Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): Encubridora (1952)

Encubridora

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: Blu-ray.

Valoración: ★★★ (Quizá la vuelva a ver).

Ahí va la crítica:

Encubridora (Rancho Notorious) (Fritz Lang, 1952): Una mujer a punto de casarse es violada y asesinada, y su prometido inicia la búsqueda del criminal para vengar su muerte. Hasta aquí tenemos una premisa mil veces vista que inicialmente parece solo servir a Fritz Lang para ambientar en el Oeste otra de sus historias criminales con su habitual pulso narrativo, esta vez acompañada de una pegadiza canción como hilo conductor. Sin embargo, la llegada al rancho donde Marlene Dietrich regenta una especie de comuna de forajidos lleva la película a un terreno extraño y difícil de definir. Se establece un triángulo amoroso que no es tal en realidad, se suceden las idas y venidas de un modo un tanto precipitado y se asiste a un amor romántico de inevitable aliento trágico; todo ello en una mezcla no del todo bien conseguida debido a un guión algo embrollado. El rodaje en unos decorados bien artificiales y la fotografía en colorines muy saturados dan a la película un aspecto estético inolvidable a la vez que demasiado artificial, bordeando el kitsch. Es un wéstern más desconcertante que fascinante, en mi opinión, y que a pesar de sufrir mutilaciones en su montaje influyó en otros cineastas del género.

Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)

Navegación en la entrada única

6 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): Encubridora (1952)

  1. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Yo sostengo la opinión de que «Encubridora», combinación intrépidamente delirante de melodrama y aventura, es una de las mejores películas de Fritz Lang, aparte de que inaugura propiamente la fase más gloriosa de su etapa norteamericana (los años 50) y da sopas con honda a sus otros dos westerns, «La venganza de Frank James» y «Espíritu de conquista», por ser mucho más que un encarguito alimenticio muy solventemente ejecutado y por erigirse en una de sus creaciones más personales y viscerales, así como más maduras y complejas.

    En ella se dan cita dos de los conceptos languianos más descollantes con respecto a la violencia: la legitimidad de la venganza personal bien fundamentada, y la ilegitimidad de los linchamientos colectivos por una turba histérica. Y todo ello de un modo conciso y sobrio, sin los aspavientos discursivos y simplistas que rebajan intermitentemente la calidad de algunos aspectos de la valiosa «Furia».

    El ideario de «Encubridora» en ese sentido recuerda a una deliciosa escena que tiene lugar casi al principio de la admirable cinta que en 1965 realizó Vincente Minnelli, cuyo título original es «The Sandpiper» (literalmente, «La aguzanieves» o «El ave playera») y que en España fue estrenada en 1970 con el título de «Castillos en la arena» y reestrenada en 1979 con el título de «Sonrisa amarga». Dicha escena consiste en un duelo verbal entre la pintora bohemia Laura Reynolds (interpretada por Elizabeth Taylor), quien es una madre soltera atea y feminista, y un juez cortito de alcances, estrecho de miras, intolerante e intransigente. No en vano sus diálogos fueron escritos por los guionistas Dalton Trumbo y Michael Wilson, unos comunistas que sufrieron encarcelamiento y/o exilio durante la tristemente célebre «caza de brujas» orquestada por el siniestro senador McCarthy: es decir, uno de los ejemplos reales más conspicuos de cómo la Ley y el Estado -sirviéndose de mentiras, omisiones y tergiversaciones- pueden corromper y pervertir, metódica y sistemáticamente, cualquiera de las nociones certeras de la Justicia que alberga la gente corriente verdaderamente honrada… y esto, para mayor recochineo, en el marco de un país que teóricamente sustentaba de la manera más concienzuda los principios democráticos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. A continuación reproduzco de memoria el duelo verbal de marras.

    EL JUEZ: Amiga mía, ¿no le ha enseñado usted a su hijito que existe algo llamado leyes?
    LAURA: Claro que sí. Le he enseñado que hay leyes buenas y leyes malas, y que su deber es obedecer las buenas y desobedecer las malas.
    EL JUEZ: Ya. Y ¿quién va decidir cuáles son buenas y cuáles son malas? ¿Usted?
    LAURA: Mejor yo, desde luego, que los expertos en veletería.
    EL JUEZ: ¿Veletería?
    LAURA: Sí, el arte de orientarse según la dirección de donde sople el viento, como hacen las veletas.

    Rotundamente, «Encubridora» es una de las películas del Oeste más atípicas y originales que pueda nadie ver. Y lo es por su estética barroca y exaltada en lo concerniente al color y a los decorados, aún más que por el habilísimo equilibrio de tópicos y rarezas en medio del cual se mueve el relato trazado por el competente guión del también izquierdista Daniel Taradash. Esta estética, sublimemente alucinatoria, plásticamente bellísima, y digna de todo un Josef von Sternberg que hubiera condescendido a rodar en color, es empleada con una doble finalidad altamente elogiable. Por un lado, expresa de forma estrictamente visual las más sutiles facetas de la psicología y los sentimientos de los personajes, facetas éstas que se encuentran mucho más allá de lo que aparentemente revelan sus gestos y sus frases; por el otro, crea una atmósfera adecuadamente artificiosa e irreal en la que los espectadores, si no son muy tiquismiquis, aceptarán pechar con numerosos elementos extravagantes y fantasiosos que en un entorno realista y naturalista les parecerían inadmisibles. Cine puro, puro cine.

    Aparte de eso, me llamó la atención el hecho de que, durante una de las secuencias más salvajes de «Encubridora», o sea la lucha a muerte en el interior de una barbería, Lang se atreviera a experimentar con un recurso, la cámara en mano, que por aquel entonces era casi inaudito en el contexto del Hollywood clásico, pero que hoy en día se ha normalizado hasta extremos inaguantables. En efecto, más de la mitad de los planos de tal secuencia están filmados con esta técnica; pero aquí, excepcionalmente, ello encaja bien, y además resulta casi imperceptible a causa de la frenética intensidad de la situación.

    SPOILERS. Confirmo que, según las fuentes por mí consultadas, «Encubridora» es, de entre la filmografía de Lang, una de las películas más recortadas en la sala de montaje por su compañía productora. Al parecer, la duración de la versión presentada inicialmente por su autor se aproximaba a las dos horas y cuarto; en tanto que actualmente podemos verla sólo en una versión de una hora y media. Sin embargo, hay que admitir que el resultado dista mucho de ser un caos ininteligible y que se sigue con absoluta claridad y nitidez argumentales. Con una única excepción. He visto «Encubridora» tres veces: dos en cine y una en blu-ray, siempre con entusiasmo y apasionamiento. Pero jamás he entendido del todo su final. Todavía hoy ignoro si ello se debe a deficiencias intelectuales mías, o a que Lang quiso dejarlo deliberadamente ambiguo, o a que el metraje eliminado contenía datos cruciales que habrían disipado toda imprecisión. Los personajes encarnados por Arthur Kennedy y Mel Ferrer se alejan en el horizonte, y la preciosa canción que constituye el «leitmotiv» de la banda sonora nos cuenta que al poco tiempo resultaron muertos. Mi duda es ésta: ¿se mataron entre sí en un enfrentamiento armado debido a su pasada rivalidad por los favores del personaje encarnado por Marlene Dietrich?, ¿o cayeron víctimas de la persecución de la partida de alguaciles que fue enviada en su búsqueda? Si alguien estuviera en condiciones de iluminarme al respecto, yo se lo agradecería infinitamente.

  2. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Gracias. Observo que tú tampoco las tienes todas contigo acerca del desenlace de «Encubridora».

    Ahora quiero volver un momento sobre la antítesis entre la justicia oficial y la justicia personal, una cuestión que aún nos ocupará no poco durante el resto de este maravilloso ciclo de Fritz Lang, en especial cuando lleguemos a «Los sobornados» y «Más allá de la duda». A estas alturas no creo que a nadie se le haya escapado (a pesar de lo que pudiera deducirse de una visión presurosa, parcial y sesgada de «M» y «Furia») la profunda desconfianza que le inspira a Lang el sistema legal de cualquier lugar y tiempo, cuyo buen funcionamiento depende siempre de un grupito de legisladores, jueces, abogados y testigos, entre los cuales nunca faltan los ineptos y los rastreros, y que aun en el mejor de los casos son seres humanos tan falibles como el que más.

    No obstante, Lang tenía una mente demasiado honesta y lúcida como para no entender adecuadamente -y como para no hacérnoslo ver francamente- que los justicieros solitarios con nobles ideales no son la panacea universal. Estos violentos idealistas, por muy comprensibles y admirables que puedan resultarnos en su cruzada individual contra la peor gentuza, fracasan muchas veces en el intento, logrando sólo añadir dolor al dolor y caos al caos. Y, cuando triunfan, sus victorias suelen ser pírricas, debido a las trágicas pérdidas de toda clase que ha habido que arrostrar y a la constatación de que únicamente se ha solucionado un episodio mínimo en la historia de la Humanidad… y de que el perpetuo ciclo de la lucha entre el bien y el mal se reiniciará enseguida, repitiéndose incesantemente. En la visión languiana del mundo jamás hay soluciones fáciles ni definitivas, y hasta es posible que no haya solución alguna que sea aceptablemente satisfactoria: todos -quién más, quién menos- vivimos en un valle de lágrimas que a lo sumo nos ofrecerá pequeños remansos de felicidad muy precarios y efímeros.

    Aun así me parecen muy necesarias las lecciones de moral relativista de Lang. Hace poco, en una de las cartas a la directora publicadas en la sección de Opinión del diario El País, un lector comentaba que en cierta serie televisiva -no recuerdo cuál- aparecía el personaje de un robot que, ante la pregunta: «¿Qué es justo?», respondía invariablemente como una cacatúa: «Justo es lo que cumple las leyes en vigor.» Aquel lector apostillaba con sana guasa: «Menos mal que al final el robot espabila y se vuelve más humano.» Eso mismo constituye uno de los buenos efectos del arte fabulador de Fritz Lang sobre nosotros los espectadores: nos ayuda a espabilar y a volvernos más humanos, si es que no tenemos el corazón más duro que la quijada de Caín.

    Una antigua colaboradora de Lang declaró en una entrevista que la personalidad de éste irritaba mucho a mucha gente por muchos motivos, y que uno de ellos consistía en que era no sólo un sabelotodo, sino además un sabelotodo que casi siempre tenía razón.

    Y no omitiré hablar de la sorpresa que me causó nuestro querido bloguero, hombre por demás juicioso y sensato, cuando escribió: «El rodaje en unos decorados bien artificiales y la fotografía en colorines muy saturados dan a la película un aspecto estético inolvidable a la vez que demasiado artificial, bordeando el ‘kitsch’.» Eso es en realidad un elogio envenenado a «Encubridora», cuando no una cruel descalificación. Injustos reproches castradores muy similares se le hacían en su época a Vincente Minnelli (un cineasta que, pese a las diferencias superficiales, guarda muchas semejanzas profundas con Fritz Lang) por su relevante y exquisito, amén de nada superfluo, uso personalísimo del color, la escenografía y el vestuario; pero yo creía que ya habíamos dejado atrás esa etapa de la crítica cinematográfica. Se conoce que no; hay cosas que vuelven una y otra vez, como las oscuras golondrinas de que hablaba Gustavo Adolfo Bécquer.

    • Es difícil no estar de acuerdo con la visión del mundo que tiene Fritz Lang, y que la realidad se encarga de confirmar cada día.
      En cuanto a calificar de cercano al kitsch la estética de «Encubridora», es mi visión personal, no de ningún tipo de crítica. Es una película que bordea el mal gusto, pero nunca cae del todo en él, afortunadamente.

  3. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Lo que yo creo no es que «Encubridora» nunca caiga del todo en el mal gusto, sino que nunca cae en él en manera alguna. Pero estás absolutamente en lo cierto, Rafa, al argüir que eso es tu visión personal: ni peor ni mejor que la mía.

    Fritz Lang era un adepto de encarar riesgos artísticos extremados, pero de los valiosos y genuinos, no de pega y de relumbrón. Sin embargo, no todo el mundo se percataba siempre de ello, ya que sus soluciones habitualmente le salían tan bien que parecían casi obvias y conseguidas sin esfuerzo.

    John Houseman, uno de los mejores productores que ha tenido Hollywood, por más que en su trayectoria no falten reprochables interferencias sobre la labor de algunos de los grandes directores que trabajaron para él, contaba que supervisó la redacción del guión de «Moonfleet», a cargo de Margaret Fitts y Jan Lustig, procurando que en él estuvieran incluidos todos los tópicos de la novela victoriana de aventuras; y que entre los tres obtuvieron un resultado muy bueno pero muy peligroso, en la medida en que caminaba siempre por esa delgadísima línea que separa lo sublime de lo ridículo. Así, pues, Houseman se propuso buscar a un director eminentemente experto en realizar filmes sentimentales pero no sensibleros, y con su buen olfato concluyó que Lang era el hombre que podía sacarlo de apuros.

    Ya que hablamos de guionistas, Daniel Taradash, el de «Encubridora», escribió dos películas que yo adoro y que no creo que nadie en sus cabales pueda detestar: «Pícnic» de Joshua Logan y «Me enamoré de una bruja» de Richard Quine, así como otras dos que, si bien no las he visto todavía, presentan un posible gran interés, dada la sugestiva personalidad artística de sus respectivos directores: «Sueño dorado» de Rouben Mamoulian y «Llamad a cualquier puerta» de Nicholas Ray.

    Quienes hayan seguido con alguna asiduidad mis ingentes aportaciones a este blog no habrán dejado de notar mis esfuerzos por centrar la atención de los lectores en aquellos colaboradores cinematográficos en cuya presencia no suele reparar nadie que no esté muy especializado. De hecho me saca de quicio la circunstancia de que, en mis conversaciones sobre cine con casi cualquier persona, mis interlocutores apenas saben hablarme de otra cosa que de los actores y parecen atribuirles a éstos todo el mérito de cada película comentada.

    Recuerdo haber visto en televisión una mesa redonda en que los diversos aspectos de la creación cinematográfica eran analizados conjuntamente por varios profesionales del sector. En un determinado momento, el productor Elías Querejeta hizo una referencia un tanto desdeñosa a la presunta relevancia fundamental de los actores, señalando que son esenciales en el teatro pero bastante menos en el cine. Entonces, una veterana actriz allí presente, muy entrada en años y de cuyo nombre no puedo ni quiero acordarme, dio un espectáculo bochornoso, poniéndose a sollozar y preguntando lastimeramente: «Sr. Querejeta, ¿cómo puede usted decir eso, cuando todos saben que los actores somos lo más importante de una película?» El Sr. Querejeta no se dejó intimidar por aquel chantaje emocional y rebatió con mucho aplomo a la buena señora, explicándole que, desde su curtido y experimentado punto de vista, el auténtico orden de importancia para la calidad de un filme era: en primer lugar, el director; en segundo lugar, el guionista; y, en tercer lugar, el fotógrafo, el músico, el montador, el escenógrafo, el figurinista, el encargado de efectos especiales y los actores… todos ellos al mismo nivel en teoría, aunque con gradaciones un poco mayores o menores en la práctica.

    Muy bien dicho, Elías.

    Además, curiosamente, hay poquísimos espectadores normales que sean conscientes de que la cámara es un extraño aparato que aumenta un ojo hasta el tamaño de un elefante. En un escenario teatral es preciso alzar bastante la voz y gesticular mucho para que incluso los espectadores de la última fila perciban las labores interpretativas. En el cine, por contra, cabe hablar en susurros y levantar levemente una ceja para expresar todo un universo de matices. Pero la mayoría del público de los medios audiovisuales exhibe una grotesca tendencia a alabar a esos actores repletos de tics teatrales que, para colmo, no se cansan de restregarnos por las narices que creen ser unos intérpretes sublimes y merecedores de todos los premios habidos y por haber, desde el Festival de Cannes hasta la Gala de los Óscars. En cambio, los actores puramente cinematográficos, quienes en su modestia artística intentan encubrir sus métodos y aparecer «tan naturales como el respirar», o sea sobrios, concisos y económicos, suelen ser menospreciados y vilipendiados durante la mayor parte de sus carreras y aun algún tiempo después de su muerte. En fin.

    Hoy voy a dar otra vuelta de tuerca a «la Ley y la Justicia en el cine de Fritz Lang». No cesa de provocarme rumiaciones mentales. Buena señal.

    La policía es vista por nuestro director con algo de recelo: en su cine se reconoce su valiosísima misión de proteger de enormes peligros a la ciudadanía, pero se plasman las tendencias más brutales a las que está expuesta a dar libre curso en su tarea, sobre todo en los regímenes totalitarios, claro está, aunque también en los democráticos. Lang aduce en sus narraciones, generalmente no con discursos explícitos sino con recursos visuales, la siguiente explicación. Puesto que para ese oficio se necesita antes energía física que sutileza intelectual, puede esperarse de los agentes una conducta más irracional que racional en las situaciones de excepcional tensión. Y, puesto que muchos de los integrantes de las fuerzas del orden público provienen de entornos humildes donde impera la violencia en los ámbitos familiar y social, es de temer que se extralimiten en el desempeño de sus funciones, por aquello de que no hay peor verdugo que el que antes fue víctima.

    Y, en cuanto a los legisladores, jueces y abogados, Lang detecta en ellos dos graves inconvenientes -de los cuales están exentos los justicieros idealistas- que hay que añadir a todos los que ya hemos examinado en este blog a lo largo de su filmografía: la pérdida de unos posibles ideales de ejercer honradamente su profesión, al comprobar el abismo que media entre la teoría y la práctica; y la rutina, la apatía y la indiferencia que se apoderan de ellos, por cansancio ante un maremágnum burocrático. Ello queda reflejado en estos hermosos versos ya clásicos de León Felipe dentro de su poema «Romero sólo»:

    «Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo
    ni el tablado de la farsa ni la losa de los templos,
    para que nunca recemos
    como el sacristán los rezos,
    ni como el cómico viejo
    digamos los versos.
    La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
    decía el príncipe Hamlet, viendo
    cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
    un sepulturero.
    No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
    Para enterrar a los muertos
    como debemos,
    cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.
    Un día todos sabemos
    hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
    la hizo Sancho el escudero
    y el villano Pedro Crespo.»

Replica a Raul Marco Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.