Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

El fin de los cines: ¿por qué no? (y un propósito de año nuevo)

La asistencia a los cines se ha derrumbado durante esta pandemia agravando una tendencia negativa iniciada hace ya muchas décadas. Las causas de la progresiva deserción de los espectadores se han analizado en muchos sitios, no hace falta insistir en ellas, pero siempre me ha llamado la atención que no se suela señalar a los verdaderos culpables del cierre de las salas: los espectadores, responsables últimos de haber elegido paulatinamente otras alternativas de entretenimiento. Ahora, además, la pandemia está venciendo la resistencia de los cinéfilos más contumaces, entre los que me contaba yo mismo, acostumbrándonos a las delicias del cine en casa más todavía que antes. Ahora bien, sin espectadores como nosotros, ¿se acabará el cine en 2021?

La respuesta es bien clara: no. Siempre quedará un remanente suficiente de espectadores que haga rentable, al menos en las grandes ciudades, mantener abierto algún cine. La zarzuela es un género teatral muerto, que vive exclusivamente de las obras del pasado, y sin embargo ahí está el Teatro de la Zarzuela manteniendo viva la afición de una minoría que se resiste a desaparecer. El cine está en mucha mejor situación porque seguirá habiendo nuevas películas, así que no peligra su existencia por ahora. Pero la pregunta que yo me hago actualmente, cuando mi asistencia al cine se ha reducido drásticamente por mi negativa a ver películas con mascarilla, es si realmente importa que desaparezcan los cines.

Si somos sinceros, ir al cine hoy en día es realmente una lata. Los cinéfilos de mi generación o de las anteriores adquirimos el hábito de ir al cine casi a diario porque no había otro modo decente de disfrutar de las películas en su máximo esplendor. Los pases televisivos eran un pobre sucedáneo al que acudíamos para saciar nuestra cinefagia, pero éramos conscientes de estar colaborando en una adulteración del producto. Hoy eso está dejando de preocuparnos. La tecnología digital que ha llegado hasta nuestras casas se diferencia en poco de la que se nos ofrece en los cines, y con una pequeña inversión se puede tener un cine en miniatura, solo ligeramente inferior en cuanto a calidad de imagen y sonido, pero con muchas otras ventajas respecto a las salas. La principal de todas ellas: no tener que soportar a los demás espectadores. ¡Pero la grandeza del cine también está en ser una experiencia colectiva!, dirán algunos. Bueno, pero de eso ya he tenido suficiente en mi vida, ahora prefiero disfrutar del cine sin el temor a ver interrumpido mi goce por un cuchicheo a mis espaldas o una luz cegadora ante mis ojos. También de la comodidad de las salas habría mucho que decir. La que no está mal insonorizada para que no se oiga la sala de al lado, te planta una luz de emergencia en el campo de visión; la que tiene una pantalla que se ajusta al formato de la película, tiene un proyector escaso de potencia lumínica; la que tiene butacas cómodas, resulta que la altura es insuficiente si se sienta alguien delante, etc.

A los exhibidores que puedan leer esto no les agradará que se ponga en duda la necesidad de su negocio, pero todos los inconvenientes mencionados han sido el pan de cada día para los espectadores desde los inicios, y uno ya se va cansando de ellos. Para ser justos, eso sí, conozco solo tres cines que merecerían salvarse de la hecatombe: el Golem de Madrid, a pesar de su pequeño tamaño; el Phenomena de Barcelona, donde a veces todavía se proyecta en 35mm, e incluso en 70mm; y el cine Doré (sede de la Filmoteca Española), donde siempre se pueden descubrir joyas del pasado en condiciones razonablemente dignas (cada vez menos, lamentablemente). Los dos primeros merecen tener buena fortuna por la calidad de sus salas, pero de los espectadores molestos nadie nos podrá librar y de ellos no se puede prescindir si queremos que estos negocios continúen abiertos. Es una paradoja imposible de resolver.

Y entre las ventajas del cine en casa excluyo, por razones personales, a las plataformas de vídeo bajo demanda, el gran enemigo, pues de ellas también se puede prescindir si se posee una buena videoteca recopilada durante años, mucho más extensa y variada que cualquiera de las plataformas actualmente disponibles, todas ellas demasiado volcadas en las novedades. Uno hace tiempo que se dio cuenta de que hay que huir de la dictadura de la novedad impuesta por lo medios y dar más espacio a las revisiones de las películas ya conocidas o al descubrimiento de las que, pasada la novedad, parecen haber dejado cierta huella años después de su estreno. Así que mi único propósito de año nuevo será liberarme en lo posible del yugo de la actualidad y dedicar más tiempo a revisar en casa el cine del pasado que tanto he postergado por novedades muchas veces decepcionantes. Ver las películas en cine deja de ser un requisito, por tanto, para mis críticas en cien palabras, profundizando de este modo en una herramienta que me ha resultado muy útil para poner en orden mi cada vez más debilitada memoria.

Seguiremos yendo al cine mientras existan, aunque de forma más comedida, más razonable, más sana (nunca mejor dicho), sabiendo que no son imprescindibles, y solo quizás volveremos a incurrir en nuestra cinefagia si tenemos la oportunidad de acudir a los dos únicos festivales de cine que merecen realmente la pena: el Cinema Ritrovato de Bolonia y Le Gionarte del Cinema Muto de Pordenone. Porque también descubrir una película muda dada por perdida o disfrutar de la última restauración de un clásico pueden ser las mayores novedades para el cinéfilo.

Como todo propósito de año nuevo, quién sabe si lo cumpliremos.

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2 pensamientos en “El fin de los cines: ¿por qué no? (y un propósito de año nuevo)

  1. Fernando en dijo:

    Mi buen Rafa:

    Hace más de una década, yo habría exclamado con indignación que tu artículo aquí presente -de haberse escrito entonces- era una (casi) completa sarta de herejías, y te habría excomulgado a perpetuidad en nombre de la Hermandad de Cinéfilos Puros. A día de hoy, no obstante, opino que es un increíble derroche de sabiduría y sensatez, y lo suscribo prácticamente sin reservas. Incluso la única reticencia que teóricamente cabría oponer, la de que en todo asunto siempre hay que ver caso por caso, ya la tienes incorporada en su argumentación.

    Todo ello es una nueva prueba, si falta hiciere, de que lo único permanente en la vida es una transformación continua.

    Por cierto que, en un mundo ideal, tu artículo estaría ya publicado en algún medio de comunicación, solvente y prestigioso, de alcance nacional y aun planetario.

    Sólo tres apostillas:
    a) En este blog espero disfrutar muchas futuras reseñas tuyas de clásicos, especialmente del Hollywood de 1920-1930 y de 1945-1965, que es la Arcadia de cualquier aficionado con dos dedos (o más) de frente.
    b) Ojalá tus futuras reseñas, de cualquier clase, puedan a veces superar, como en este artículo tuyo que es objeto de este comentario mío, el estricto límite de cien palabras que tú mismo has prescrito, para que así des libre curso, eventualmente, a tu inteligencia y a tu buena prosa analizando películas que merezcan un generoso despliegue de ellas.
    c) Resultaría muy de agradecer que la puñetera pandemia desapareciera finalmente en 2021, por muchos motivos grandiosos y humanitarios, pero también por algún que otro motivo comparativamente diminuto y, sin embargo, entrañable… como lo sería, por ejemplo, el poder ver sin mascarilla en una buena sala de cine “Cry Macho”, el más reciente filme de Clint Eastwood, actualmente en fase de postproducción y, sobre el papel, sumamente prometedor.

    Feliz (o al menos no demasiado infeliz) Año Nuevo.

    • Gracias, Fernando. Se ve que estamos en sintonía, porque precisamente tenía previsto ampliar mis críticas para profundizar un poco más en cada película.
      Feliz año 2021, que sea con buen cine, sea en en las salas o en casa.

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