Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Las jornadas de cine mudo de Pordenone 2020, en casa

La imposibilidad de viajar en estos tiempos pandémicos ha abocado a algunos festivales a prescindir de la presencia física de los espectadores y, por tanto, a recurrir a la fría tecnología de internet. Es el caso de la Jornadas de Cine Mudo de Pordenone, cuyo público principal siempre ha estado compuesto de especialistas de todo el mundo más que de las gentes de la propia localidad, por lo que llenar su Teatro Verdi era en esta ocasión poco menos que una utopía. Así que este año nos hemos conformado con una edición limitada ofrecida gracias a la plataforma italiana mymovies.it en nuestros propios hogares. No es lo mismo, no cabe duda, pero esta selecta selección de películas mudas recuperadas o restauradas ha servido para calmar nuestros apetitos hasta la próxima ocasión, que esperemos sea dentro de un año. Paso a comentarlas brevemente.

El cine de los orígenes nunca deja de sorprendernos por la belleza de muchas de sus imágenes, producto de los conocimientos fotográficos de los operadores que surcaban los mares a la caza de fotografías en movimiento que sedujeran a sus públicos, pero el programa The Brilliant Biograph, con obras recientemente recuperadas por el Eye Filmmuseum de Amsterdam y el British Film Institute, asombra todavía más por la extrema nitidez y brillantez que proporciona el inusual formato del 68mm. Mucho antes, por tanto, de que el 70mm asombrara a los espectadores de las grandes supreproducciones de los años cincuenta y sesenta, los de los inicios del siglo XX también tuvieron la oportunidad de apreciar la calidad de las imágenes de gran formato aunque la pantalla tuviera una anchura mucho menor. Dividido en cinco capítulos temáticos, esta cincuentena de cintas realizadas entre 1897 y 1902, y ahora visibles gracias a la digitalización en 8K, acercaron a los espectadores la vida cotidiana y los paisajes de una Europa aparentemente feliz y en desarrollo, y nos permite a nosotros recuperar una parte de nuestra intrahistoria menos conflictiva. El mismo valor podemos darle al programa The Urge to Travel compuesto de películas cortas rodadas entre 1911 y 1939 y ofrecidas con el ánimo de consolar nuestras frustradas ansias de viajar por el mundo. Entre ellas destacaron una cinta animada muy fantasiosa, Un voyage abracadabrant (Henri Monier, 1919), unas bellísimas vistas anónimas de Nueva York en 1911, un didáctico recorrido por el parque Planty de Cracovia en Planty Krakowskie (Szczęsny Mysłowicz, 1929), una colorida visita a las pirámides de Egipto en Un voyage au Caire (Nos vedettes à l’étranger) de la Pathé (1928) y una fantástica película publicitaria de tabaco protagonizada por un motorista que recorre las montañas de Besseggen, en Noruega, en Tiedemanns Naturfilm: Over Besseggen På Motorcykkel (1932).

Como complemento a los largometrajes, hemos disfrutado de un par de cortometrajes más, ambos cómicos. Uno, el norteamericano Toodles, Tom And Trouble (Lloyd F. Lonergan, 1915), se basa en una única premisa cómica, la de un perro que se lleva en sus fauces una muñeca y es perseguido por el protagonista creyendo que se trata del bebé que le han confiado. Todo el interés se basa, pues, en sortear diversas situaciones peligrosas realizadas con no demasiada fortuna. Otro, el checo České Hrady A Zámky (Karel Hašler, 1916), ofrece otra frenética carrera algo mejor realizada, la de un actor, el propio Hašler, que llega tarde a una función, pues el corto fue concebido para proyectarse como preámbulo a una representación teatral real, de ahí su inacabada conclusión.

En cuanto a los largometrajes, hay que empezar diciendo que no ha habido ningún clásico indiscutible ni ninguna obra maestra recuperada, a pesar de algunos nombres importantes, pues seguramente se reserven para el próximo año, cuando podamos verlas en pantalla grande. Sin embargo, no han carecido de interés los títulos ofrecidos, destacando sobre todos ellos la recuperación de Penrod and Sam (William Beaudine, 1923). Protagonizado por un grupo de niños interpretados con máxima convicción, nos retrotrae a un mundo de juegos y aventuras con un fondo moral que no molesta, sino que seduce por su naturalidad a la hora de presentar unos conflictos solo aparentemente infantiles. Dan ganas de echarse a la calle y formar una nueva pandilla, concepto que seguramente desconozcan las superprotegidas nuevas generaciones y que esta película preservará para el futuro.

Sin salirnos del cine norteamericano, la nueva copia de A Romance of the Redwoods (Cecil B. DeMille 1917) es un atractivo western protagonizado por la aún más atractiva Mary Pickford, cuyo cometido en este género, inédito para ella hasta ese momento, es reformar a un bandido de buen corazón. De nuevo, por tanto, una película moralista pero también perdonable por su amenidad y, sobre todo, su sentido del humor, capaz de transformar en un segundo un ahorcamiento en una boda sin que sufra en la nada la verosimilitud narrativa.

También norteamericana es Where Lights are Low (Colin Campbell, 1921), aunque ambientada inicialmente en China y luego en la Chinatown de San Francisco, pues sus personajes principales son chinos. Eso sí, el protagonista lo interpreta el japonés Sessue Hayakawa, productor de la película, pues para los espectadores no había gran diferencia. La premisa de un rapto en el marco del comercio de mujeres entre China y Estados Unidos sirve para narrar otra historia de amores interclasistas obstaculizados por el conservadurismo del progenitor de él, todo un príncipe. Causaría escándalo en su época, pero ahora nos deja algo indiferentes aunque sea curioso comprobar el trato normalizado que se da a la comunidad china y nos ofrezca un buen ejemplo de rescate en el último minuto.

Mucho más artificial resulta el triángulo amoroso en que sustenta la trama de la película china, Guo feng (Luo Mingyou y Zhu Shilin, 1935), donde la protagonista se sacrifica para que su hermana se case con el hombre que ambas aman. El problema es que esta sí es una película moralista en el peor sentido, pues es una cinta pensada para promover el movimiento nacionalista Vida Nueva de Chiang Kai-shek, cuyo dogma se traduce cinematográficamente en conservar los principios de la vida rural frente a los peligros de la disipada vida moderna de la ciudad, aquí representada por Shanghái. Sin embargo, la joven puritana que pretende convencer a los espectadores acaba siendo una antipática sermoneadora, por lo que dudamos si aquellos no prefirieron a su antagonista a pesar de su frivolidad.

Del ámbito Mediterráneo pudimos ver una cinta italiana y otra griega, ninguna de las dos demasiado memorables. La tempesta in un cranio (Carlo Campogalliani, 1921) es un trepidante film de acción al que no se le puede pedir ninguna coherencia pues el argumento es muy absurdo –un noble rico sin grandes problemas teme volverse loco como sus antepasados, por lo que sus amigos lo meterán en aventuras increíbles para curar su miedo–, pero gracias a su dinamismo y a su simpático protagonista, cumple como divertimento. Menos estimulante es la griega Oi Apachides ton Athinon (Dimitrios Gaziades, 1930), una comedia romántica con las habituales diferencias de clase y cambios de identidad, pero particularmente interesante por la posibilidad de descubrir la Atenas de aquellos años, con sus barrios populares todavía no saturados por el tráfico, y todo amenizado con canciones que recrean una banda sonora considerada perdida y que convirtió a este filme en el primero sonoro de Grecia, aunque no fuera hablado.

Ballettens Datter (Holger-Madsen, 1913) nos permitió comprobar una vez más la pujanza del cine danés antes de la Primera Guerra Mundial, con una realización impecable y el divertido protagonismo de la bailarina Rita Sacchetto. Lástima que esta comedia sobre celos infundados no se sostenga hoy en día por su esquematismo y su extremo conservadurismo –la felicidad para ella está en dejar su trabajo y casarse–, aunque su estrambótica resolución –un duelo a muerte consistente en tomar una píldora que quizá sea venenosa– no deje de tener cierta gracia.

Palabras mayores son los nombres de Pabst y Brigitte Helm, que colaboran como director y estrella principal en el melodrama Abwege (Georg Wilhelm Pabst, 1928). Todo gira sobre la fascinante personalidad de ella, de sus dudas vitales entre continuar al lado de un marido demasiado soso o lanzarse a la aventura con un modesto pintor, aunque en el fondo esté enamorada del primero. Nada nuevo como argumento, pero los grandes cineastas como Pabst elevan el material de partida sabiendo recrearnos con la descripción de un ambiente burgués bastante disipado y los esfuerzos, entre dramáticos y divertidos, de su protagonista por hacer reaccionar a su marido.

Y para cerrar el festival, nada mejor que un programa de cortometrajes cómicos de la mano de Stan Laurel y Oliver Hardy, aunque con la particularidad de estar compuesto de películas anteriores a su unión como pareja artística. De los cinco cortos, sin duda hay que destacar una joya, The Rent Collector (Larry Semon y Norman Taurog, 1921), protagonizada por un tercer cómico desgraciadamente demasiado olvidado hoy en día: Larry Semon. Su furia destructora y su constante acción física hace palidecer a cualquier película posterior de peleas y persecuciones.

Y esto es todo, esperemos no acostumbrarnos demasiado a que los festivales acudan a nuestras casas y pronto volvamos a coger un avión o un tren para descubrir nuevas y viejas películas.

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