Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en 200 palabras (o casi): Los nibelungos (1924)

Nibelungos

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.

Formato de proyección: DVD.

Valoración: ★★★ (Quizá la vuelva a ver).

Ahí va la crítica:

Los nibelungos (Die Nibelungen) (Fritz Lang, 1924): Igual que sucediera con El Doctor Mabuse (1922), abordamos de forma unitaria esta película aunque fuera estrenada en dos partes: La muerte de Sifgrido y La venganza de Krimilda. En este punto de su carrera Fritz Lang cuenta con todos los medios necesarios para sus proyectos, por muy ambiciosos que estos fueran, como es el caso de esta adaptación del Cantar de los Nibelungos, una epopeya fundamental del nacionalismo alemán que aquí tomó forma cinematográfica de la manera más espectacular posible. Su primera parte, la más dinámica y sorprendente, es en realidad un relato mitológico en el que lo sobrenatural es posible –el héroe invencible incluso puede hacerse invisible– y Lang consigue que sus arquetípicos personajes tengan cierta fuerza psicológica. Pero es en el terreno de la composición de los planos, auténticas obras de arte en sí mismas, con sus monumentales decorados, lo que la convierte en inolvidable. Desafortunadamente, la segunda parte pierde bastante fuerza. De la fantasía mitológica pasamos a la tragedia shakespeariana a cuenta de una venganza que acaba sirviendo de vehículo a un discurso algo estomagante sobre la lealtad como principal virtud germana. También menos inspirada en sus composiciones e interpretaciones, acaba desluciendo el conjunto.

Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)

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3 pensamientos en “Crítica en 200 palabras (o casi): Los nibelungos (1924)

  1. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Igual que sucediera con «El Dr. Mabuse», hago constar que yo vi las dos partes de «Los nibelungos» en dos días consecutivos en la Filmoteca, pero aquí también puedo comentarlas en bloque como si fueran un todo único.

    En esta ocasión concuerdo esencialmente con la valoración efectuada por nuestro querido bloguero, pero me siento obligado a hacer algunas precisiones. Tengo ya un poco lejana mi única visión hasta ahora de esta película (que es el equivalente en cine mudo a las superproducciones más o menos históricas y de larga duración que cíclicamente han ido poniéndose de moda en décadas posteriores), aunque creo recordar claramente que me pareció buena pero desigual. Sólo que para mí el problema no era que la segunda parte resultase inferior a la primera, sino que ambas alternaban unos elementos fascinantes y arrebatadores con otros discursivos y cansinos, o el intimismo poético con la rimbombancia litúrgica… si bien, a mi entender, la balanza acababa decantándose más hacia el lado positivo que hacia el lado negativo.

    Acierta nuestro querido bloguero al elogiar la composición de los planos, habida cuenta de que estamos ante una obra de uno de los mayores estilistas de la Historia del Cine. Pese a ello habría que matizar que la filmografía de Fritz Lang es paradójicamente muy discreta y sutil en ese sentido, porque nunca o casi nunca incurrió en las pirotecnias visuales efectistas, de intención deslumbradora, típicas de, por ejemplo, las peores películas de Kubrick (o de los peores fragmentos de las mejores películas de Kubrick, las cuales, por lo demás, no son tan sumamente buenas como proclaman a gritos sus más obnubilados «fans»). Lang siempre buscó que sus ángulos de cámara fueran interesantes y sugestivos; no obstante, siempre buscó asimismo que no fueran rebuscados en absoluto, para evitar que el público comenzara a preguntarse cómo había sido posible obtenerlos y a maravillarse ante el alarde técnico involucrado. Él era consciente de que, en el preciso instante en que ocurriera esto último, el director habría malogrado la emoción y perdido a los espectadores, quienes ya no prestarían apenas atención a la historia, el drama, los personajes, etc.

    Supongo que Fritz Lang suscribía esa máxima de Flaubert según la cual el artista debía ser como Dios: es decir, debía estar presente en todos los aspectos de su creación pero visible en ninguno. Dicho en otros términos, el público lego que sólo iba al cine a pasar el rato no debía notar cómo estaban hechas sus películas, y los eruditos analíticos que las desmenuzaran para estudiarlas críticamente debían notar que estaban hechas impecablemente. Yo diría que de principio a fin de su carrera supo estar a la altura de este precioso ideal, que pocos cineastas comparten.

    Terminaré por hoy con una anécdota referente a ese inexorable perfeccionismo de Fritz Lang que ya comenté en una ocasión anterior en este mismo blog. Recién concluido el rodaje de «Los nibelungos», Lang vio una proyección privada del primer montaje y descubrió que, en uno de los planos generales de batallas más caros y complicados, unos pocos de los cientos de extras participantes llevaban relojes en la muñeca, aunque ello ocurría únicamente durante unos segundos y para percibirlo se necesitaba fijarse muchísimo. Pues bien, Lang aplazó el estreno oficial de la película, al cual ya habían sido invitados los más prominentes miembros del Gobierno alemán, y reunió de nuevo a todos los técnicos y extras para repetir irreprochablemente aquel plano, importándole un bledo que el elevado presupuesto inicial fuera sobrepasado con creces. No me extrañaría que esta anécdota hubiera servido de inspiración a la celebrada secuencia de apertura de la muy tronchante «El guateque» de Blake Edwards.

    • Desde luego, eran una plaga los relojes en las película históricas, ¡qué falta de profesionalidad de los extras! ¿No sabían ellos mismos el error que cometían? ¿O temían que les robaran el reloj en el vestuario?

  2. Avatar de FernandoFernando en dijo:

    Estos días, en ratos de ocio, se me han ocurrido unas cuantas ideas adicionales. Casi conforman un pequeño ensayo filosófico. Helas aquí.

    Haces bien, Rafa, en señalar lo estomagante de algunos aspectos ideológicos de esta película. Yo también opino que Fritz Lang resulta más grato cuando se ocupa del hombre corriente que cuando se ocupa del superhombre nietzscheano, y prefiero sus filmes que tratan sobre antihéroes falibles antes que sus filmes que tratan sobre superhéroes invencibles. En general, su etapa alemana suele exhalar un tufillo totalitario, por contraste y por comparación con el aroma democrático que suele exhalar su etapa norteamericana. A este hecho no es ajena la influencia que tuvo en su periodo mudo la mujer que entre 1922 y 1933 fue su esposa y coguionista habitual: Thea von Harbou. Significativamente, cuando Hitler subió al poder siendo nombrado canciller imperial, Lang, que era de raza judía, huyó a Francia y posteriormente a Norteamérica, mientras que Von Harbou optó por quedarse en su patria y afiliarse al Partido Nazi. Seguro que este divorcio personal y laboral no estuvo motivado por consideraciones sólo ideológicas; debió de espolearlo también la circunstancia de que ella lo hubiera pillado «in fraganti» en la cama con otra mujer. (No era éste el primer episodio adúltero en la vida de Lang; su primera esposa, Lisa Rosenthal, que ya de por sí estaba aquejada de desequilibrios psíquicos, se suicidó poco después de haberlo pillado «in fraganti» en la cama con… Thea von Harbou. Todo esto sería cómico si no fuera trágico.)

    Lang era un gigantesco director de cine, pero cabe afirmar verazmente que, en cuanto ser humano, dejaba muchísimo que desear. De hecho era uno de los directores más odiados personalmente en todo Hollywood. Numerosos actores y actrices se negaban sistemáticamente a trabajar con él, y cierta vez hubo una conjura de varios técnicos de iluminación, finalmente abortada, para dejar caer un enorme foco sobre su cabeza como revancha por diversas humillaciones sufridas. Gene Tierney, en su libro de memorias titulado «Self Portrait», cuenta que, al iniciarse el rodaje de «La venganza de Frank James», Henry Fonda le dijo que odiaba trabajar con Lang -ya había sido el protagonista de «Sólo se vive una vez»- por su comportamiento abusivo; y Lang, tras decidir que no le gustaban sus, según él, dientes saltones, le dedicó a ella estas afables palabras delante de todo el equipo: «Tú, putita, cuando no tengas frases de diálogo mantén la boca bien cerrada.» Me figuro que Lang podría haber hecho suya esta frase pronunciada por Otto Preminger (otro director artísticamente admirable y humanamente despreciable): «Yo no sufro úlceras; las causo.»

    Lang aspiraba obsesivamente a que sus películas fueran un organismo compacto y armonioso, y no tenía reparos en hacer un uso implacable de la fusta, por así decirlo, contra todos sus colaboradores si creía que las cosas no marchaban como debieran. Volvemos aquí una vez más sobre su faceta de gran estilista. Lo que hace que una película esté lograda o fallida no es el tema que aborda ni la historia que narra, sino la forma en que está tratado ese tema y el estilo con que está plasmada esa historia. Sin un estilo y una forma satisfactorios, las ambiciosas intenciones se quedan en ridículas pretensiones. Ahora bien, el estilo y la forma, en los casos en que su propósito es el de llamar la atención sobre sí mismos y no el de despertar emociones e inspirar reflexiones, se convierten en arrogantemente estériles y caen en el mero esteticismo decorativo, constituyéndose así en un triste ejemplo de lo que sucede cuando los medios se convierten en fines y por eso no conducen a ninguna parte. De ahí, repito, la maniática insistencia de Lang en la precisión y la exactitud absolutas y, al mismo tiempo, en la invisibilidad de unas combinaciones de recursos expresivos que rehúyan todo lo que sea llamativo y aparatoso.

    Lang incluía siempre una pequeña rúbrica personal en sus filmes, a la manera de Hitchcock haciendo una aparición fugaz en alguna secuencia o de Berlanga metiendo la palabra austro-húngaro en algún diálogo. En todos los filmes de Lang hay un primer plano de unas manos: unas manos que pueden pulsar un interruptor eléctrico, introducir una llave en una cerradura, abrir y hojear las páginas de un libro, etc. Esas manos son las del propio Lang. Era un modo de afirmar que sus obras son primordialmente el fruto de su trabajo personal que las gobierna íntegramente.

    Ya mencioné con anterioridad que Lang cursó la carrera de arquitectura. Ahora es el turno de añadir que también realizó estudios de pintura y emprendió una efímera carrera de pintor, tal como lo hicieron también, por ejemplo, Vincente Minnelli y John Huston. Espléndido adiestamiento para que un cineasta se vuelva extremadamente sensible a los problemas de la composición visual y las tonalidades cromáticas y la distribución de luces y sombras.

    En una época como la nuestra, que a veces nos sorprende con campañas para «cancelar» a tal o cual gran artista sobre la base de sus repulsivos actos o ideas, quizá un día se le ocurra a alguien arremeter contra Fritz Lang. Sería una lástima.

    Si fuéramos a rechazar todo contacto con las obras de artistas que no hayan sido modélicos padres de familia y ciudadanos ejemplares, mucho me temo que tendríamos que renunciar para siempre jamás a cualquier disfrute del mejor arte, pues los grandes genios tienen la fea costumbre, en su vida privada, de ser malas personas, o estar mal de la cabeza, o ambas cosas a la vez. Fijémonos en las más bellas catedrales medievales. Su hermosura nos impresiona y nos sobrecoge, pero no debemos olvidar que fueron proyectadas por siervos de teocracias absolutistas; que fueron erigidas a mayor gloria de un libro -la Biblia- que no es sino una colección de mentiras y estupideces concebidas por gentes bárbaras, ignorantes y supersticiosas; que en su construcción se invirtieron colosales sumas de dinero quitadas al pueblo sojuzgado y hambriento; que en su edificación murieron horriblemente muchos obreros explotados, por no decir esclavos torturados; y que su misión última era «demostrar quién manda aquí». ¿Por ello deberíamos prohibir en adelante que fueran visitadas, o aun deberíamos volarlas por los aires? ¿Qué ganaríamos así? ¿No equivaldría a empeorar las cosas todavía más, ya que todo el sufrimiento que hubo involucrado en crearlas no habría servido para nada?

    Yo no soy de ésos que sentencian que «no se puede juzgar una obra del pasado con los ojos actuales». Más bien creo que no sólo se puede, sino que incluso se debe. Tal como afirmamos de algunas obras que el tiempo las ha mejorado y reivindicado porque ofrecieron visiones e ideas que se adelantaron a su época, igualmente nos es lícito afirmar de otras que lo inaceptable de sus concepciones y propuestas ha quedado vergonzosamente al descubierto. Sin embargo, todo ello debería llevarse a cabo con arreglo al memorable adagio de Voltaire: «No estoy de acuerdo con tus ideas pero pelearé hasta la muerte para que tengas derecho a expresarlas.» Teoricemos y aleguemos a favor y en contra, discutamos abierta y públicamente sin considerar nada como demasiado sagrado; pero no prohibamos ni censuremos, ya sea con fundamentos reaccionarios o progresistas. Procesemos y encarcelemos a todos los artistas -suponiendo que sigan vivos- que han cometido delitos y crímenes; pero conservemos con mimo todas las nobles aportaciones que hicieron al bienestar de la humanidad: si tenemos que soportar sus desmanes, asimismo disfrutemos sus hazañas.

    Deduzco que mucha de esta intolerancia moderna tiene, como casi cualquier intolerancia, una raíz religiosa e inquisitorial: es decir, una búsqueda inhumana de la incontaminada «pureza», así como una propensión a ensalzar o condenar «en bloque». Convendría que aprendiéramos a analizar segmentadamente: a reflexionar que una obra puede tener a partes iguales unas ideas que nos gusten sin fisuras, unas ideas que no nos gusten en absoluto, y unas ideas que valgan a medias y que quizá con un poco de desarrollo y pulimento valdrían por entero. Y también convendría que estuviéramos dispuestos a reconocer cortésmente que puede no agradarnos una idea, pero sí la manera en que está expresada… o sea el humor, la inventiva, la elegancia, la destreza, o lo que fuere, de que hace gala su artífice. Muchos de los nuevos puritanos de hoy se describen a sí mismos como rotundamente antifascistas, aunque a la hora de la verdad adoptan el criterio de que «nadie que no piense como yo puede hacer nada bueno»; es un criterio que, mira por dónde, representa la quintaesencia del fascismo.

    Qué bueno es esto de ver películas de directores como Fritz Lang, que son capaces de suscitar tantísimas cuestiones éticas y estéticas. ¿Verdad que sí?

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