque la última sobresale por sus efectos visuales. De todas formas, lo que la hace inolvidable en realidad es la atmósfera de la parte contemporánea, aquella en la que se nos muestra en toda su magnitud poética el destino irremediable de todo ser humano. Esta muerte personificada en la figura de un hombre de negro influirá inevitablemente en muchos cineastas del futuro.

Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)

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2 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): La muerte cansada (1921)

  1. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Muy hermoso y atinado comentario el tuyo, Rafa. Yo ya tuve ocasión de señalar recientemente que «Las tres luces» (a mí me gusta más este título alternativo que «La muerte cansada») es mi preferida de entre las películas que Fritz Lang rodó con financiación alemana, antes o después de su periplo hollywoodiense. Resulta ser la menos afectada por ese algo de germánica rigidez que lastra en mayor o menor medida el resto de su producción en Alemania (su producción en Estados Unidos está aquejada algunas veces de otros defectos distintos, acaso más livianos y simpáticos).

    Si «Las tres luces» nos impresiona aún como lo hace hoy en día, fácil es de imaginar el impacto que debió de causar en la época de su estreno, cuando el arte cinematográfico estaba casi en pañales. Por ejemplo, inspiró unos deseos irrefrenables de dedicarse a hacer cine en futuros directores tan magníficos y dispares como Alfred Hitchcock y Luis Buñuel, influyendo poderosamente en la configuración de sus respectivas carreras.

    No sin motivo se dice que lo que nos permite distinguir entre un impersonal artesano y un autor puro es la presencia, en éste último, de una serie constante de rasgos temáticos y estilísticos a lo largo de toda su filmografía. Es en «Las tres luces» cuando por primera vez aparece formulado con plena solidez y coherencia eso que cabe denominar el universo languiano.

    Desde el punto de vista temático, lo que prevalece en él es una meditación pesimista sobre la Fatalidad en sus múltiples ramificaciones. Los personajes de Lang, con culpa o sin ella, son arrastrados por el aciago destino a una espiral de fracaso y destrucción, sin que apenas les sirvan de algo sus ímprobos esfuerzos para contrarrestarla. Si han cometido algún error, sus tentativas de enmendarlo suelen ser contraproducentes; si son inocentes de sus desdichas, nada ni nadie parece dispuesto a ayudarlos a remediarlas.

    Desde el punto de vista estilístico, el cine de Lang es reconocible por una aspiración a la mayor exactitud y precisión posibles e imaginables. Su finalidad es que cada encuadre, cada elección de distancia entre el objetivo y las personas o cosas filmadas, cada movimiento de cámara, cada cambio de plano, tengan una justificación inmediata y comprensible, y hagan una decisiva aportación en términos narrativos o dramáticos. Lang había cursado estudios de arquitectura en su juventud, y ello se nota, vaya si se nota. Es eminentemente un constructor de películas, obsesionado por lograr una impecable estructuración de sus obras.

    Nada tiene de extraña su fama de haber sido un tirano despótico en sus rodajes, capaz de machacar psicológicamente de muy malos modos a sus equipos técnicos y sus elencos actorales, en una inexorable búsqueda de que cada cual diera de sí lo mejor y nada más que lo mejor. Hay directores que dejan que la casualidad intervenga en sus películas, confiando en una improvisación parcial o total, o admitiendo sobre la marcha sugerencias espontáneas de sus colaboradores. Lang no era de ésos en manera alguna: tenía sus películas íntegramente concebidas y elaboradas en su cabeza antes de empezar a rodarlas, gracias a unos minuciosos prediseños técnicos donde estaba detallada toda la planificación y el montaje (aunque sin dibujar «storyboards» como sí hacía Hitchcock); y todos sus esfuerzos creadores se orientaban a que el resultado definitivo no se desviara ni un milímetro de esa concepción inicial. Sin temor a exagerar indebidamente, podemos afirmar que en un filme de Lang, si una mosca cruza el encuadre en un determinado momento, esto no es por obra del azar sino por orden del autor.

    En las creaciones languianas posteriores a «Las tres luces» que presentan ocasionalmente unos pequeños o grandes fallos, la explicación de tal anomalía reside, a mi juicio, en uno o varios de estos tres factores:
    a) Haber trabajado, por mala decisión propia o por desafortunada imposición ajena, con guiones defectuosos en lo que se refiere al delineado de los personajes, la redacción de los diálogos o el desarrollo de las peripecias.
    b) Haber sufrido interferencias de los diversos códigos de censura, que cercenaron muchas de sus propuestas más arriesgadas y valiosas.
    c) Haber estado a merced de productores inescrupulosos con escasa visión artística, esporádicamente capaces de recortar, deformar y mutilar lo que ahora se llama «el montaje del director».
    Habría que añadir a esta enumeración, quizá, el curioso hecho de que Lang era una inteligencia de primer orden en muchos aspectos pero que en otros adolecía de una llamativa ingenuidad ignorante.

    Pues bien, una vez sentadas estas premisas críticas, ya podremos continuar durante los próximos meses, viendo caso por caso, el estudio de las «obras completas» de Lang.

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