Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): You and Me (1938)

Youandme

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: DVD.

Valoración: ★★★★ (Seguro que volveré a verla).

Ahí va la crítica:

You and Me (Fritz Lang, 1938): Tras dos películas tan sombrías como Furia (1936) y Sólo se vive una vez (1937), Fritz Lang nos ofrece una variante de la segunda en clave de comedia. El protagonista de nuevo es un delincuente que quiere reformarse, casarse y formar una familia, y podría conseguirlo gracias a un empresario benefactor que emplea en sus grandes almacenes a ex convictos en libertad vigilada. Los prejuicios siguen presentes en la sociedad, pero esta vez hay esperanza, como corresponde a una película que sabe mezclar el cine negro y el drama social con la comedia, incluso introduciendo apuntes musicales. Es una arriesgada combinación que funciona bastante bien desde la buena química de Sylvia Sidney, en su tercera colaboración con el director, y George Raft, célebre ya entonces por sus papeles de gánster. No es muy convincente el discurso didáctico que la chica elabora para convencer a los criminales de que vuelvan al redil, pero es tan delirante la situación que se perdona en el contexto de una película que consigue ser divertida pese a exponer las mentiras y las traiciones de que son capaces los susodichos gracias al poder corrosivo del dinero. Película injustamente olvidada en la filmografía del director.

Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)

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3 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): You and Me (1938)

  1. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Hasta ahora no había visto yo esta película, pero lo he logrado por fin; así que hoy dejaré constancia de mi opinión en este blog, aunque sea con cierto retraso. Más vale tarde que nunca.

    En principio no creo que nadie hubiera dicho que Fritz Lang fuese el cineasta más idóneo para dirigir una dulce comedia romántica; y la verdad es que, aun cuando no sale malparado del empeño, tampoco acaba de triunfar del todo. Reconozco que la mitad del metraje me pareció imprevistamente deliciosa y encantadora… pero la otra mitad la encontré molestamente tontorrona y bobalicona (amén de indigna de un director ocasionalmente tan capaz de una insólita dureza), por no hablar de lo subrayado que está su tono moralizante y ejemplarizante.

    Mención aparte merecen sus dos números musicales.

    El primero está perfectamente integrado en la historia, toda vez que lo constituye una canción que entona una animadora en una sala de fiestas a la que asiste la pareja protagonista, reflejando y decantando de una forma muy bella los ocultos sentimientos que sus dos miembros experimentan el uno por el otro.

    El segundo está deplorablemente fuera de lugar. Se trata de un coro improvisado por una banda de delincuentes añorando con nostalgia los buenos viejos tiempos (?) de su permanencia en la cárcel. Yo afirmaría que Lang pretendió aquí introducir una «pausa distanciadora» al estilo de las practicadas por su admirado dramaturgo Bertolt Brecht. Pero, ya fuera sincera o irónica su intencionalidad, le sale el tiro por la culata. Para decirlo vulgarmente, no pega ni con cola: chirría espantosamente en el contexto donde ha sido insertado, y su realización cinematográfica es tosca y burda a conciencia. Mientras yo estaba viéndolo no dejé de decirme interiormente: «¡Por favor, que venga Minnelli a poner orden, o desorden si se tercia, porque, sintiéndolo mucho, las musas no te han llamado a ti, Fritz, por este camino!»

    Por lo demás, me asombra que nuestro querido bloguero, tan aficionado a hacer hincapié en la verosimilitud o inverosimilitud de las ficciones como criterio para enjuiciarlas, no haya puesto el grito en el cielo ante lo increíble del concepto de un gran empresario que tiene a la quinta parte de su plantilla compuesta por 500 expresidiarios a los que quiere dar la oportunidad de reinsertarse en la sociedad de ciudadanos respetuosos de la Ley, y que encima les perdona bonachonamente a media docena de ellos la ingratitud de su tentativa de desvalijar sus instalaciones con nocturnidad y alevosía. A mí no me importa todo esto, dado que salta a la vista que es una fábula de tintes irreales, pero más de una vez le he reprochado amistosamente a nuestro querido bloguero su escandalosa parcialidad e incongruencia al no aplicar con equidad sus estrictos raseros.

    Resumiendo, la juzgo una película irregular y semifallida… pero exóticamente interesante y singularmente curiosa, pues su idea es muy novedosa y original, y no pocos de sus momentos son magistrales e inolvidables. De hecho la juzgo superior a algunos antipáticos tostones languianos que nuestro querido bloguero ha ensalzado calurosamente, como «Metrópolis» y «M», aunque inferior a algunos estimables aciertos languianos que han sido denostados severamente por él, como «El doctor Mabuse», «Los espías», «Espíritu de conquista», «Clandestino y caballero», «Secreto tras la puerta» y «La casa del río».

    Ah, y para mí lo más divertido de la función fueron estas frases de diálogo -en medio de una arenga que recuerda a un sermón dominical- a cargo del personaje encarnado por Sylvia Sidney: «El criminal nunca gana. Desde luego no lo hacen unos rateros de poca monta como vosotros. Sólo los políticos.»

    • Creo que no comprendes mi concepto de la verosimilitud. Una situación inverosímil puede resultar verosímil si está rodada de la manera adecuada. Son la puesta en escena, los diálogos y la interpretación de los actores los que hacen que algo que de partida era inverosímil nos lo podamos creer. Cuando el hermano decide ayudar al protagonista de «House by the River» no me lo creo por lo malo que es el diálogo y la interpretación. En cambio, aquí sí me creo a este empresario benévolo a pesar de que sabemos que en la realidad sería muy improbable, para lo que contribuye también el tono de fábula, como bien dices.

  2. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Mi más humildes y sinceras disculpas por la inepta tergiversación a que he sometido largamente tu concepto de la verosimilitud. Tal como lo has expresado ahora, resulta incontestable e irreprochable. No puedo menos que otorgarte toda la razón, o casi. Yo sólo introduciría el matiz de que, más que verosimilitud, el nombre ajustado para este aspecto de las ficciones sería credibilidad. Una vez que nos hayamos puesto de acuerdo en esto último, yo diría que concordamos más de lo que parecía. Aun así, yo les doy mucha más patente de corso que tú a las «incredibilidades» -por favor, corrígeme de nuevo si me equivoco- siempre que faciliten buenos efectos, cómicos o dramáticos, temáticos o estilísticos, anímicos o atmosféricos, que sin ellas no serían factibles; en cuyo caso prefiero hablar de «licencias poéticas». Además, la mayoría de las veces, en el fondo, eso de si una situación o un personaje son creíbles o increíbles es una pura cuestión subjetiva de apreciación personal, ya que acerca de la calidad de los factores de los cuales depende (la puesta en escena, los diálogos y la interpretación de los actores, según tu certero compendio) no existió, existe ni existirá nunca una regla rígida, dogmática e inflexible que todos estemos obligados a acatar.

    De paso aprovecharé esta segunda entrega de mis meditaciones sobre el extravagantemente simpático «Tú y yo» de Fritz Lang para rectificar una sentencia mía. Antes escribí que la mitad de su metraje me pareció deliciosa y encantadora pero la otra mitad la encontré tontorrona y bobalicona. La proporción no estuvo bien fijada por mi parte. Como juzgo que la película se merece una puntuación de 6,5 en una escala del 0 al 10, lo adecuado es establecer que dos tercios del metraje me parecieron deliciosos y encantadores pero el tercio restante lo encontré tontorrón y bobalicón. Ea, ya me he descargado de lo que pesaba en mi conciencia. De esta manera podré volver a dormir el sueño de los justos, cinematográficamente hablando.

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