Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Miguel Delibes y el cine español (7): La sombra del ciprés es alargada (1990)

Séptima entrega de esta serie de artículos publicados previamente en la web del Instituto Cervantes. Las novelas del vallisoletano Miguel Delibes han servido de material para un importante conjunto de películas. No cabe duda de que su prosa, ágil, breve y muy dialogada, se ajusta bien al cinematógrafo, espectáculo del que él mismo era muy aficionado. Su primera obra, La sombra del ciprés es alargada, no comparte esas características y, además, sufrió una desconcertante adaptación que hoy es difícil de perdonar:

Miguel Delibes ganó el Premio Nadal con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada (1948), a pesar de que todavía no había encontrado el estilo que le consagraría como una de las plumas más originales de nuestra literatura. Comparado con su carrera posterior, este primer intento es una obra artificiosa y melodramática. Muestra ya su preocupación por los efectos de la educación sobre la personalidad, pero las angustias vitales de su protagonista responden a un desarrollo psicológico muy poco convincente. De niño aprende de su maestro que no debe ambicionar demasiado y que es mejor no conseguir algo que alcanzarlo y luego perderlo. La temprana muerte de su mejor amigo le convencerá de desistir tanto de toda apetencia material como de toda relación afectuosa. Esta filosofía de vida solo se tambaleará cuando, ya adulto, conozca a una mujer.

La novela explica psicológicamente a su protagonista mediante un monólogo interior indirecto que analiza cada pormenor de sus sentimientos y razonamientos, casi hasta la locura. Su adaptación al cine presentaba, por tanto, una gran dificultad. La renuncia de Luis Alcoriza a usar una voice over para materializar las reflexiones del personaje no ayudó a vencer ese obstáculo. Sin ese recurso, y sin otra solución narrativa que lo sustituya, el personaje se hace incomprensible si no se conoce previamente la novela. Es más, el armazón narrativo se resiente por esta falta de consistencia psicológica y por unas desviaciones respecto al original difícilmente perdonables por ser totalmente injustificables según la lógica narrativa de la propia película.

Al igual que la novela, consta de dos partes. La primera narra la infancia en Ávila de Pedro (Iván Fernández), un huérfano dejado a cargo de un profesor (Emilio Gutiérrez Caba) a veces amable, a veces estricto. No está demasiado clara esta figura paterna y educativa, ni su decisiva influencia en el carácter de Pedro, pero al menos esta parte de la película tiene cierta coherencia. La afectuosa relación de Pedro con su amigo Alfredo (Miguel Ángel García), y la pena por el posterior fallecimiento de este último, se comprende y se ajusta a lo narrado por Delibes, pero en ningún momento trasciende al espectador el conflicto interior que atormentará a su protagonista en su vida adulta, núcleo de la segunda parte.

En vez de eso, la elipsis que nos lleva hasta la llegada de Pedro a México —en vez de Estados Unidos— nos transporta también a una película completamente diferente, tanto respecto a la novela como respecto a la primera parte de la película. No percibimos, aunque los diálogos insistan en ello, los tormentos psicológicos que padece Pedro por su resistencia a entablar una relación más estrecha con Jane (Dany Prius). Todo queda reducido aquí a un convencional deslumbramiento amoroso y pasional que le conduce a desear el matrimonio; hasta que descubrimos, incomprensiblemente, que ella no lo desea porque no quiere sacrificar su carrera profesional. Ese toque de feminismo, junto a la presencia de unos exiliados republicanos que rechazan a Pedro porque luchó en el otro bando, son elementos discordantes con la novela que, además, desentonan totalmente con el tema central de la película. Este desconcierto argumental es rematado, tras la muerte de Jane sin que él sepa su rechazo a casarse, con el matrimonio posterior de Pedro con la hija de su antiguo profesor, como si haber perdido a su verdadero amor no le hubiera reafirmado, como sería lógico esperar, en su misantropía. En definitiva, pocas veces una novela ha sido adaptada de modo tan incongruente como esta.

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