Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Crítica en cien palabras (o casi): Mula (2018)

Lugar de proyección: Sala 3 del Yelmo Cines Ideal.

Formato de proyección: DCP.

Valoración: ★★★ (Quizá la vuelva a ver).

Ahí va la crítica:

Mula (The Mule) (Clint Eastwood, 2018): Cerca ya de los 90 años, Eastwood sigue fiel a su personaje más característico. El macho con agallas y principios cada vez más anacrónicos, siempre con heridas sentimentales en su interior, toma aquí la forma de un viejo que decide a sus años trabajar de mula para un cártel de la droga, aprovechando su frágil aspecto para pasar desapercibido. Su narrativa clara y eficaz, siempre yendo al grano, se agradece en estos tiempos tan barrocos, pero queda algo empañada por su insistencia en impartirnos una lección moral demasiado facilona: la familia como refugio al que siempre regresar para redimirse.

Criterio de valoración: ★ (Espero no volver a verla) ★★ (Podría volver a verla) ★★★ (Quizá la vuelva a ver) ★★★★ (Seguro que volveré a verla) ★★★★★ (La veré varias veces).

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4 pensamientos en “Crítica en cien palabras (o casi): Mula (2018)

  1. Fernando en dijo:

    Querido Rafa:

    Te digo francamente que esperaba con impaciencia tu reseña de esta película. Esta vez me has defraudado una pizquita, aunque sigas redactando y argumentando con el mismo gracejo, lógica y elegancia que de costumbre.
    No creo que Eastwood haga aquí una defensa acérrima de la Familia en Todo Momento y Lugar, sino, como mucho, de esa familia en concreto para ese personaje en concreto, y aun eso estaría abierto a discusión. Al igual que nunca hay que confundir a los actores con los personajes que interpretan (como es la práctica de numerosos cinéfilos acríticos y acéfalos), tampoco hay que confundir lo que sienten u opinan ciertos personajes con lo que siente u opina su creador; a veces coincide, a veces no.
    Te ruego que recuerdes algunas estupendas películas de Eastwood en las que otros personajes diferentes en otras situaciones diferentes tienen una visión bastante negativa y ácida de la institución familiar: “Primavera en otoño”, “El aventurero de medianoche”, “Un mundo perfecto”, “Los puentes de Madison County”, “Mystic River”, “Million Dollar Baby”, “El intercambio” y “Gran Torino”.
    Por otra parte, yo puedo apreciar una obra de arte aunque no comparta la ideología que la inspira; me basta con que sus ideas sobre cualquier asunto, afines o contrarias a las mías, estén expresadas con ingenio y encanto. Yo no estoy dispuesto a morir por mis ideas -ni literal ni metafóricamente-, pues podrían estar equivocadas.
    Añadiré que, de entre todo el cine realizado mundialmente en los últimos 40 años, sólo he visto tres obras maestras: “Un mundo perfecto”, “A. I., inteligencia artificial” y “Mula”. Si hay más, no he tenido la suerte de verlas o no supe apreciarlas. A mí personalmente, en todo caso, me parecería imposible que nadie haga un filme más entretenido, inteligente y conmovedor que los tres que acabo de citar.
    Un abrazo, y confío en que aceptes esta crítica de tu crítica (que he procurado hacer constructiva y afectuosa, aunque admito que puedo haber fracasado miserablemente en el intento) con tu proverbial indulgencia y bonhomía.

    P. S.: Como diría Jorge Luis Borges, “consigno mi esperanza, tantas veces satisfecha, de no tener razón”.

    • Querido Fernando. Igual que me permito criticar, siempre admitiré críticas bien fundamentadas, por supuesto. Aunque en este caso ni siquiera la tomo como tal, pues estoy bastante de acuerdo con lo que dices. El problema del discurso familiar de Eastwood no está en su contenido, pues es cierto que los personajes pueden tener su ideología propia, aunque suela coincidir, sino en el modo de presentarnos ese discurso. Por eso utilizo el calificativo de “facilona”, que es lo que de verdad me molesta, pues desde el inicio sé cuales son sus intenciones y cómo nos va a llevar hacia una conclusión no bien fundamentada por las acciones de los personajes. En definitiva, echo de menos la sutileza de sus grandes obras. Subraya demasiado las cosas, para mi gusto. También a la hora de remarcar su inadaptación a la modernidad. Quizás sean excesivas exigencias mías, pero es que de Eastwood siempre espero mucho más como maestro del cine que es.

      • Fernando en dijo:

        Querido Rafa:

        Tu comentario a mi comentario me ha sugerido un comentario a tu comentario a mi comentario, que me temo que consistirá primordialmente en una serie de ideas desmandadas y deslavazadas.

        Para empezar, introduzco una cita tomada de la sección de “Trivia” de IMDb relativa a Clint Eastwood: “He has always disliked the reading of political and social agendas in his films, which has occurred from Dirty Harry (1971) to Million Dollar Baby (2004). He has always maintained that all of his films are apolitical and what he has in mind when making a film is whether it’s going to be entertaining and compelling.” (“Siempre le ha desagradado que se encuentre en sus películas una intención propagandística política o social, cosa que le ha venido ocurriendo desde ‘Harry el sucio’ (1971) hasta ‘Million Dollar Baby’ (2004). Siempre ha afirmado que todos sus filmes son apolíticos y que lo único que se propone al hacerlos es que resulten amenos y emotivos.”)

        Naturalmente, un gran artista puede mentir como un bellaco o, simplemente, llamarse a engaño sobre lo que él mismo ha realizado; pero opino que, en este caso, Eastwood está plenamente en lo cierto. Sólo se preocupa de lo que le pueda convenir a cada proyecto por separado.

        Aquí mencionaré el caso paradigmático del que para mí es uno de sus máximos logros: la maravillosa “Más allá de la vida”. El propio Eastwood, el guionista Peter Morgan y los actores principales del reparto han declarado repetidamente que ellos son puramente ateos y materialistas y no creen en el más allá ni en ninguna clase de comunicación con él. Ello no les impidió fingir durante dos horas de metraje que sí creen, e invitar a los espectadores escépticos a hacer lo mismo; y la recompensa es grande, porque a cambio obtenemos una bellísima fábula sobre almas perdidas y corazones solitarios. Los más descreídos podemos siempre tomárnoslo como un precioso relato de ciencia-ficción.

        Otro tanto ocurre con la concepción de Eastwood de la violencia. En algunas de sus obras parece exaltarla con entusiasmo; en otras, condenarla sin reparos; y en otras más, mantener una postura neutral y ambigua para dejar que los espectadores saquen sus propias conclusiones. Como digo, todo depende de lo que le siente mejor a cada proyecto.

        Por lo que se refiere a la familia, es bien sabido que Eastwood en la vida real no tiene nada de “family man”: es un mujeriego empedernido y un adúltero en serie que ha tenido varias esposas, cientos de amantes estables o fugaces, y no pocos hijos ilegítimos, y casi siempre ha tratado a las mujeres como escoria y hasta ha pegado palizas y obligado a abortar a algunas de ellas. Además parece ser un tacaño patológico, un rencoroso vengativo ante cualquier negativa de sus colaboradores, y un embustero con delirios de grandeza respecto de su pasado. Nada extraño, por otra parte; los grandes artistas suelen ser malas personas o estar mal de la cabeza, o ambas cosas a la vez. Como dijo una escritora que no he leído pero que goza de buena reputación presumiblemente justificada (no recuerdo si era Iris Murdoch o Joyce Carol Oates o alguien similar), “alguna vez un gran artista es también un gran ser humano, pero eso sólo ocurre muy de tarde en tarde y casi por casualidad”. Acerquémonos a sus obras y alejémonos de sus personas.

        Lo anterior viene a cuento de que Eastwood puede, en la ficción, adorar la institución familiar, o despreciarla, o ni fu ni fa, según lo vea más o menos útil a la hora de armar una historia y ofrecer un espectáculo.

        Mis jefes en la editorial Valdemar me dijeron una vez: “Viendo sus obras, al menos las mejores de ellas, la última persona de la que uno se imaginaría que es miembro del Partido Republicano de EEUU es Clint Eastwood. Pues bien, lo es.” Desde entonces hemos asistido a su declarado entusiasmo por Donald Trump, a quien defiende a capa y espada… incluso ACTUALMENTE. Hasta hay quien ha dicho en aquellas tierras de ultramar que “Mula” encierra una vil intención oculta y un nefando propósito encubierto: animar a los norteamericanos a apoyar la construcción del muro entre USA y Méjico, pues así los respetables padres de familia WASP no caerán seducidos por los inicuos narcotraficantes latinos. A mí me parece que esto es sacar muchísimo las cosas de quicio; en Europa, afortunadamente para nosotros, vemos “Mula” sencillamente como un relato de fantasía que transcurre en una especie de País de Nunca Jamás que presenta sólo algunos rasgos en común con el mundo real.

        Si se quiere buscar un director que sí hace hincapié de una manera torpe, empalagosa y estomagante en los valores familiares como panacea para todos los males habidos y por haber, y que profesa este ideario sinceramente y parece cumplirlo a machamartillo en su vida privada, ése es Steven Spielberg. Tan grave defecto estropea parcialmente muchas de sus mejores películas y vuelve insufrible la visión de las peores. Las más de las veces, esta idiosincrasia está metida con calzador, en un afán casi de adoctrinamiento.

        Si lo que te molesta no es tanto el discurso ideológico de Eastwood en “Mula” cuanto su forma de plasmarlo, la cual te parece facilona y con excesivos subrayados, ahí no puedo objetar nada. Si así te parece, así te parece; y en realidad no hay nada de malo en ello. En el terreno de la ciencia se puede llegar a una dosis considerable de objetividad y exactitud, y nadie juicioso se opondrá al aserto de que dos y dos son cuatro. Pero el terreno del arte es eminentemente borroso y subjetivo, y nuestros gustos dependen únicamente de los genes que hemos recibido, las ideas que hemos asimilado de grado o por fuerza, y las experiencias que hemos vivido. En el fondo es por eso, y sólo por eso, por lo que una determinada obra, como se dice vulgarmente, nos llega o no nos llega. Y nadie ignora que con el correr del tiempo podemos cambiar radicalmente de opinión. A lo mejor, ¿quién sabe?, dentro de diez años, yo opinaré de “Mula” lo que tú, y tú lo que yo. Cosas más raras se han visto, hechos así suceden todos los días. Borges, otra vez, dejó anotado: “Bienaventurados los que no insisten en tener razón, pues nadie la tiene o todos la tienen.” Y Henry James: “Lo que a éste lo entusiasma, a este otro lo sume en la desolación.”

        A mí “Mula” me “llegó”, y mucho. Admito que sobre el papel puede parecer un argumento con pasajes demasiado sensibleros o edulcorados. Pero ya sabes lo que ocurría en el cine clásico cuando un director genial se encontraba con un ridículo folletín baboso entre manos: podía tomárselo a guasa y convertirlo en una divertidísima comedia surrealista (como el Buñuel de “Susana: demonio y carne”) o tomárselo en serio, llevarlo hasta sus últimas consecuencias y, a fuerza de intensidad y pasión, transmutarlo en un sublime melodrama de altos vuelos (como el Sirk de “Escrito sobre el viento” o “Imitación a la vida” y el Minnelli de “Como un torrente” o “Con él llegó el escándalo”). Para mí, éste último es el método que adopta “Mula”, con absoluto acierto.

        Lo que me extraña es que digas que echas en falta la sutileza de las grandes obras de Eastwood, pues, a mi jucio, Eastwood, aun siendo un cineasta magistral, apenas ha demostrado nunca sutileza de ningún tipo. Ése no es su fuerte… ni falta que le hace, pues no es eso lo que busca. Si quieres sutileza, arrímate más bien a Lubitsch y sus discípulos. Hay una serie de inmensos directores en la Historia del Cine que prácticamente nunca han sido sutiles: John Huston, Roberto Rossellini, Nicholas Ray, Akira Kurosawa, Samuel Fuller, Luis Gª Berlanga, Ingmar Bergman, Frank Capra, Orson Welles, Charles Chaplin, Sam Peckinpah, etc. Sus alicientes son muy otros, y muy diversos según los casos: el aliento épico, el desbordamiento sentimental, la concisión narrativa, el ritmo vertiginoso, la contundencia dramática, la audacia estilística, la escenografía barroca, la fisicidad sensorial, la densidad atmosférica, el humor descarnado, los ambientes enrarecidos… No se puede tener todo, y a veces no es bueno tenerlo todo, pues hay cosas que se dan de patadas entre sí.

        Yo no he experimentado la sensación de que “Mula” sea machacona a la hora de presentar la inadaptación del protagonista a algunos (no todos, ni mucho menos) de los rasgos de la modernidad. Existe actualmente la boba superchería de que cualquier tiempo pasado fue peor, y de que todos nuestros antepasados eran menos inteligentes que nosotros. Según esa lógica ilógica, las torres de KIO serían mejores que las pirámides de Egipto, y la última “canción del verano” sería un adelanto con respecto a las sinfonías de Beethoven. Que en “Mula” se nos haga ver que Internet ha acabado con muchísimos pequeños negocios y ha hecho el mundo más inhumano, para mí no es reaccionarismo sino, lisa y llanamente, lucidez.

        Además, yo soy, junto con Clint Eastwood, una de las pocas personas en este mundo que no tienen teléfono móvil y que piensan resistir a su avance tanto como la aldea de Astérix al invasor romano (aunque nunca digas de esta agua no beberé). Por lo tanto hallé delicioso el pitorreo de “Mula” acerca de cómo las imbecilizantes pantallitas tienen sorbido el seso a la mayoría de la población. Me sentí reivindicado, qué quieres que te diga.

        Creo que su sátira contra algunas de las últimas y, en conjunto, más nefastas características del progreso técnico es al mismo tiempo instructiva, deliciosa y enternecedora, con una ternura de buena ley.

        A quienes vimos a Clint Eastwood haciendo de supermacho prepotente en los abominables spaghetti-westerns de Sergio Leone, o en los algo más aceptables thrillers de Don Siegel, nos resulta muy conmovedor ver a Clint Eastwood mostrando todos sus achaques físicos y vulnerabilidades psíquicas en su edad provecta… ¡y, encima, cultivando flores! Menos mal que no se le ha ocurrido hacerse la cirugía estética ni inyectarse bótox ni retocarse digitalmente, y así no ha seguido la senda de esa horrenda momia que es Robert Redford en la actualidad.

        Voy a hacer una confesión dolorosa. La verdad es que yo llevaba casi diez años desesperando de los últimos derroteros de la carrera de Eastwood, que me parecía haber entrado en un lastimoso declive. A partir de “Más allá de la vida”, yo pensaba que la única película suya que realmente merecía la pena era la para mí excelente y muy incomprendida “Jersey Boys”. Las demás me parecían semifallidas o meramente aceptables (“J. Edgar”, “El francotirador”, “Sully”) o desastrosas y directamente aborrecibles (“15:17, tren a París”). Al encaminarme a ver “Mula” iba, por así decirlo, con los dedos cruzados, anhelando presenciar una “resurrección de entre los muertos”, pero temiendo quedar cruelmente chasqueado. Para mi gran sorpresa, la experiencia sobrepasó ampliamente todas mis expectativas más optimistas.

        Escribe Henry James en el prefacio a su relato “El alumno”: “La estructura de la obra puede así servir como ejemplo de la incorregible afición de su autor a los efectos de escalonamiento y superposición: de su amor, cuando se trata de una pintura, hacia cualquier cosa que contribuya a la presencia de proporciones y perspectivas, a ofrecer una visión de todas las dimensiones. Adicto a ver «a través de» ––una cosa a través de otra, por consiguiente, y aun otras cosas más a través de ésa––, este autor recoge por el camino, demasiado avariciosamente quizá, en cualquier cometido, tantas cosas como le es posible. Es a causa de tal costumbre como incurre en el estigma de afanarse peligrosamente en busca de una cierta plenitud de verdad: verdad difusa, repartida y, por así decirlo, atmosférica.” Ése creo yo que es el método de Eastwood en sus mejores películas: “Un mundo perfecto”, “Sin perdón” y “Mula”.

        En mi publicación anterior dije que sólo había visto tres obras maestras realizadas durante los últimos 40 años; pido disculpas por un lamentable olvido; debí incluir ineludiblemente “Sin perdón”, y elevar a cuatro el número de las seleccionadas.

        Hasta hace un mes, yo proclamaba que Stanley Donen era el mejor director vivo, y Clint Eastwood el mejor director en activo. Ahora, Clint Eastwood es el mejor director vivo y en activo. Y nadie en todo el cine norteamericano de este siglo encuadra con tanta justeza y precisión, ni sabe hacer un empleo tan diestro del formato Scope; confío en que hasta los más tibios estarán de acuerdo en esto y en que “Mula” lo confirma apabullantemente.

      • Querido Fernando, yo seré más conciso, je, en honor a mis críticas de cien palabras.
        Aunque solo se pretenda entretener, toda película es política porque en la vida todo es política aunque no nos demos cuenta. Y la lectura que un espectador haga de ella podrá ser solamente técnica, por ejemplo, o dirigida a desentrañar lo que revela de la sociedad que representa, o del momento histórico en que está hecha, o de la ideología que transmite, incluso de modo inconsciente (¿remordimientos de Eastwood por su pasado familiar?). Una crítica creo que debe tener en cuenta todo esto, pero pienso que lo más importante para hacer una valoración artística es el modo en que la película expresa todo lo dicho. Yo sí creo que Eastwood ha sido muy sutil en las películas suyas que más me han gustado, como “Los puentes de Madison” o “El jinete pálido”. En esta segunda lo fue tanto que mucha gente no se dio cuenta de que pertenecía al género fantástico. Pero en “Mula” no lo es. Por poner un ejemplo, piensa en el rechazo que le provoca la venta de flores por internet en la convención. Después de eso se produce una elipsis de 12 años y le vemos cerrando su negocio. Para mí eso era más que suficiente para comprender el mensaje “internet ha acabado con su negocio tradicional”. En cambio, el personaje tiene que decir expresamente que ha sido por culpa de internet, y se lo dice a sus empleados, como si ellos no lo supieran ya. Es como si no confiara en que el espectador comprendiera la sucesión de los acontecimientos. Lo dicho no tiene nada que ver con mi mayor o menor afinidad hacia ese discurso, eso es lo de menos (yo no tengo smartphone, así que tampoco estoy muy lejos de vosotros dos, je), el subrayado en el diálogo es el problema de esa escena. Tienes razón, por supuesto, en que Eastwood casi nunca resulta estomagante, cosa que sí suele sucederle a Spielberg. Y que quizá son matices que en otro momento no me hubieran molestado tanto, pues así de volubles son nuestras percepciones, pero no creo que me vaya a parecer una “obra maestra” nunca, calificativo, por otro lado, que ya no utilizo porque siempre me parece excesivo. Quizá porque el cine, aunque me apasione, cada vez lo valoro menos como obra de arte. De hecho, ni falta que le hace ser considerado arte para que lo disfrutemos.
        Vaya, al final no he sido tan breve.

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