Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Pérez Galdós en nuestro cine (1): El abuelo (1925)

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Acabada mi serie de artículos sobre Lope de Vega en el cine español, hemos iniciado en la sección Rinconete de la web del Instituto Cervantes una nueva serie sobre otra de las cumbres de nuestra literatura: Benito Pérez Galdós. Como representante máximo del realismo decimonónico, supo como nadie dar testimonio de su época mientras analizaba con detalle los más intrincados conflictos psicológicos de sus personajes. Comenzamos con su obra más adaptada, El abuelo.

«El mal… ¿es el bien?» es la frase con la que concluye Benito Pérez Galdós (1843-1920) su novela El abuelo (1897). Pronunciada por el infeliz don Pío Coronado cuando ya se ha resuelto el conflicto principal de la obra —el dilema entre el honor y el amor que sufre el arruinado conde de Albrit por no saber cuál de sus dos nietas es la legítima—, resume una paradoja espiritual. Si la que nació del pecado, es decir, del mal, demuestra mucha más nobleza y amor hacia su abuelo que la otra, nacida en el matrimonio, ¿significa esto que del mal puede surgir el bien? Es un dilema ciertamente caduco hoy en día para la mayoría de los lectores, más propio de una época proclive a los folletines de honor que a la nuestra de ahora, tan materialista. Sin embargo, la convincente construcción de personajes de Galdós convierte ese anticuado dilema en un drama humano todavía comprensible y emocionante. Quizá por eso haya conocido hasta ahora seis adaptaciones cinematográficas en muy diversas épocas, entre 1916 y 1998, cuatro de ellas en el cine español.

De la primera, La duda (Domenec Ceret, 1916), nada podemos decir —aparte de que fue realizada en vida del escritor— porque se considera perdida como tantas otras de nuestro cine mudo. En cambio, la versión de 1925, de José Buchs, ha llegado hasta nosotros completa y en buen estado gracias a su restauración en 1992. Esto nos permite comprobar su gran respeto a la integridad de la novela y a su realismo expresivo.

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Es bien sabido que la novela realista se amoldó adecuadamente al cinematógrafo debido a su condición esencialmente narrativa y a su capacidad para describir la realidad social del momento. En el ámbito español fue precisamente Galdós el mejor representante de una tendencia que desplazó al romanticismo precedente y cosechó grandes éxitos entre los lectores, por lo que es lógico que el cine pronto se fijara en sus obras. En particular, El abuelo había demostrado ya ser una buena baza comercial en su versión teatral de 1904. Su argumento no difiere en apariencia de los habituales melodramas que triunfaban en ese momento, con hijos ilegítimos, mujeres pecadoras y un mundo rural idealizado en contraposición a la viciosa ciudad. Pero aquí los personajes son más complejos psicológicamente y sus vicisitudes llevan a una conclusión más progresista: el honor y los prejuicios ceden ante el amor cuando el conde acepta finalmente a la nieta ilegítima.

José Buchs, fiel a ese realismo psicológico, se limita a ilustrar la obra con un notable dinamismo narrativo. Para ello decide comenzar la película con varias escenas previas al inicio de la acción en la novela, pero relatadas por sus personajes: la llegada del conde (Modesto Rivas) en barco a Santander, el descubrimiento de la muerte de su hijo y el relato —plasmado en un flashback— que le hace un amigo de la infidelidad de su nuera. Desde que Albrit llega a Jerusa, el pueblo donde residen sus nietas (Celia Escudero y Josefina Ochoa), se retoma el orden secuencial de lo narrado por Galdós, excepto en un aspecto. En paralelo con la acción principal, vemos la vida frívola de Lucrecia (Ana de Leyva) que Galdós no precisaba. Es más, descubrimos que el escándalo que provoca su arrepentimiento es un duelo entre dos pretendientes suyos.

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Otra baza que juega Buchs para realzar su adaptación es la utilización del paisaje. Es llamativo que una película de cariz intimista se sirva de tan pocos primeros planos y opte con tanta frecuencia por los planos generales y de conjunto. Aprovecha así los bellos y espectaculares parajes de la costa cántabra y de localidades cercanas, e incluso nos ofrece una regata inexistente en la novela. No parece que pretendiera con ello reflejar el estado anímico de los personajes —como sí hará la posterior adaptación de 1998—, sino ofrecer un gran espectáculo visual gracias a la cuidada fotografía tintada en colores de Armando Pou.

El abuelo de José Buchs destaca como un producto en general bien acabado —pese a algún fallo de racord— y respetuoso con su original literario. Un respeto que, como veremos en el siguiente artículo, compartirá con Rafael Gil cuando cuarenta y siete años después éste aborde su propia versión como si el tiempo apenas hubiera trascurrido entre ambas.

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