Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): The Warriors (1979)

Warriors

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: DVD.

Valoración: ★ (Espero no volver a verla).

Ahí va la crítica:

The Warriors: Los amos de la noche (The Warriors) (Walter Hill, 1979): Un líder que pretende unir a todas las bandas callejeras de Nueva York es asesinado. Una de las bandas es acusada en falso y sus miembros deben huir por las calles y el metro de la ciudad, esquivando o luchando con las otras bandas, para intentar llegar a su barrio. Nada parece real excepto los escenarios de la ciudad que sirven de fondo a la acción como si de un videojuego se tratara, pues apenas se puede hablar de personajes –ni de interpretaciones–, sino de simples autómatas disfrazados de las formas más extravagantes. No hay ni rastro de conflictos raciales o sociales entre las bandas, lo que ya es pura fantasía, porque todo parece exclusivamente pensado para ofrecer unos cuantos momentos fuertes que hoy parecen patéticos, algo de violencia regularmente coreografiada y música estridente que a algunos les producirá cierta nostalgia de su juventud, ingrediente imprescindible para que hoy sea una película de culto. Para los que no tenemos esa debilidad nos encontramos con una película ridícula que afortunadamente apenas dura noventa minutos. Porque no hay nada más ridículo que ir de duros y en realidad parecer homosexuales que no se han atrevido a salir del armario.

Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)

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7 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): The Warriors (1979)

  1. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Yo le tengo cierta simpatía a Walter Hill. Los motivos son los siguientes. Fue el guionista de dos buenas cintas de acción y aventuras: «La huida» de Sam Peckinpah y «El hombre de Mackintosh» de John Huston. Supervisó la producción y los guiones de las que hasta ahora son oficialmente las seis entregas de la saga de «Alien», que es una saga bendecida por los dioses porque TODAS sus entregas están bastante logradas. Y dirigió al menos tres películas estupendas: «El luchador», «Driver» y «Cruce de caminos».

    Del resto de su filmografía como director, yo he visto una mediocre serie televisiva y diez películas que, ay, no son igual de recomendables que las mencionadas en el primer párrafo. Por desgracia suelen caracterizarse, en mayor o menor grado, por ofrecer unos personajes protagonistas que son supermachos prepotentes, graciosetes confianzudos, o ambas cosas a la vez; por estar rodadas con una fastidiosa sobreabundancia de planos cortos unidos en un montaje pseudofrenético y de imágenes relamidas filmadas con un extremado teleobjetivo; y por presentar una narrativa que recuerda alternativamente a un cómic y a un videoclip.

    Opino, sin embargo, que «The Warriors» no carece totalmente de interés. Es cierto que el calificativo de «película de culto» invita a salir corriendo, ya que las más de las veces significa en realidad «película de inculto». Pero «The Warriors» es una obra honesta que no engaña a nadie y que cumple tolerablemente sus humildes promesas. Es una historia muy simple de buenos y malos, donde el único dilema es matar o morir mientras se cruza un espacio físico hostil y depurado casi hasta la abstracción, siguiendo el modelo de la «Anábasis» de Jenofonte.

    Al menos no es uno de esos filmes de género que para encubrir su banalidad se adornan de un exasperante filosofeo barato, al estilo de los productos de Christopher Nolan o de los hermanos Larry y Andy -perdón, las hermanas Lana y Lilly, pues ambos han cambiado de sexo- Wachowski. Estos productos van destinados a un público «con inquietudes» que sólo puede permitirse caer en la tentación de ver un gran espectáculo de efectos especiales, tiros, explosiones y mamporros, sin sentir remordimientos de conciencia, en caso de que venga revestido de un aire de (falsa) importancia, y así le dé pretexto, al comentarlo más tarde, para hacer alardes de erudición en materia de psicología, sociología, mitología y hasta ciencias naturales. Mayor hipocresía artística, imposible. Aquí no andamos muy lejos de lo que sucedía cuando muchos iban a ver «El último tango en París» o «Saló», disimulando bajo el disfraz de un interés en presuntos análisis de la decadencia de Occidente lo que no era más que una sed de emociones fuertes de carácter sexual relacionadas con los instintos primarios.

    No quiero olvidarme de «The Warriors» sin hacer una observación final. Para mí es una cinta aceptable -aun cuando no avive profundamente la inteligencia o la sensibilidad de sus espectadores- que se deja ver a condición de que no se le planteen grandes exigencias. Algunos pensarán quizá que soy demasiado benigno con ella; pero lo cierto es que «The Warriors» no llegó nunca a aburrirme ni a irritarme, cosa que no puedo decir de otros filmes de bastante más prestigio… como por ejemplo «El ministerio del miedo».

  2. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    He observado que acabas de publicar una reseña de «Rebeldes», seguramente muy justa. Dado que yo no la he visto ni me apetece verla, no tengo nada que decir de ella. Ya sufrí en mi juventud cuatro películas de ese grandilocuente pelmazo que atiende por el nombre de Francis Ford Coppola, y me prometí no volver nunca a pasar por el mismo calvario. Soy hombre que suele cumplir sus promesas.

    Ahora bien, el motivo que te ha incitado a ver seguidas «The Warriors» y «Rebeldes» parece haber sido, según confesión propia, el hecho de que se trata de «películas de culto», y en consecuencia añadiré otra breve meditación mía acerca de este concepto general. Que algo sea un objeto de culto tiene un inquietante matiz religioso de abyecta sumisión y fe ciega no respaldadas por ningún dato objetivo fiable; así no es de extrañar que, bajo tal etiqueta, por cada maravilla como «Johnny Guitar» o «La noche del cazador» (o, para ponernos más modernos, «Blade Runner» o «Sexo, mentiras y cintas de vídeo»), existan un millón de engendros como «La matanza de Texas» o «La vida de Brian» (o, para ponernos más antiguos, «El mago de Oz» o «Planeta prohibido»).

    • La películas de culto más amplio y justificado de la historia del cine son «El Padrino» y «El padrino II», de esta Coppola del que hablamos, pero nunca pudo igualar su proeza.

  3. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Voy a hacer constar, definitiva aunque rocambolescamente, mi parecer sobre Francis Ford Coppola.

    El británico Robin Wood (1931-2009) es uno de los poquísimos críticos que han ejercido una significativa y perdurable influencia en mi modo de ver cine. Como reza el dicho popular, podría contarlos con los dedos de las manos y me sobrarían dedos. Importándole un bledo entrar en conflicto con cualquier opinión mayoritaria, él era alguien que pensaba por sí mismo y no se limitaba a repetir y recocinar lo dicho por otros; lo cual es ya de por sí una excelente carta de presentación y de recomendación. Además tenía un estilo de redactar tan elegante como cristalino, poseía una amplia cultura de todas las bellas artes y no únicamente del cine, vivía una vida intensa y recorría numerosos países, reverenciaba la inteligencia y la belleza, aborrecía todo aquello que no albergara madurez y complejidad, era un profundo humanista, y su perspicacia y su sensibilidad eran comparables a su ocasional sentido del humor sutilmente irónico. Discípulo no servil de Marx y Freud, aplicó muy originalmente las enseñanzas de éstos al gran cine clásico de Hollywood, no para denostarlo y desacreditarlo, sino para hallarle inesperadas riquezas de sentido que muchos ni siquiera sospechaban. ¿Qué más se puede pedir?

    Para mí, fílmicamente hablando, lo único lamentable suyo (aparte de unos cuantos puntos ciegos en su ojo crítico como los que tenemos todos los humanos) es que en las últimas etapas de su vida, tras «salir del armario» reconociendo públicamente su homosexualidad, se embarcó en una cruzada político-social -de exacerbados tintes ultraizquierdistas y ultrafeministas- que empañó y enturbió un tanto esa rara virtud que era su lucidez y ecuanimidad a la hora de ver las películas en sí mismas y de juzgarlas con criterios estrictamente cinematográficos. Así perdió como espectador una parte de sus capacidades para, primero, reaccionar sincera y espontáneamente y, luego, analizar rigurosa y exigentemente. Nadie es perfecto. Pero, incluso cuando me parecía que se equivocaba, yo siempre lo vi capaz de hacer observaciones apasionantes y esclarecedoras.

    Es una lástima que todavía sean escasos sus libros y sus artículos en periódicos y revistas que han sido traducidos al idioma español. En 1986 publicó un volumen, tan fascinante como controvertido, titulado «Hollywood from Vietnam to Reagan», que repasa el cine norteamericano desde finales de los años 60 hasta principios de los años 80 del siglo XX; aún está inédito -¿cómo no?- en estos lares. Al inicio del capítulo I escribió lo siguiente:

    «Si bien no he tratado de hacer una cobertura total, soy consciente de algunas llamativas omisiones mías. Entre los cineastas individuales, la más patente es la de Francis Ford Coppola. Debo admitir que considero muy difícil establecer cualquier tipo de relación valiosa con la obra de Coppola. A nivel de intenciones y ambiciones, obviamente destaca dentro de esta época, y sin embargo opino que la inmensa mayoría de sus películas (las dos entregas de ‘El padrino’ son excepciones parciales, pero sólo parciales) se componen de una desalentadora mezcla, en cantidades más o menos iguales, de lo pretencioso y lo trivial. Un capítulo dedicado a Coppola resultaría aproximadamente similar a mi ensayo sobre Altman, abordando parecidas cuestiones: la arrogante altanería de un sedicente ‘autor’, el deseo de producir un equivalente al ‘arte’ europeo en un ámbito tan ajeno como lo es la industria hollywoodiense, el abismo que media entre propósitos y resultados, la impresión de que el interés de sus filmes es primordialmente teórico, ejemplificando ciertos problemas de ‘el artista’ en el actual Hollywood.»

    Como puede advertirse con facilidad, este clarividente párrafo no tiene desperdicio. A mí me hizo sentirme mucho menos solitario en el mundo. Lo leí por primera vez allá por el año 2013, y me trajo a la memoria todas las sensaciones que yo había experimentado antiguamente al ver esos ramplones ejercicios de egocéntrica inexpresividad llamados «La conversación», «Apocalypse Now» (en ambas versiones: la más corta y la más larga), «Corazonada» y «La ley de la calle».

    Al final, tarde o temprano, la verdad siempre acaba por abrirse camino.

    • La única verdadero en este punto es tu terquedad en no querer ver Los padrinos. Ten en cuenta que si la vieras y no te gustaran, sería muy interesante que nos iluminaras y nos quitaras las vendas de los ojos a todos, sería un acto de justicia inmenso conseguir que nos enmendaramos de nuestro error.

  4. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Ni hablar. A mi edad ya no tengo ninguna vocación de redentor o salvador de los pecadores descarriados, en especial si no voy a recibir ninguna recompensa, pecuniaria o espiritual, por ello. Allá se las componga cada uno. Si alguien no es capaz de entender ciertas cosas por sí mismo, yo no me siento capaz de explicárselas. Como decía un personaje del maravilloso escritor Robert Louis Stevenson, dejo que mi hermano se vaya al Infierno por el camino que más le guste.

    Puesto que cada vez me hago más viejo -y, por consiguiente, cada vez me queda menos tiempo de vida-, no me da la gana de dedicar unas diez horas, que jamás recuperaré, a ver la «apadrinada» trilogía… con la agravante de que aún no he visto todas las películas de Minnelli, Wilder, Huston, Hawks y Hitchcock, y podría emplear ese tiempo en intentar localizarlas y saborearlas. Estos directores sí que son buena compañía, incluso cuando meten la pata hasta el fondo, lo cual no les ocurre con excesiva frecuencia.

    Yo no soy un crítico profesional, ni tan siquiera aficionado. (Si publico gratis mis elucubraciones en este blog es sólo por el inofensivo placer de pasar algunos ratos divertidos con un buen amigo.) Lo que soy es un cinéfilo de a pie que aspira a ver exclusivamente, en la medida de lo posible, películas entretenidas, inteligentes y conmovedoras, como ya llevo dicho un millar de veces. Cuando tengo la fuerte sospecha de que un filme -dadas mis experiencias anteriores con sus responsables y las opiniones de aquellos analistas que considero dignos de confianza- no va a satisfacerme notablemente al respecto, me abstengo de verlo, a menos que se trate de una obra fallida de un gran maestro y yo sienta curiosidad por conocerla al ser un «completista» suyo.

    Si Robin Wood hubiera escrito que las entregas de «El padrino» son una excepción TOTAL dentro de la obra de Coppola, yo quizá me habría animado a darles una oportunidad. Tal como están las cosas, nanay. Los cielos no se vendrán abajo por lo que yo haga o deje de hacer, los riesgos de una frustrante decepción mía son muy elevados en este caso, y mi vena masoquista está ya casi extinguida a estas alturas; veo tan absurdo sufrir por amor al arte como sufrir por amor a Dios, la patria y el rey.

    Y ahora, ya que todavía permanecemos en el ámbito de una reseña de «The Warriors», aun cuando nos hayamos desviado abundantemente del punto de partida, voy a formular una idea que el otro día concebí casi por azar. Una cualidad -modesta, pero cualidad al fin y al cabo- de la cinta de Walter Hill es su ausencia de ampulosidad y rimbombancia. Me explicaré. Yo opino que su valía es equivalente a la de «La invasión de los ladrones de cuerpos» de Don Siegel, pues ambas son simpáticas pero limitadas narraciones de fantasía y suspense. De todas formas, si me pusieran una pistola en la sien para que renunciara a una de las dos en favor de la otra, optaría sin dudarlo por «The Warriors». Lo que en esta ocasión concreta me hace inclinarme por Hill y no por Siegel es que, afortunadamente, aquél no se aplica a cultivar símbolos ni alegorías, que son elementos que, salvo contadas excepciones, me producen urticaria (no hay que confundirlos con las metáforas, con las cuales tienen poco en común a pesar de las apariencias, y que me agradan cuando son buenas). Rafa, tú que tienes reciente la visión de «Espíritu de conquista» entenderás muy bien este comentario guasón de los cinéfilos norteamericanos más epicúreos: «El que quiera transmitir un mensaje, que se vaya a la Western Union.»

    En efecto, una de las sucias tretas que más me indignan en un director sin muchas dotes puramente cinematográficas es ésa de intentar recubrir sus cojitrancas ficciones con una pátina de trascendencia. Ello es, lisa y llanamente, una estafa y un fraude. Así busca que los espectadores más acomplejadamente incautos, sintiéndose apabullados por la presencia de un Gran Tema, sobrevaloren sus creaciones al ser víctimas de un chantaje emocional que, traducido en palabras, consistiría en esto: «Si no os gusta mi película es que sois unos egoístas insensibles, unos zoquetes incultos y unos ciudadanos insolidarios… o, alternativamente, unos fascistas, unos racistas y unos machistas.» Ya deberíamos ser todos lo bastante mayorcitos para no caer en una trampa tan burda.

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