Cinema Nostrum

Blog de Rafael Nieto Jiménez, historiador del cine y empresario audiovisual

Lee Chang-dong o el poético dolor de vivir y amar

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Este mes de noviembre hemos tenido la oportunidad de descubrir en la Filmoteca Española la corta pero muy intensa filmografía del surcoreano Lee Chang-dong, autor desconocido en las pantallas españolas excepto por Poesía (2010), su último título hasta el momento. De este modo, el ciclo ha servido para paliar otra laguna más de la distribución comercial que, a la vista del indudable interés de los títulos que lo han compuesto, se nos antoja, una vez más, injustificable.

El joven protagonista de Oasis (2002) corre con su motocicleta de reparto de comida a domicilio cuando se cruza con un lujoso coche deportivo rodeado por un equipo de rodaje. Como es habitual, los actores que van en su interior no conducen de verdad, sino que se desplazan sobre una plataforma acondicionada para la grabación. Percibimos que son un hombre y una mujer guapos y elegantes, amantes muy probablemente. El joven motorista los persigue con curiosidad y quizá fascinación, interrumpiendo la grabación hasta que pierde el control de la motocicleta y cae al suelo. Los técnicos del rodaje continúan con su trabajo, sin la menor intención de ayudarlo, porque ponen su trabajo por encima de la vida de un desconocido. Sin embargo, nosotros, los espectadores, nos quedamos con el accidentado porque el cine de Lee Chang-dong está con los que sufren, no con los triunfadores. Está con los golpeados por la vida, los que no encajan en las convenciones sociales, pero que a pesar de todo encuentran a veces un poco de poesía en sus vidas. Y además, está comprometido con un cine realista a la vez que poético, no con un cine artificial e idealizado como el que parecen estar rodando en la significativa secuencia descrita.

Poster-Green-Fish

Los cinco largometrajes del director coreano están protagonizados por personas marcadas por un gran sufrimiento físico y/o psíquico. El joven recluta (Han Suk-kyu) de Green Fish (1997) recibe paliza tras paliza en su accidentado propósito de labrarse un camino en la vida dentro de una banda compuesta por gangsters de baja estofa, carentes del glamour habitual en el género. Sin embargo, su dolor más íntimo se deberá a su relación con la amante (Shim Hye-jin) de su jefe mafioso (Mun Seong-kun), aunque nunca tengamos claro si se trata de amor o sólo de fascinación por una bella femme fatale atrapada, por su parte, en ese difícil rol. En cualquier caso, su condición de perdedor será ratificada cuando sea apuñalado por su jefe y expire, ante la mirada horrorizada de ella, encima del parabrisas de su coche. Tiempo después, en un inesperado epílogo, entrará por casualidad a comer en el restaurante de la familia de su amado, por lo que revivirán en ella dolorosos sentimientos sobre su efímera ilusión del pasado.

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En Peppermint Candy (1999) Lee Chang-dong prescindió de los códigos genéricos que estorbaban en Green Fish para cristalizar con mayor pureza su estudio del sufrimiento vital del enamorado. Y no sólo eso, lo hizo mediante una estructura narrativa que, si no es original del todo, presentaba evidentes riesgos que fueron salvados con maestría. Desde el momento mismo en que su protagonista (Sol Kyung-gu) se suicida en las vías de un tren, la narración retrocede mediante sucesivos saltos temporales, cada vez más lejanos en el tiempo, hasta conducirnos al origen de su desazón, un amor malogrado. Los sucesivos flashbacks posibilitan también un atractivo juego de pistas que el espectador ha de seguir para comprender la evolución del personaje, aunque presenciemos su vida en sentido inverso. Si esta filigrana narrativa es muy de destacar, no lo es menos la desoladora descripción de una peripecia vital marcada por un error de juventud que no supo perdonarse a sí mismo. Es un personaje que ha sobrevivido sus últimos 20 años mediante trabajos deshumanizados (soldado, policía, hombre de negocios) que le alejan voluntariamente del recuerdo de su amor juvenil, pero cuando se entera de que ella ha muerto no le queda más remedio que seguir el mismo camino. Lo poético es que este fatalismo romántico parece haber nacido el mismo día en que la conoció y descubrió el amor, pues las lágrimas del último y mágico plano reflejan el presentimiento de lo que vendrá, de la trágica historia que los espectadores ya conocemos en su totalidad.

Oasis (2002)

Siempre asumiendo grandes riesgos, en su siguiente película abordó una historia de amor imposible a priori. Como en Green Fish, el protagonista (Sol Kyung-gu) de Oasis (2002) tiene graves problemas para insertarse en la sociedad. Aquel venía del ejército, este de la prisión, pero ambos parecen encontrar su sitio gracia a un amor que, paradójicamente, les causará graves perjuicios. En este caso no es la mujer de un mafioso, sino la hija (Moon So-ri) del hombre que mató cuando conducía borracho y que, para más inri, padece una grave parálisis cerebral. Lo que comienza como una historia sórdida donde se muestra cómo la chica vive aislada por sus familiares y cómo el expresidiario intenta violarla, se convierte por el arte de Lee Chang-dong en una verosímil historia de amor no exenta de poesía. Los problemas de comunicación que ambos padecen respecto a los demás personajes, enmarcados en un contexto de violencia soterrada, se convierte entre ellos en una íntima comprensión, hasta el punto de que su trágica separación –el vuelve a la cárcel acusado injustamente de haberla violado– sólo es el preámbulo de una relación que se nos presenta como inquebrantable a pesar de la distancia.

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En Secret Sunshine (2007) su protagonista, en este caso una mujer viuda (Jeon Do-yeon) con un hijo, llega a la ciudad de su difunto marido para reiniciar su vida como profesora de piano. De nuevo, el personaje principal, aunque esta vez no sea un marginado, sufre para adaptarse al entorno social porque es vista como una excéntrica. Sin embargo, un giro de guión inesperado –el asesinato de su hijo– desliza la película por derroteros novedosos pero no menos dolorosos. Su deambular inconsolable pasa por diversos estadios hacia una conclusión abierta en la que cabe la esperanza. Si en gran parte del metraje parece que el consuelo religioso puede ser una solución, finalmente descubriremos que es una nueva fuente de dolor –no puede asumir que el asesino ha sido perdonado por Dios antes de que lo perdone ella–. El amor inocente de un solterón (Song Kang-ho) siempre dispuesto a ayudarla, cuya presencia introduce un humor inédito hasta ese momento en la obra de Lee Chang-dong, sería el sostén que ella necesita si lo aceptara. Él sufre por el rechazo pero se mantiene hasta el último plano junto a ella, cuando se corta el pelo quizá como metáfora del inicio de una nueva vida. De nuevo, como en Oasis, el final puede ser el comienzo de una nueva etapa de esperanza.

Poesia-cartel

El título de Poesía (2010) no hace más que explicitar la evolución de Lee Chang-dong en su búsqueda de lo poético en medio del sufrimiento. Había poesía en las escenas oníricas producto de la imaginación de la paralítica de Oasis, o en las miradas al cielo de los personajes de Secret Sunshine, pero ahora se convierte en materia narrativa principal porque forma parte de la búsqueda del personaje principal, una anciana enferma de Alzheimer (Yun Jeong-hie) que cuida y educa a un nieto con escasa fortuna. El día que descubre que el chaval ha violado a una compañera del colegio junto a un grupo de amigos, su indignación y sorpresa no impiden que persista en su búsqueda de la poesía –se apunta a un curso de escritura poética–. Finalmente, acabará identificándose con la víctima de su nieto y, por tanto, cuando logre escribir su primer poema, se suicidará del mismo modo que aquella, quizá incapaz de comprender la crueldad de este mundo.

La obra de Lee Chang-dong daría para otras muchas reflexiones, pero nos quedamos aquí no sin lamentar que hayan pasado más de tres años desde su última película y que ni siquiera haya noticias de un nuevo proyecto.

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