Crítica en 200 palabras (o casi): Clandestino y caballero (1946)

Lugar de proyección: mi hogar, dulce hogar.
Formato de proyección: Blu-ray.
Valoración: ★★ (Podría volver a verla).
Ahí va la crítica:
Clandestino y caballero (Cloak and Dagger) (Fritz Lang, 1946): Terminada ya la Segunda Guerra Mundial, Lang cierra su tetralogía antinazi con una aventura de espías. Un científico recibe la misión de averiguar y sabotear el programa atómico alemán, para lo cual debe rescatar a un colega de las garras fascistas, pues “sólo una ciencia libre al servicio de la humanidad puede ser una ciencia buena”. Dejando aparte el pertinente pacifismo que se quiere expresar con esta frase en una película rodada cuando Estados Unidos ya había asesinado a un cuarto de millón de personas con su bomba atómica, estamos ante una película cinematográficamente fallida, que en ningún momento consigue emocionarnos con las peripecias de este espía novato infiltrado en Suiza e Italia. No falta una historia de amor con una partisana traumatizada por las penosas obligaciones que como mujer le impone su lucha, pero esta parte tampoco termina de ser convincente, en gran parte por el envaramiento interpretativo de Gary Cooper. No faltan instantes de mérito en cuanto a la puesta en escena, pero aisladas de un conjunto algo desvaído. Al parecer, la productora eliminó los veinte últimos minutos, los más aterradores y los que más interesaban al director para advertir de la hipócrita política atómica del Gobierno.
Criterio de valoración:
● (No debería haberla visto)
★ (Espero no volver a verla)
★★ (Podría volver a verla)
★★★ (Quizá la vuelva a ver)
★★★★ (Seguro que volveré a verla)
★★★★★ (La veré varias veces)



A mí me gusta más que suficientemente «Clandestino y caballero». La considero, aunque no excepcional, sí una de las muchas buenas películas en la carrera de su autor. Tanto su amena peripecia detectivesca como su hermosa historia de amor me mantuvieron pendiente de la pantalla todo el rato, por más que ambos elementos no carecieran totalmente de convencionalismos.
Por otro lado, sería para mí un asunto general muy interesante el estudiar las analogías y diferencias detectables entre Lang y Hitchcock, dos cineastas geniales que trabajaron paralelamente al adentrarse en los mismos géneros cinematográficos y al servirse de los mismos recursos expresivos. Creo que podremos abordar todo esto con mayor detalle a propósito del siguiente filme del director alemán: la excelente, aunque ligeramente irregular, «Secreto tras la puerta». Pero ofreceré ahora un anticipo.
Hitchcock y Lang mantenían una callada relación de amor/odio. Se admiraban mucho recíprocamente, pero debido a los celos artísticos se guardaban de confesarlo en público. Cada uno nunca dejaba de asistir a todos los estrenos del otro; y ambos no tenían inconveniente en tomar nota de las ideas y los hallazgos de su perenne «rival»… pero no para imitarlos burdamente o plagiarlos perezosamente, sino para intentar desarrollarlos hasta el extremo límite y en unos sentidos insospechados.
En «Clandestino y caballero» tenemos el ejemplo de la tensa secuencia de la silenciosa lucha a muerte, en el interior del zaguán de un edificio, entre el personaje de Gary Cooper y uno de sus adversarios. Es una secuencia admirable, que pretende -y consigue- ilustrar lo increíblemente difícil que es el acto de matar a un ser humano en una enconada lucha cuerpo a cuerpo, desmitificando así la alegre, rápida e higiénica violencia de tantas adocenadas escenas de acción hollywoodienses. Pues bien, Hitchcock recogió la sugerencia y la perfeccionó, llevándola a un paroxismo insuperable, dentro de otra intriga de espionaje internacional: exactamente en el escalofriante episodio de la granja rural en la maravillosa «Cortina rasgada», una cinta tan injustamente vilipendiada antaño como merecidamente rehabilitada hogaño.
Y, ya que he mencionado a Gary Cooper, no renunciaré a dejar constancia del asombro que sentí al leer la queja de nuestro querido bloguero contra su «envaramiento interpretativo». (Mi asombro fue aún mayor que aquél que sentí meses atrás cuando se quejó de la presunta sosería e inexpresividad de Randolph Scott en «Espíritu de conquista»; ¿qué será lo próximo por su parte: acusaciones de rebuscamiento contra Robert Mitchum, o de pretenciosidad contra John Wayne, o de histrionismo contra Cary Grant?)
Sucede que opino que Gary Cooper es uno de los mejores intérpretes que jamás se han paseado por una pantalla; se trata de un actor que demuestra siempre sobradas aptitudes para cualquier género que se le ponga por delante, y que resulta casi inigualable en ese tranquilo carisma y esa humilde naturalidad que rehúyen toda clase de subrayados efectistas o exageraciones enfáticas. Ello es así incluso cuando, como en el caso presente, desempeña el papel, no poco insólito y extravagante en relación con su perfil habitual, de un científico atómico metido a regañadientes en hazañas más o menos bélicas.
Cualquiera pensaría que Gary Cooper y todos los pertenecientes a su sobrio estilo actoral se tomaron muy en serio -suponiendo que los leyesen- los célebres consejos de Hamlet al jefe de la compañía de teatro contratada para actuar en el castillo de Elsinor. La verdad es que cualquier intérprete que aspire a ejercer su oficio con dignidad debería plegarse a ellos. A continuación los reproduzco.
«Te ruego que recites el pasaje tal como te lo he declamado yo, con soltura y naturalidad, pues si lo haces a voz en grito, como acostumbran muchos de nuestros actores, más valdría que diera mis versos a que los voceara un pregonero. Guárdate también de aserrar demasiado el aire, así con la mano. Ten moderación en todo, ya que hasta en medio del mismísimo torrente, tempestad, y aún podría decirse torbellino, de tu pasión debes tener y mostrar aquella templanza que hace de la expresión algo suave y elegante. ¡Oh!, me hiere el alma oír desgarrar una pasión hasta convertirla en jirones y verdaderos guiñapos, hendiendo los oídos de ese vulgo que por lo general es incapaz de apreciar otra cosa que insensatas pantomimas y barullo. De buena gana mandaría azotar a aquel energúmeno que exageró el tipo de Termagante… ¡¡Esto fue ser más papista que el Papa!! Evítalo tú, por favor. No seas tampoco demasiado tímido; en esto es tu propia discreción lo que debe guiarte. Que la acción corresponda a la palabra y la palabra a la acción, poniendo un especial cuidado en no traspasar los límites de la sencillez de la Naturaleza, porque todo lo que a ella se opone se aparta igualmente del propio fin del arte dramático, cuyo objeto, tanto en su origen como en los tiempos que corren, ha sido y es presentarle un fiel reflejo, por así decirlo, a la Humanidad: mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característicos. De donde resulta que, si se carga la expresión o si ésta languidece, por más que ello haga reír a los ignorantes, no podrá menos que disgustar a los discretos, cuyo dictamen, aunque lo integre un solo hombre, debe pesar más en vuestra estima que el de todo un público compuesto de los otros. ¡Oh!, hay cómicos a quienes he visto representar y a los que he oído elogiar, y en alto grado, que, por no decirlo en malos términos, no teniendo ni acento ni traza de cristianos, de gentiles, ni tan siquiera de hombres, se pavoneaban y vociferaban de tal modo que llegué a preguntarme si, habiéndose propuesto algún mal artífice de la Naturaleza formar tal casta de hombres, le resultaron unos engendros. ¡Tan abominablemente imitaban a la Humanidad! ¡Ay, corregidlo del todo! Y no permitáis que quienes hacen de graciosos ejecuten más de lo que les esté indicado, porque algunos de ellos empiezan a soltar risotadas para hacer reír a unos cuantos espectadores imbéciles, aunque algún punto esencial de la pieza reclame la atención en ese preciso momento. Ello es deshonroso y revela en los insensatos que lo practican la más estúpida pretensión. Id preparándoos.»
No digo que Gary Cooper sea mal actor, pero aquí ni es creíble como científico, ni me creo su atracción hacia Lilli Palmer. Tiene primeros planos horribles, donde pretende ser gracioso sin conseguirlo.
Aprovechando la saludable tendencia recientemente desarrollada por este blog en el sentido de prestar una sostenida atención a los clásicos intemporales, bien podría iniciarse aquí un ciclo, al margen del de Fritz Lang, dedicado a aquellos notables filmes protagonizados por Gary Cooper que, salvo error u omisión de quien esto suscribe, nuestro querido bloguero nunca ha reseñado por escrito a fecha de hoy.
Quizá constituyera un pequeño método de inculcar en las nuevas generaciones una debida valoración del arte, ya casi extinto, de saber actuar sin que se note. Y sobre todo nos lo íbamos a pasar de maravilla disfrutando de pequeñas y grandes joyas del cine como por ejemplo «Marruecos», «Una mujer para dos», «Tres lanceros bengalíes», «Noche nupcial», «Sueño de amor eterno», «El secreto de vivir», «La octava mujer de Barba Azul», «Bola de fuego», «Los inconquistables», «El buen Sam», «El manantial», «El jardín del diablo», «Veracruz» y «El hombre del Oeste». (Hay otras posibles candidatas que aún no he tenido la suerte de ver; no las he incluido porque no quiero hablar sin conocimiento de causa.) Mis favoritas de esta lista son las de Ernst Lubitsch, Howard Hawks y Anthony Mann; pero, por favor, que escoja cada uno las suyas.
Puede que esta propuesta no sea sino un mero sueño. En todo caso, si vamos a soñar, soñemos a lo grande.