Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Claves para triunfar en el cine, según Woody Allen

Si eres un lector amante del famoseo morboso, para de leer. Este es un blog de cine, no de cotilleos, por lo que el espinoso enfrentamiento Allen-Farrow queda fuera de nuestro campo de actuación. Además, ya hay opiniones de sobra sobre el asunto en todo tipo de medios. Tenemos las versiones de los implicados en sus respectivas memorias (las de ella publicadas en 1998, las de él el pasado año), los testimonios de la presunta víctima y dos de sus hermanos –Moses a favor de Allen, Ronan en contra–, un documental que apoya al director (By the Way, Woody Allen Is Innocent) y otro a la actriz (Allen v. Farrow), así que sería superfluo añadir una opinión más que, además, nunca estaría tan informada como las fuentes mencionadas. La única posición ecuánime que creo que se puede adoptar desde fuera, y que es la que todos desearíamos que tomaran hacia nosotros, es la de respetar la presunción de inocencia, pilar fundamental de la verdadera justicia. Y dicho esto, pasemos al cine.

Cuando afronto la lectura de las memorias de alguien que ha triunfado en la profesión cinematográfica espero comprender los motivos de dicho éxito. Al fin y al cabo, uno desea algún día disfrutar de cierta fortuna en ese mismo ámbito y nunca viene mal confrontar las propias opiniones y circunstancias con quienes la han experimentado plenamente. Eso sí, sin dejar de ser consciente de que no éxite una fórmula, y que cada persona ha de buscar su camino, incluso de que la definición de éxito puede variar mucho entre unas películas y otras. En cualquier caso, la lecura de A propósito de nada es útil para ese fin, a la vez que decepcionante. Me explico.

Útil es conocer los apoyos que tuvo Woody Allen en sus inicios. Es bien sabido que su notoriedad como director venía precedida por su fama como comediante, al menos en Estados Unidos, donde se había labrado una carrera en locales nocturnos y en televisión. Pero siendo ese un punto de partida muy ventajoso, el propio interesado reconoce que no hubiera llegado muy lejos sin el apoyo de tres personas: Jack Rollins, el primero que confió en él plenamente para iniciar su carrera artística, primero como su representante y luego como productor junto a Charles H. Joffe; Arthur Krim, el presidente de United Artists, cuya confianza fue fundamental para financiar las primeras películas de Allen, arriesgándose incluso cuando el director decidió probar con el drama; y Vincent Canby, el influyente crítico de cine del New York Times que apoyó con entusiasmo tanto su primera película, Toma el dinero y corre (1969), como su radical cambio de rumbo en Interiores (1978), contribuyendo decisivamente a su reconocimiento crítico como cineasta. Por tanto, con el ejemplo de Woody Allen se podría concluir que gran parte del éxito depende de que alguien reconozca tu talento y te dé el empujón inicial, de que otro se decida a poner pasta para realizar tus obras, y, finalmente, de que otro se encargue de alabar tus méritos en un medio influyente. Así de sencillo, siempre y cuando partamos de un talento inicial. ¿Pero dónde queda el trabajo, el esfuerzo? Ahí es donde entramos en la parte decepcionante.

Siempre he creído que sin esfuerzo y disciplina nada se puede conseguir por muchos talentos y apoyos que se tengan. Sin embargo, Woody Allen, aunque reconoce que trabajar duro atrae a la buena suerte, se empeña en desmentir esto en varios pasajes de su libro, precisamente en los pocos que dedica a describir su trabajo como director. Quizás sea una pose –como la de Luis García Berlanga explicando que la pereza es la razón de sus característicos planos largos– pero el visionado de sus películas, sobre todo algunas de los últimos años, parecen confirmar que su descuido formal debe ser producto de su desidia a la hora de rodar. No tiene ningún reparo en confesar que lo que le divierte más es escribir el guion y que rodar es un fastidio. No ensaya con los actores, pues cree que con elegirlos bien es suficiente y que actúan mejor dejándolos libres. Tampoco planea nada concreto antes de llegar al set, donde elige intuitivamente la posición de la cámara en ese momento, si acaso consultando con el director de fotografía. Y suele decantarse por planos de larga duración que, además, no suele repetir. Así puede acabar la jornada pronto para irse a casa a ver un partido en televisión. Claro, luego llega al montaje y apenas tiene opciones donde elegir. Eso agiliza el proceso, sin duda, pero también nos confiesa que en no pocas ocasiones el montador ha tenido que salvar la película milagrosamente. Decepciona, por tanto, que rodando de ese modo haya podido conseguir tan grandes películas, aunque sospecho que esa pereza, además de estar exagerada, no era tan fuerte en sus inicios y se ha agravado en las últimas décadas, donde precisamente escasan los grandes aciertos. Lo que sí explica esa dejadez es que haya rodado cada año un título hasta llegar a la cincuentena. Lo cual también nos lleva a una manifiesta contradicción: si tanto le fastidia, ¿por qué rueda sin parar? En fin, inextricables son los caminos de la mente humana.

El consejo más provechoso que se puede extraer de esta lectura se encuentra más bien en el terreno de la filosofía del artista: hay que confiar en el criterio propio aunque sea equivocado, no dejarse influir por las críticas, por lo cual es mejor no leerlas, y, sobre todo, hay que vencer el miedo al fracaso. Con eso me quedo finalmente, pues pronto espero rodar mi primer cortometraje de cierta envergadura, titulado Todavía sigo vivo. En mi caso sin representante, ni productor (soy yo mismo), y no sé si con algún crítico que reconozca mi maestría. Eso se verá más adelante.

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