Crítica en 200 palabras (o casi): Secreto tras la puerta (1947)

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.
Formato de proyección: Blu-ray.
Valoración: ★ (Espero no volver a verla).
Ahí va la crítica:
Secreto tras la puerta (Secret Beyond the Door…) (Fritz Lang, 1947): Son pocas las películas de entre las que a partir de los años cuarenta se sirvieron del psicoanálisis para sus tramas criminales que hoy pueden verse sin una sonrisa displicente. Fue una moda en la que también Fritz Lang cayó a rebufo de los éxitos de Alfred Hitchcock, y que en este caso tuvo nefastos resultados artísticos debido a lo endeble de su premisa psicológica. Una joven adinerada se casa con un misterioso arquitecto y cuando se va a vivir a su mansión descubre que estuvo casado y tiene un hijo, y lo peor, que quizás sea un asesino. Su afición a recrear habitaciones en las que se cometieron crímenes célebres no ayuda demasiado a confiar en él. El suspense está servido con el habitual buen gusto del director en cuanto a escenografía y puesta en escena, pero el guión es tan absurdo y aburrido –la narración avanza al ritmo de una voice over de la protagonista demasiado prolija–, que es imposible evitar el marasmo narrativo. Los personajes secundarios carecen de atractivo, y ni siquiera los protagonistas, el soso Michael Redgrave y la dubitativa Joan Bennett están a la altura, seguramente porque eran incapaces de creerse sus personajes.
Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)



Dentro de la obra de Lang hay algunos filmes que suscitan opiniones bastante unánimes, porque casi toda la cinefilia concuerda en que son buenos o malos, según los casos. En cambio, otros podrían calificarse como divisivos, pues todavía hoy son una fuente de enconadas polémicas, que distan mucho de estar zanjadas.
“Secreto tras la puerta” pertenece manifiestamente al segundo de esos grupos. No vacilaré en confesar de entrada que yo no me cuento entre sus detractores sino entre sus partidarios. Me parece una excelente película, a pesar de unos pocos defectos menores.
Estimo que es igual de valiosa que “Furia”, aunque por razones muy diferentes. A mi entender, ambas cintas merecen la puntuación de un 7,5 en una escala del 0 al 10. Ahora bien, “Secreto tras la puerta” ha sido a veces muy menospreciada por culpa de lo que yo llamo el imperativo temático. A lo largo de mi vida he descubierto que son casi inexistentes las personas que saben valorar las películas aplicando criterios estrictamente cinematográficos: casi todo el mundo las enjuicia positiva o negativamente por motivos teatrales, literarios, filosóficos, políticos, religiosos, sociales, etc. En consecuencia, “Furia”, al tratar un tema de presunta gran trascendencia humanitaria, recibe desmedidas alabanzas y está sobrevalorada, olvidando los ligeros resbalones de todo tipo que entorpecen diversos aspectos de su desarrollo; en tanto que “Secreto tras la puerta”, al adherirse abiertamente a un género popular supuestamente indigno, parece haber perdido todo derecho a ser examinada con un mínimo de atención y respeto y está infravalorada, olvidando sus notables clímax de intensidad narrativa que la elevan muy por encima de lo que cabía esperar inicialmente de ella.
Aquí, Fritz Lang no esconde su deuda con dos grandes creaciones de Hitchcock de la década de los 40 del siglo XX: “Rebeca” y “Recuerda”. Y, si bien “Secreto tras la puerta” no está a su misma altura, tampoco diría yo que les queda muy a la zaga. De “Rebeca” toma prestados los elementos de una ingenua damisela en apuros que se siente perpleja en el inquietante ámbito de una gran mansión aislada y unos misteriosos acontecimientos del pasado que se obstinan en volver una y otra vez. De “Recuerda”, la presencia de unos personajes cuya conducta retorcida y malsana sólo puede ser esclarecida bajo el prisma del psicoanálisis.
Hitchcock y Lang eran especialistas en construir relatos fascinantes a partir de premisas no demasiado prometedoras. (Justo al contrario de la manera de proceder de muchísimos cineastas actuales inmerecidamente prestigiosos.) En los filmes antedichos se dedican, empleando sagazmente una serie de magníficas estratagemas audiovisuales, a transmutar materiales de derribo que en principio deberían haber ido a parar al cubo de la basura: unos argumentos de folletín barato, que en sus manos adquieren la dignidad de melodramas de altos vuelos; y una descafeinada y edulcorada presentación de las ideas de Sigmund Freud aparentemente sacada de un resumen simplón destinado a lectores del “Reader’s Digest”, que es manipulada hasta producir una atmósfera tensa de crepitante suspense.
Otro rasgo que Hitchcock y Lang tienen en común es que no eran esclavos abyectos de los codificados géneros de Hollywood en cuyo interior solían moverse, sino que los sometían a variaciones muy imaginativas. Se dice que cuando una inverosimilitud argumental es repetida en un millar de películas pasa a ser una convención aceptada sin rechistar por el público; y eso les resulta muy provechoso a los artistas genuinos, quienes están en situación de emplearla a modo de atajo para ahorrar un metraje que así pueden dedicar a lo que verdaderamente les interesa. Si los espectadores entraran en un terreno fílmico completamente inédito y desconocido podrían llegar a desorientarse e irritarse; si entraran en un terreno completamente familiar y trillado podrían llegar a desentenderse y aburrirse. Así, pues, el quid de la cuestión estriba en respetar la mitad de los tópicos genéricos y subvertir la otra mitad, lo cual ofrece un terreno fecundo para una rica experimentación que bascule entre las tradiciones y los adelantos.
Volviendo sobre “Secreto tras la puerta”, lo único que yo encuentro temáticamente objetable es su visión del amor consistente en que, si es necesario, una mujer debe estar dispuesta a morir (léase, a dejarse matar) por un hombre al cual ella quiere pero que evidentemente está aquejado de graves desequilibrios emocionales y fuertes tendencias homicidas. No dudo de que en la realidad existan esposas tan sumamente abnegadas que confían ciegamente en la redención por amor, ni de que alguna rara vez triunfen en sus románticos propósitos. Aun así se trata de un concepto muy falso y pernicioso en general o, como se lo denomina hoy, tóxico. Pero bueno, yo nunca ensalzo o denigro una película por su ideario, sino por el mayor o menor grado de acierto con que haya sido plasmado artísticamente. De todas formas, éste no es más que uno entre los muchos asuntos que aborda la película, y reducirla sólo a él sería exageradamente empobrecedor.
Por último, no quiero dejar pasar la ocasión de resaltar la aportación del sublime músico responsable de la banda sonora de “Secreto tras la puerta”: Miklos Rozsa. Es la primera de sus dos importantísimas colaboraciones con Lang. De hecho tengo para mí que Miklos Rozsa es, junto a Bernard Herrmann, el mejor compositor cinematográfico de todos los tiempos, por muy excéntrica que les suene semejante afirmación a esos advenedizos que se figuran que no hay vida más allá de John Williams y Ennio Morricone. (Éstos últimos han compuesto una que otra partitura realmente acertada, pero el grueso de su producción lo integran horteradas pseudosinfónicas y tonadillas choriceras.) Hace poco tiempo descubrí algo que hasta ahora se me había pasado por alto en mi ya vieja afición por el cine de Lang: el principio de “Encuentro en la noche” es prácticamente idéntico al de “Moonfleet”. Los títulos de crédito de ambas cintas desfilan sobre una serie de planos de las olas del mar estrellándose contra las rocas costeras. No obstante, hay una diferencia inconmensurable entre las dos. En la primera tenemos imágenes en el antiguo formato cuadrado acompañadas por una obertura discretamente funcional de Roy Webb; no es nada muy molesto pero tampoco muy memorable, aun cuando establece bien el tono de la historia. En la segunda tenemos imágenes es el novedoso formato CinemaScope acompañadas por una obertura vibrantemente arrebatadora de Mikos Rozsa; es algo que puede emocionar hasta el vértigo a cualquiera cuya sensibilidad artística no esté seriamente atrofiada. Aquí dejo el enlace para que se compruebe que no miento:
Quien haga la prueba no saldrá defraudado, palabra de honor. Miklos Rozsa trajo mucha belleza y felicidad a mi vida, poniendo fondo sonoro a otras películas que llevaré siempre en mi corazón: “Perdición”, “Días sin huella”, “Recuerda”, “Forajidos”, “La costilla de Adán”, “La jungla de asfalto”, “Julio César”, “El loco de pelo rojo”, “Tiempo de amar, tiempo de morir”, “La vida privada de Sherlock Holmes”, “Providence”, “Fedora” y “Los pasajeros del tiempo”. (Hay muchas más, pero ahora me he limitado a nombrar lo mejor de lo mejor.)