Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en cien palabras (o casi): Hasta que las nubes nos unan

Lugar de proyección: Plató de la Cineteca (DocumentaMadrid 19).

Formato de proyección: DCP.

Valoración: ★★ (Podría volver a verla).

Ahí va la crítica:

Hasta que las nubes nos unan, Guardiola – Diola (Lluís Escartín, 2019): De la constatación de que en el campo español ya no se canta, en contraste con la vitalidad musical de los africanos tanto en sus fiestas como en sus labores agrícolas, nace este documental. Quizá esta comparación esté expresada de forma demasiado simplista, con una mirada algo superficial para la parte española y demasiado extensa para la parte africana, pero sin duda es así porque siempre es más fascinante para el documentalista y para los espectadores europeos lo ajeno y, por tanto, exótico. Desgraciadamente, una vez más nos quedamos en la superficie, por mucho que no atraiga el espectáculo.

Criterio de valoración: ★ (Espero no volver a verla) ★★ (Podría volver a verla) ★★★ (Quizá la vuelva a ver) ★★★★ (Seguro que volveré a verla) ★★★★★ (La veré varias veces).

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Un pensamiento en “Crítica en cien palabras (o casi): Hasta que las nubes nos unan

  1. Podría decirte porque no estoy de acuerdo con tu crítica pero Elodie Mellado en Filmin lo dice mejor que yo:

    “Lluís Escartín presenta su último trabajo en DocumentaMadrid 2019 tras su paso por el Festival de Málaga, y lo hace con un montaje definitivo que ha convertido el pase de este sábado en casi un nuevo estreno. En esta ocasión, el cineasta catalán nos lleva en un viaje de ida y vuelta del pueblo de Guardiola en Catalunya al Senegal más profundo de los Diola, etnia senegalesa discriminada por la gran mayoría del país que no renuncia a su tradicional forma de vida. Una experiencia catártica y altamente enriquecedora que bien podría considerarse como la anti-postal antropológica. Estos son los Diola, y esta es su historia.

    ¿De qué va?

    Trabajos y experiencias colectivas de recolección y caza en una aldea de Senegal y en otra de Catalunya: unos cantan y bailan mientras faenan; otros ya no. Unos celebran la vida y la muerte a través de rituales y ceremonias; otros ya no tanto.

    ¿Quién está detrás?

    Formado con Jonas Mekas, Lluís Escartín ha desarrollado su carrera entre Nueva York y Barcelona, sus dos puntos de anclaje mientras recorría algunos de los paisajes más recónditos de nuestro planeta. En esta ocasión, sus pasos le han llevado hasta Senegal, al olvidado pueblo de los Diola, donde tuvo que convertirse en una persona más de la tribu para que sus habitantes le aceptaran entre los suyos, permitiéndole grabar sus vidas con un grado de cercanía totalmente insólito hasta la fecha.

    ¿Quién sale?

    Tan lejos, tan cerca. Los habitantes de un pequeño pueblo de la Catalunya vacía y los Diola de Senegal. Los primeros están hastiados de las cámaras, los segundos jamás han visto su imagen proyectada en una pantalla. Mientras unos escuchan la radio en el ocaso de la vida rural en España, los otros cantan con la fuerza de la colectividad mientras luchan por sobrevivir un año más. La vitalidad y energía de los Diola es contagiosa, y al final acaban arrastrando al cineasta a un éxtasis cinematográfico del cual no le dejan escapar, siendo ellos los principales y merecedores protagonistas de esta historia.

    ¿Qué es?

    La anti-postal antropológica, un homenaje al pueblo de los Diola que no es para nosotros, si no para ellos mismos.

    ¿Qué ofrece?

    En uno de sus anteriores trabajos, “Terra incógnita”, Lluís Escartín se preguntaba porque en nuestros pueblos, y por consecuencia en nuestra cultura, se ha dejado de cantar. Canciones populares transmitidas de generación en generación, cuyo significado original se ha perdido en el espacio tiempo de nuestras voces. Este es también uno de los puntos de partida de “Hasta que las nubes nos unan” que empieza en un inusual paisaje helado del pueblo de Guardiola mientras la música del rapero Valtonyc suena de fondo. Una casualidad cinematográfica que no tuvo más remedio que quedarse en el montaje, a pesar de que no hubiera ningún tipo de intencionalidad en ella, según su propio autor.

    La magia del cine, esta misma que nos transporta a una cultura diametralmente opuesta a la nuestra, vestigio de un pasado que hemos abandonado y nos empeñamos en olvidar. La mecanización de la sociedad nos ha llevado a un panorama ultra tecnificado donde la noción del trabajo como método de subsistencia directa parece sacado de la peor de las distopías. Pero es una realidad muy presente para los Diola, que sobreviven todo tipo de embistes de una llamada sociedad civilizada que, a su vez, los aísla y los desprecia.

    No es así con la cámara de Escartín, que alejada de todo tipo de exotismo occidental hacia la figura de los pueblos africanos, se funde entre los cánticos de las mujeres que laboran los campos de arroz de forma colectiva para poder garantizar la supervivencia de todo el poblado. Poco a poco, vamos asistiendo al ritual que supone el día a día de los Diola, cuya filosofía dicta que en la vida no hay espacio para los malos pensamientos, solo la risa, el canto, la comunidad. A medida que avanzamos por su historia, el cineasta catalán regresa cada vez menos a su pueblo natal de Guardiola, como si la fuerza de estos senegaleses le hubiese arrastrado a él también en este éxtasis compartido. La cámara se vuelve menos objetiva y deja de tomar distancia, los cánticos se elevan y el montaje, presa de esta alucinación colectiva, divaga junto al cineasta sobre la vida y la muerte en una sociedad donde el día a día lo es todo. Al final, la narración estalla y la fuerza de las canciones allí cantadas llega hasta Catalunya, donde estos dos mundos acaban unidos en uno solo donde la vida siempre vence a la muerte y al olvido. “

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