Crítica en 200 palabras (o casi): House by the River (1950)

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.
Formato de proyección: DVD.
Valoración: ★ (Espero no volver a verla).
Ahí va la crítica:
House by the River (Fritz Lang, 1950): Un hombre mata a la criada, y su hermano, que apenas lo soporta, decide encubrirlo sin que sus motivos nos convenzan. Es un personaje tan mal construido que unas veces parece inteligente y al instante siguiente un estúpido redomado, mientras que el asesino, un escritor narcisista y fracasado que incomprensiblemente es adorado por su mujer, se aprovecha de las circunstancias para quitarse el muerto de encima, nunca mejor dicho. Un guión tan flojo y unas interpretaciones tan mediocres, unido a una puesta en escena menos brillante de lo habitual en Fritz Lang, da como resultado un producto de serie B en el peor sentido del término. Se reconocen algunos temas habituales en el director, como el falso culpable o la hipocresía social, pero sin ser tan incisivo porque todo en esta ocasión es de trazo grueso. Solo cabría destacar el ambiente victoriano y la presencia del río, bien aprovechados para darle un toque fantasmal a la narración, pero esta olvidada película puede perfectamente seguir siendo ignorada. Junto a su anterior Secreto tras la puerta (1947) y su siguiente Guerrilleros en Filipinas (1950) Lang completaría el bache más hondo de su carrera antes de emerger con más fuerza que nunca.
Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)



Primeramente quiero hacer una sugerencia. «House by the River» nunca fue estrenada comercialmente en las salas de exhibición españolas, pero sí ha tenido algunas ediciones digitales en España para su visionado casero. Una de ellas, ya un poco antigua, conservó el título original en inglés, cuya traducción literal sería «La casa junto al río»; pero ha habido otras, más recientes, que ostentan en la carátula el título de «La casa del río», que yo considero que hasta nueva orden debería ser el manejado habitualmente por los cinéfilos hispanos.
Una vez precisado eso, paso a formular unas cuantas observaciones sobre la película en sí.
Por enésima vez discrepo de la opinión de nuestro querido bloguero. Yo creo que «La casa del río» es una excelente película, y habría sido realmente magnífica de no ser por sus últimos minutos, donde es ofrecida una conclusión del relato demasiado precipitada y folletinesca. Al margen de esto, el guión de Mel Dinelli (quien no era un recién llegado, por cuanto ya había participado anteriormente en la escritura de dos destacados melodramas criminales: «La escalera de caracol» de Robert Siodmak y, sobre todo, el extraordinario «Almas desnudas» de Max Ophüls) resulta más que aceptable en su gradación dramática y en su dosificación del suspense y de las sorpresas. Naturalmente, la brillantez y la exactitud visuales -y la rigurosa dirección de actores- de Fritz Lang están a su imponente nivel habitual.
A mi juicio, son plenamente verosímiles los comportamientos de la esposa y el hermano del aborrecible personaje principal: ambos han sido evidentemente educados en la nociva tradición judeocristiana occidental que, a la hora de respetar los vínculos familiares, nos ordena ser suaves y dóciles como una flor. Así, pues, ella cultiva una ceguera voluntaria y él se deja dominar por un equivocadísimo sentido de la lealtad; eso sí, los dos saben muy bien en el fondo, consciente o inconscientemente, cuál es la verdad de la situación, por mucho que intenten acallar sus continuos remordimientos y escrúpulos de conciencia. Más les valdría haber aprendido a pensar por su cuenta y haber asimilado esa filosofía de la vida que está sintetizada, por ejemplo, en un comentario que María Vargas (Ava Gardner) deja caer en una escena de «La condesa descalza» de Joseph L. Mankiewicz: «A una madre hay que quererla sólo si se lo merece.»
Por lo que se refiere al susodicho personaje principal, «La casa del río» logra la valerosa y antológica hazaña -que poquísimas veces se intentó en el cine clásico norteamericano, y que en casi ningún tiempo y lugar se ha realizado con buen éxito artístico- de darnos como protagonista central a un ser que es la abyección en estado puro, un compendio de asqueantes bajezas sin el más mínimo rasgo redentor, frustrando así a todos los espectadores que necesitan desesperadamente «empatizar» de alguna manera con los héroes, o siquiera antihéroes, de las ficciones. Su villanía puede rivalizar perfectamente con la del odioso Liliom de la película homónima, con la diferencia de que en este caso, por fortuna, un carácter así está contemplado a la luz de una rotunda condena moral por parte del director, el cual nos priva implacablemente de cualquier asidero para una identificación emocional con sus congojas y tribulaciones.
En definitiva, ni «Secreto tras la puerta» ni «La casa del río» (no he visto «Guerrilleros en Filipinas») tienen para mí, a pesar de sus relativas limitaciones, nada de baches en la carrera de su autor. Muy al contrario, su estatura sobrepasa categóricamente la de los cacareados Himalayas de tantos geniecillos o genialoides que corretean por ahí, cuyas producciones son frecuentemente acogidas con un entusiasmo digno de mejor causa.
Hasta el primer crimen es una película ejemplar, con todo su inesperado erotismo húmedo, pero luego es totalmente anodina.
A mí me parece aproximadamente similar a «El doctor Mabuse» en sus intenciones, y ligeramente superior en sus resultados. El único matiz diferenciador es que aquí no se trata de un gigantesco criminal a gran escala, sino de un pequeño tirano doméstico. Si bien se mira, esto es una aguda reflexión de Lang sobre las características psicológicas de su país de adopción.